Fútbol

Papu Gómez, el bailarín que cayó de pie

Al argentino le ha bastado un mes en el Sevilla para enamorar a cuerpo técnico y compañeros

Papu Gómez vuelve a enfrentarse al Barça
Papu Gómez vuelve a enfrentarse al BarçaAFP7 vía Europa Press AFP7 vía Europa Press

Hace justo un mes, el 27 de enero, Alejandro Darío, «Papu», Gómez pisó por primera vez el Sánchez-Pizjuán para firmar su contrato por tres temporadas y media con el Sevilla. El día 30, Julen Lopetegui se lo llevaba a Eibar sin darle minutos en la victoria (0-2) de su nuevo equipo y el 2 de febrero, con sólo tres entrenamientos, lo alineaba como titular en Almería, en el cuarto de final de Copa. Su debut en Liga fue el 6 contra el Getafe: entró con el partido empatado a cero y marcó el segundo de los goles sevillistas (3-0). A esto se le llama caer de pie.

El Sevilla no es una plaza sencilla para los fichajes que generan tanta expectación. Desde la extraña aventura de Maradona hasta el bluf del talentoso Konoplyanka, pasando por ilustres petardazos como Bebeto o Darío Silva, es un club donde se cumple el dicho taurino, tan maestrante, de «vísperas de ilusión y tarde de decepción». Sobre todo, en la larga y fructífera etapa de Monchi son los jugadores de perfil bajo los que generan rendimiento deportivo con su correspondiente corolario económico, la plusvalía. Papu Gómez, 33 años cumplidos este mismo mes y más célebre últimamente por su hit danzarín que por sus goles, suponía una apuesta de máximo riesgo.

El sevillismo, no obstante, vivía huérfano de la magia de Éver Banega, que dictó su última cátedra en la fase final agosteña de la Europa League antes de emigrar a Arabia Saudí a la caza del petrodólar. En ese intersticio de orfandad se quiere colar Gómez, coetáneo del rosarino y amigo desde que coincidieran en la selección juvenil que jugó el Mundial de Canadá. El fútbol mecanizado y pedernal de Lopetegui requiere el factor diferencial que pone Suso en la banda derecha y que debe aportar el Papu en la izquierda, desde donde parte a causa de la lesión de Ocampos.

No parece, sin embargo, la banda el hábitat natural del nuevo fichaje sevillista, que necesita una visión panorámica para filtrar los pases que lo hicieron famoso en el Atalanta y se torna especialmente dañino en las cercanías de la portería gracias al durísimo disparo que es capaz de practicar con ambas piernas. Huye hacia el centro, de hecho, cada vez que puede para conectar en el juego corto con los interiores. La precisión de su toque refuerza la idea de Lopetegui de defender con el balón en esas largas posesiones que el Sevilla utiliza para desgastar, física y mentalmente, al adversario.

Un mes le ha bastado a Alejandro Darío Gómez para enamorar a crítica y público, a técnicos y compañeros. A saber por qué terminó de tan mala manera con Gian Piero Gasperini, el entrenador que lo guió en su largo asentamiento en la élite. Quizá sea ésa la cara B del disco del Papu: la menos exitosa, la que nadie quiere escuchar.