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¿Cómo puede afectarnos una crisis de confianza?

  • ¿Cómo puede afectarnos una crisis de confianza?

Tiempo de lectura 4 min.

26 de mayo de 2018. 22:13h

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Juan Ramón Rallo.  26/5/2018

La presentación de una moción de censura por parte de Pedro Sánchez y la posibilidad de que alcance el gobierno condicionado por una agenda económica de extrema izquierda ha despertado el miedo en los mercados. El pasado viernes, la prima de riesgo superó los 100 puntos básicos por primera vez desde enero y el Ibex registró la mayor caída desde el mes de marzo. Son sólo los primeros coletazos de lo que podría estar por venir en caso de que los peores temores terminen por confirmarse: a saber, en caso de que Sánchez termine conformando un gobierno antiausteridad y antirreformas.

Pero, ¿a través de qué canales podría llegar a propagarse la desconfianza inversora en la economía española y qué consecuencias tendría?

Primero, la desconfianza en las finanzas del Estado se traslada en forma de una prima de riesgo creciente.

Si los inversores se vuelven más reacios a comprar deuda pública española –sobre todo en un contexto en el que, además, el Banco Central Europeo ya ha anunciado que no tardará demasiado en dejar de monetizar pasivos estatales–, entonces sus tipos de interés se incrementarán.

Actualmente, el tipo de interés medio de toda la deuda pública española su ubica en el 2,51% –lo que nos cuesta cada año alrededor de 31.500 millones de euros– y el tipo de interés medio de las nuevas emisiones, en el 1,15%. Es decir, ejercicio tras ejercicio pagamos menos en intereses porque nos vamos refinanciando más barato. Ahora bien, dado que cada año hemos de emitir unos 200.000 millones de euros en deuda (especialmente, para ir renovando los vencimientos), por cada punto en que se incremente el tipo de las nuevas emisiones, deberemos abonar unos 2.000 millones de euros extra en concepto de intereses.

Segundo, la desconfianza hacia la situación económica de España también se materializa en dos activos de referencia: el valor de las empresas y el valor de los inmuebles, es decir, el precio de las acciones y el precio de la vivienda. Si los inversores anticipan menor crecimiento de los beneficios empresariales (por ejemplo, debido a subidas de impuestos o a nuevos cargas regulatorias) o menor creación de empleo (por ejemplo, debido a una contrarreforma laboral), entonces las cotizaciones bursátiles e inmobiliarias pincharán.

Un menor dinamismo del mercado de valores o del de la vivienda supone un freno a la inversión agregada y, por tanto, un menor crecimiento económico y, a su vez, una creación de empleo adicionalmente menor.

Y, por último, la desconfianza en la economía española también puede terminar afectando a nuestros socios europeos: las administraciones públicas, las empresas, las viviendas y los bancos españoles adeudan al resto de la banca internacional 410.000 millones de euros: 89.000 millones de euros a Francia, 69.000 millones a Alemania, 65.000 millones a Italia y 40.000 millones a Estados Unidos. En otras palabras: más de la mitad de nuestro riesgo exterior está concentrado en las tres principales economías europeas.

He ahí, pues, el porqué de la inquietud global que vuelve a cernirse sobre la Eurozona. Si el nuevo Gobierno italiano ya suponía un enorme problema potencial, el riesgo de un nuevo Gobierno subordinado al populismo en España podría terminar creando un cóctel explosivo en el Sur de Europa.

En suma, las mociones de censura son instrumentos perfectamente legítimos e incluso necesarios en muchas ocasiones, pero que la moción no se convierta en un salvoconducto para encaramar al populismo de izquierdas al poder y, con ello, dinamitar la recuperación económica de España.

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