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Fiesta francesa y terremoto en Movistar

  • Pinot celebra su triunfo en el Tourmalet
    Pinot celebra su triunfo en el Tourmalet /

    YOAN VALAT / EFE FOTOS

Tiempo de lectura 4 min.

20 de julio de 2019. 22:03h

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Ainara Hernando.  20/7/2019

En la voz de Alejandro Valverde a más de 2.000 metros de altitud, tan diferente este paisaje repleto de aire fresco al de su querida Murcia, en el hálito de voz que aún le queda después de haber llegado a apenas un minuto del vibrante Thibaut Pinot y ser ya el mejor español en la clasificación general tras el hundimiento de Enric Mas, en ese rescoldo de voz a Alejandro Valverde se le nota el enfado. Es el cabreo propio de alguien que, como el resto de sus compañeros, quiso poner patas arriba el Tour de Francia en su primera llegada montañosa de verdad, el coloso del Tourmalet, y que por una falta de comunicación, el error acabó siendo un desastre que puede ser tranquilamente calificado de ridículo.

Es lo que sucede, lo cuenta Valverde al llegar a la meta del camino del mal retorno, como se conoce al bello Tourmalet, cuando quien era hasta ayer el líder del equipo por lógica, es decir, el mejor clasificado en la general que no era otro que Nairo Quintana, cierra la boca y no habla con sus compañeros que, pegados a él, protegiéndolo, están endureciendo la carrera en su favor cuando él, por dentro, ya siente los calambres, el cansancio y el ahogo. El Movistar quiso ir a por todas con tanto tiempo perdido, los seis minutos de Landa y los casi cuatro del colombiano. Era la hora de empezar a remontar.

El Tourmalet, lleno de aficionados españoles, era el mejor escenario posible. Así que primero filtraron a uno de sus espadas en la fuga numerosa pero siempre controlada por el pelotón que se formó. Carlos Verona rodó junto a Nibali, Wellens, Henao, Sagan, Luisle, Zakarin y otros tantos dorsales marcando el ritmo en cabeza. Cuando llegó el primer puerto, el Soulor, el equipo de Eusebio Unzue tomó las riendas por detrás. Querían guerra. A los pies del Tourmalet, todo su trabajo ya se había cobrado la primera gran víctima, Romain Bardet, que más muerto que vivo iba a terminar la etapa a más de 20 minutos de su compatriota Pinot. Una desgracia nacional.

Pero el Movistar no paró. Querían seguir destrozando corredores. Alejandro Valverde, Andrey Amador y Marc Soler tomaron la cabeza y quemaron todas sus energías a favor de Quintana. Él, mientras, callado, impertérrito, sin expresión en la cara escondida tras las enormes gafas como acostumbra, pedaleaba en silencio. Mediada la ascensión al terrible Tourmalet, a 10 kilómetros de la meta se supo por qué no hablaba. Pronto, el colombiano empezó a ceder. Un metro, dos, tres. Muerte súbita. Sus propios compañeros lo estaban ahogando.Cuando se dieron cuenta, Soler frenó en seco para ayudarle. De nada sirvió. El Tour ya se estaba marchando. Y con él todos esos sueños que hablaban del ahora o nunca, de su gran oportunidad. Adiós. Por delante, Valverde y Landa aún aguantaban. Y Thomas, y los tremendos Jumbo-Visma con tres corredores y su líder Kruijswijk, que tomaron el relevo de los telefónicos para endurecer, y Rigo Urán, y el tremendo y estupendo Alaphilippe, casi silbando.

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