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Lorca, por fin acabado

Tres actos, uno cerrado y dos por imaginar, era lo que tenía delante el dramaturgo para terminar uno de los textos inacabados que dejó el poeta de Fuente Vaqueros. De aquella «Comedia sin título» viene ahora «El sueño de la vida».

  • Más de 80 años después de la desaparición de Lorca, Conejero rescata en el Teatro Español uno de sus textos inacabados
    Más de 80 años después de la desaparición de Lorca, Conejero rescata en el Teatro Español uno de sus textos inacabados

Tiempo de lectura 4 min.

11 de enero de 2019. 03:25h

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Julián Herrero .  11/1/2019

El grito de «¡Lorenzo!» y su repetición, ya susurrada, por parte de Actriz –seguido del telón– era lo último que dejó Federico García Lorca (1898-1936) de su «Comedia sin título». El cierre del primer acto de una obra que debería haber llegado al final de un tercero, pero que los odios de la Guerra Civil hacen que se guarde la incógnita de qué habría sido de aquel texto si la historia no fuera la que conocemos. Una obsesión que ha perseguido durante años a Alberto Conejero y que, ante la imposibilidad de esperar al original, se ha remangado para completar «lo que pudo ser y no fue», comenta. La primera vez que se toma el relevo y se dialoga con el material desde la propia escritura y no desde los intertextos, como hicieran Lluís Pasqual –ahora director del montaje que se presenta el 17 de enero en el Español– en 1989 y el portugués Luis Miguel Cintra, en 2005.

No es una cuestión de atrevimiento, sino de «necesidad». La naturaleza inconclusa del texto carcomía a Conejero por los indicios que había de su continuidad: Margarita Xirgu y Pablo Suero transmitieron el relato de un segundo acto que su autor dejó abocetado y que ellos leyeron. Es en este punto en el que ahora el autor conversa con Lorca, «una ensoñación de lo que el poeta pudo haber imaginado», apunta Pasqual. El tercero, perdido el primigenio, «sí es Conejero», aunque con «el perfume de Federico. A veces porque están sus propias palabras, otras porque Alberto ha sabido disfrazarlas, meterse dentro de su respiración y de sus palabras». Todo ello forma ahora la cartografía de una pieza que no se ha pretendido terminar, sino crear «a partir de», advierte Conejero.

Auto sacramental laico

Con la «Comedia sin título» Lorca terminaba una trilogía «imposible» que completan «El público» y «Así que pasen cinco años», y donde la primera habla del amor y el teatro y la segunda del tiempo, mientras que la pieza rescatada «es un auto sacramental laico que iba a ocuparse de la muerte, de la política y de la desigualdad social. En los albores de la guerra y el crecimiento de los fascismos en Europa –en palabras de Conejero–, Lorca se preguntaba cuál debía ser el papel del teatro y de sus espectadores en esos momentos de emergencia social», apunta el dramaturgo, que con este proyecto también cierra su particular ciclo con el poeta tras «La piedra oscura» y «El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín».

El de Fuente Vaqueros atravesaba un momento de denuncia que le llevó a un teatro en el que el tema principal es la desigualdad social. Motivo de más para Conejero para levantar ahora una obra que considera «necesaria»: «Es asombroso ver cómo anticipa cuestiones que ahora nos están quemando en las manos. En los ensayos he sentido con asombro la contemporaneidad y cómo las cuestiones que plantea son muy aconsejables en estos momentos –continúa–. Es un texto “poelítico”: muy político y vestido de poesía sin ánimo de panfleto, pero quema. Hasta él dijo en un momento que “me cuesta seguir porque se me hace una frivolidad con lo que está ocurriendo”. La idea de no volver a escribir ante la emergencia social. No sé si hubiera seguido en los siguientes años con tanta muerte encima. Habría regresado a la poesía».

Así, Lorca se lanza a criticar al mismo público que le había aupado con sus otros textos y centra la trama la destrucción del teatro: el director abre las puertas del edificio y se acelera el apocalipsis con la entrada del pueblo. Punto de inflexión que debe servir para una refundición que lo salve de las manos de la taquilla y la peor burguesía. «El teatro no puede permanecer fuera de lo real ni lejos del dolor del mundo. No puede cerrar sus puertas por miedo a ser devorado», explica Alberto Conejero. Por ello retoma la misma cuestión que se hacía Lorca: «¿Qué hacemos con el teatro en tiempos de oscuridad?». Y en esas el personaje del Joven se pregunta: «Si el público se hace cargo del teatro y no ha tenido una formación de base, ¿hacia dónde va?».

Todo eso fue lo que le contó el primer acto, y, desde ahí, tocaba seguir la estela. Incluidas las de unas figuras que Lorca dejó ya dibujadas y a las que ahora ha tenido que escuchar y evolucionar a través del conocimiento y la intuición. Pero sin tocar nada del primer acto, «quería que quedara tal cual, hasta con los titubeos que dan el sello de lo no concluso». Tras la apertura de las puertas del coliseo, la segunda parte debía transcurrir en una morgue y la tercera –de la que se sabe aún menos– en un cielo lleno de ángeles andaluces. O lo que el nuevo autor ha traducido como «indicios que me han llevado a hacer que la historia continúe en el foso del escenario, improvisado depósito de cadáveres, y cierre en el paraíso [la parte superior del teatro]», defiende. Conejero se ha metido en la piel de un zahorí para, «con textos que he considerado de una órbita cercana», explorar la dramaturgia que le planteaba la «Comedia sin título». Dejando que el imaginario de un Lorca que lleva leyendo desde los quince años le guiara. «Tengo el sentido de la réplica, pero el concreto de ésta me lo da Federico. Ha sido fácil desde el momento que encontré las tramas y la dramaturgia, porque con el lenguaje no he tenido problemas», amplía mientras Pasqual asiente.

Trabajo en el que no se van a reconocer poemas específicos, pero en el que el dramaturgo reconoce tener en «Poeta en Nueva York» su brújula: «El que conozca la obra de Lorca reconocerá ese rumor entre ambos y un lenguaje que no es tan críptico como en “El público” para llegar a una audiencia más amplia. Y, por ello, atenuó el simbolismo de sus palabras para hablar de un estado de emergencia», cierra Conejero.

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