El virus deja a los jóvenes sin trabajo ni expectativas

Sus esperanzas laborales se desvanecieron con el inicio de la pandemia y aún siguen por los suelos. Perdieron su empleo, su independencia y su ilusión. Cuatro de cada diez menores de 25 años están en paro, el peor dato de la UE

Marina, Jeroni, César y Samuel son jóvenes, quieren trabajar, pero no encuentran empleo
Marina, Jeroni, César y Samuel son jóvenes, quieren trabajar, pero no encuentran empleoCedidasLa Razón

Cada generación se enfrenta a sus particulares piedras en el camino, unas más difíciles de sortear que otras, pero los jóvenes adultos de la pandemia se han encontrado con un precipicio a sus pies. La magnitud de esta crisis tan distinta a las anteriores ha hecho que este colectivo reduzca sus expectativas al mínimo y mire con cierta envidia a sus padres, quienes pudieron alcanzar a una edad temprana lo que ellos tanto ansían: estabilidad económica y una vivienda accesible para poder cortar de una vez el cordón umbilical.

El desempleo juvenil es una lacra que lleva años arraigada en la sociedad española y los jóvenes que se enfrentaron a la crisis de 2008 bien lo saben. 2021 no iba a ser un año distinto, sobre todo teniendo en cuenta que las heridas de la pandemia aún no están cerradas. Según Eurostat, España está a la cabeza del paro juvenil de la Unión Europea y de la zona euro con un 39,6% de sus menores de 25 años en paro, más del doble de la tasa media europea (17,2%). Una cifras que no desentonan con la realidad general del mercado laboral español. Según los últimos datos publicados por Ministerio de Trabajo y Economía Social, en marzo el número total de parados se situaba en 3,95 millones, de los cuales 357.793 son menores de 25 años.

Están formados, saben idiomas, encadenan un contrato de prácticas tras otro, pero les cortan las alas cuando creen que por fin podrán despegar profesionalmente. Marina (23 años, Murcia), César (23 años, Burgos) y Jeroni (24 años, Mallorca) vieron como la renovación de sus contratos se les escapaba de las manos con el inicio de la pandemia. Marina se encontraba en plena búsqueda de trabajo como periodista a la vez que trabajaba de dependienta cuando llegó la crisis de la Covid-19. Entró en ERTE y «al acabar el confinamiento abrieron las tiendas pero no había trabajo», explica, por lo que su posible renovación se extinguió. Al conseguir en septiembre un contrato temporal para una marca de la misma cadena de ropa en la que trabajó, se encontró con que las cosas habían cambiado radicalmente. «Cuando entré a mi antigua tienda no reconocí a nadie», cuenta. «A la gente que llevaba mucho tiempo e iban a hacer fija la sustituyeron por trabajadores con contratos temporales», añade.

César, graduado en turismo, vio como el sector se hundió. Sus prácticas en un turoperador desembocaron en un contrato temporal, con la promesa de renovar en marzo, algo que nunca ocurrió. «Al volver a Aranda eché currículums en todas las agencias y me decían: ’'Muchas gracias, pero no va a haber trabajo en mucho tiempo’'», cuenta a LA RAZÓN. El sector de los eventos y la música también ha vivido una de sus peores épocas debido a las restricciones sanitarias. Jeroni trabajaba en una televisión en Mallorca con un contrato de seis meses que iba a renovar justo tres días después de empezar el confinamiento. Tras el mazazo de perder esa renovación y volver a vivir con sus padres, Jeroni decidió tomar las riendas de su futuro y montar su propia productora con otros compañeros de profesión. Sin embargo, con la pandemia, la mayoría de eventos acabaron en cancelaciones. «En 2020 tenía aseguradas 37 bodas e hice tres, y los dos festivales que iba a cubrir no se celebraron. En lo que va de año, las tres bodas que tenía no se han celebrado y el resto me están retrasando o cancelando», dice a este diario.

Hablando de festivales, Samuel (24 años, Murcia), batería profesional con el grado de percusión, denuncia lo castigada que está siendo la música y la cultura. «Antes de la pandemia, tenía un mínimo de 35 fechas en verano con las que esperaba ganar entre 5.000 y 6.000 euros», explica. Todo eso se perdió. Desde entonces solo ha podido hacer tres conciertos, ha tenido que renunciar a su local de ensayo y ve cómo este verano se presenta igual de incierto. «Queremos que nos dejen trabajar. Hemos demostrado que se pueden hacer conciertos con mascarilla, sentados, en espacios abiertos, con control de temperatura, gel hidroalcohólico y reduciendo aforo, pero no nos lo están poniendo fácil», apostilla.

Aunque la pandemia haya sido en gran parte responsable de esta situación, también está sirviendo de excusa para aprovecharse y precarizar aún más a este colectivo. Jeroni, graduado en comunicación audiovisual y periodismo, ha visto como a los trabajadores más veteranos les aplicaban un ERTE, mientras que las empresas decidían prescindir de los de menor edad y recién incorporados. No solo es su versión, sino que los datos lo respaldan. Según un reciente informe de Asempleo, mientras que uno de cada cuatro jóvenes menores de 25 años perdió su puesto de trabajo en 2020, los mayores de 50 ya han recuperado el nivel de empleo prepandemia. En busca de eventos y trabajos puntuales para empresas, Jeroni se ha topado con que «los comercios esperan de ti que hagas lo mismo por menos». «Te dicen: ’'Vosotros que sois jóvenes lo podéis hacer más barato’'. Te dan a entender que te están haciendo un favor por darte trabajo», denuncia.

Vuelta al nido

Otro de los pasos atrás que han dado estos jóvenes ha sido volver a casa de sus padres, lo que ha generado un importante éxodo desde las principales capitales a provincias de menor tamaño. «Me lo tomé fatal porque al volver a casa te encuentras en un limbo entre ser pequeña y ser adulta. Hace años las cosas eran distintas. A mi edad tenías la vida medio resulta y eras más independiente a nivel económico», subraya Marina, quien tras un año de búsqueda ha encontrado unas prácticas y se ha vuelto a mudar de Murcia a Madrid, eso sí, de alquiler, compartiendo piso y con el apoyo económico de sus padres. Comprar una vivienda ni siquiera tiene cabida en los mejores sueños de estos jóvenes.

César y su pareja aguantaron dos meses, desde marzo a mayo, tirando de ahorros hasta que decidieron cortar por lo sano. «En dos días montamos la mudanza y nos volvimos a Aranda», explica. Un proceso que no fue nada fácil al tener que desplazarse de Madrid a Burgos en pleno estado de alarma. Ahora, trabajando en un restaurante dirigido por su padre y viviendo de alquiler en una casa de su familia, ha podido recuperar cierta independencia, pero todavía bajo el paraguas de sus padres. «Mis expectativas para este año no están altas. Conseguir que la productora sea rentable y poder volver a independizarme a finales de 2022», dice Jeroni. Samuel, por su parte, aún no ha podido dejar el nido.

Marina (23 años, Murcia)
Marina (23 años, Murcia)cedidaLa Razón

«La mayoría de ofertas eran sin remunerar»

En su faceta como dependienta, Marina ha constatado la precarización de los contratos del comercio textil a causa de la crisis de la Covid-19. Sus estudios de máster fueron su principal refugio mientras seguía llamando a cientos de puertas en busca, no ya de un trabajo, sino de al menos unas prácticas de periodista. «Durante 2020 no había prácticamente nada y la mayoría de las ofertas eran sin remunerar, aunque en 2021 se nota cierta reactivación», apunta.

Jeroni (24 años, Mallorca)
Jeroni (24 años, Mallorca)CedidaLa Razón

«Sólo he podido sumar medio año de experiencia»

La creencia de que la juventud va ligada a trabajos de menor calidad es otro de los impedimentos para encontrar trabajo en plena crisis, denuncia Jeroni: «Al terminar la carrera solo he podido sumar medio año de experiencia, que para algunas empresas es muy poco». Su espíritu emprendedor al montar una productora tras perder su trabajo se ve minado por un contexto de total incertidumbre. «Nos hemos tenido que reinventar casi a día uno».

Samuel (24 años, Murcia)
Samuel (24 años, Murcia)CedidaLa Razón

«Si antes era difícil despegar, ahora más»

Samuel denuncia las trabas a la cultura y la falta de ayudas. Al formar parte de una orquesta, de una banda tributo y de Sonora, un proyecto de Santiago Campillo, espera poder volver parcialmente a los escenarios este verano, aunque con su grupo «Los Corderos Negros» todo está en el limbo. «Recién salido nuestro último disco empezó la pandemia. Invertimos dinero y esfuerzo y nos vimos parados. Si antes ya era difícil despegar, ahora lo es aún más», lamenta.

César (23 años, Burgos)
César (23 años, Burgos)CedidaLa Razón

«Seguimos igual que en marzo de 2020»

La pandemia le arrebató a César su puesto recién logrado en un turoperador y tuvo que optar por otros sectores: trabajó en una bodega durante la época de la vendimia y ahora en un restaurante. «Hablando con compañeros de profesión me comentan que siguen casi como en marzo del año pasado. Veo que los grandes viajes no se podrán recuperar hasta el año que viene», prevé. Tienen las manos atadas: «Nos hemos topado con una pandemia que nadie se esperaba».