Editorial

Fracaso de la política adulta en Italia

Bruselas tendrá un aliado menos a la hora de impulsar las políticas de ajustes y de ahorro energético que es forzoso aplicar.

Italia volverá a las urnas después del verano con demasiadas incertidumbres en el horizonte. No son sólo las malas perspectivas económicas, condicionadas por la guerra de Ucrania y una inflación que obligará al BCE a poner fin al dinero barato, es que el gran problema de la política italiana de las últimas décadas, la eclosión de los populismos de izquierda y derecha, puede verse agravado por la irrupción del partido Fratelli D´Italia, de derecha nacionalista y soluciones simples a desafíos complejos, al que las encuestas pronostican una amplia victoria electoral.

Y el caso es que la política adulta que venía practicando el primer ministro dimitido, Mario Draghi, comenzaba a dar buenos resultados en un país con el crecimiento estancado y fuertes desequilibrios sociales, territoriales y económicos que era preciso encauzar. Porque, lejos de lecturas simplistas, y pese al hándicap de la falta de legitimidad democrática de quien no ha pasado por las urnas, Draghi no se había limitado a gestionar los asuntos públicos de la República al modo del tecnócrata aplicado, había hecho política, en la acepción más acabada del término, y, por fuerza, tenía que chocar con unas formaciones a las que, poco a poco, estaba despojando de sus señas de identidad.

En este sentido, no es una anécdota que la izquierda populista, pretendidamente verde, del Movimiento 5 Estrellas tumbara la construcción de una incineradora en Roma, una capital ahogada por sus residuos urbanos y acechada por las mafias de la basura, ni que la Lega, que ha hecho de la defensa del corporativismo su seña de identidad, votara en contra de la liberalización del sector del taxi. Italia, ciertamente, necesitaba culminar un proceso de reformas internas de amplio alcance y Draghi creyó que se debía y podía aprovechar el maná de los Fondos de Reconstrucción para llevarlo a cabo. Pero en un país articulado por el clientelismo y lastrado por una burocracia de otro tiempo, era inevitable, como hemos señalado, el choque con la clase política tradicional. La causa última de la dimisión del primer ministro hay que buscarla en la enésima batalla interna de los populistas de la izquierda, pero, también, en la percepción de los partidos de la derecha que ventean un cambio de ciclo político en su favor.

Para el conjunto de la Unión Europea, el fracaso de Draghi es una pésima noticia. Su posición nítida frente a Vladimir Putin hacía de Italia un puntal en la crisis ucraniana y su política de control del gasto público, en la línea ortodoxa de Alemania, reforzaba al euro en un momento clave. Sin duda, la sociedad civil italiana sorteará con su habitual circunspección el vacío de poder de estos meses, pero Bruselas tendrá un aliado menos a la hora de impulsar las políticas de ajustes y de ahorro energético que es forzoso aplicar. Y nadie puede garantizar que de las urnas de octubre surja un Draghi. Más bien, lo contrario.