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Elogio de Contador

Tiempo de lectura 2 min.

11 de septiembre de 2017. 05:32h

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11/9/2017

Nunca he sido un «Contadorista» radical. Me aburren los palmeros que aplauden llueva, truene o haga calor. Los que, haga lo que haga, dicen que todo está bien. Y no, no todo en la carrera deportiva de Alberto Contador ha sido para romperse las manos aplaudiendo. Pero resulta muy complicado no admirar a este ciclista, capaz de ganar con contundencia en sus primeros años, de luchar contra el destino en los últimos y de ser capaz de decir adiós triunfando en el temible Angliru en la penúltima etapa de la Vuelta. Contador se retira tras ofrecer un espectáculo añejo, un ciclismo de ese que nos cuentan los libros y que los potenciómetros y los súper equipos han abrasado en los últimos años. En esta Vuelta ha atacado sin descanso y ha ganado en la última montaña de su vida, en la más difícil, en la más bella. Una victoria con todos los ingredientes para que la definición de épica no sea banal: atacó desde las faldas del puerto, reventó uno a uno a todos los rivales que le precedían, y, exhausto, sin una gota de energía, llegó a la meta el primero. Era su despedida ideal, la que soñaban él y todos sus seguidores.

Al final, lágrimas

Entonces, entre micrófonos de los periodistas, llegaron las lágrimas, la emoción de alguien que ha consumido con éxito su carrera profesional. Y también las de un deportista cuya biografía incluye una sanción por dopaje. El clembuterol que se encontró en su cuerpo aquel verano borró parte de su palmarés (un Tour y un Giro, nada menos) y, para algunos, restó credibilidad a su carrera anterior y posterior. Eso le ha dolido a Contador más que nada. Pero si había alguna forma de reconciliarse con todos, con los creyentes y los que no lo son, era así, poniendo un nudo en la garganta de todos los aficionados en su despedida. Como los grandes deportistas. Porque así será recordado Alberto Contador.

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