Ante el vértigo del cinco por ciento

El empuje en campaña de Ciudadanos para evitar desaparecer en Madrid aspira a ser el revulsivo que mantenga una opción liberal en España

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papeletas autonómicasPlatónIlustración

El Pasok vivió una auténtica tragedia griega en 2015. El histórico partido socialista se derrumbó empujado por las nuevas fuerzas de izquierda y tras disfrutar durante décadas de la hegemonía helénica se vio reducido a un espacio político mínimo. Durante los siguientes años, y dentro de una corriente que sacudía los parlamentos de media Europa, en España el PSOE sufrió su particular acoso temiendo, en cualquier momento, seguir el sendero marcado por el socialismo griego ante los continuos y enérgicos envites de Podemos. Sin embargo, la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa consolidó a los socialistas y disipó el temido fantasma de la pasokización. Ahora, lejos de aquella tendencia alcista de los nuevos partidos, el caso de Podemos y de Ciudadanos, ha virado hasta convertirse en una verdadera lucha por la supervivencia frente al auge del (antaño imbatible) bipartidismo. Así lo reflejan prácticamente todos los sondeos, incluso el último CIS, que coinciden en indicarnos por dónde se mueven las intenciones de voto en este ciclo electoral sin fin. Los comicios que enfilamos el 4-M, que se juegan en Sol y en clave nacional, contienen tantas lecturas como queramos hacer. Unas elecciones con infinitas aristas. Y una de ellas es la posibilidad de que alguno de los partidos que llegaron a la política hace pocos años con la intención de quedarse y agitar el tablero, no puedan, ni siquiera entrar en la Asamblea.

Distintos espacios políticos

Podemos y Ciudadanos son los partidos que se enfrentan de manera más clara a este precipicio del cinco por ciento, el mínimo establecido para lograr representación autonómica. Pero las circunstancias de cada una de estas formaciones no son exactamente las mismas: ni internas ni externas (las del espacio político que representan en el arco ideológico). Si el aterrizaje en Madrid de Pablo Iglesias pretendía ser un incentivo y dinamizar un voto que se encontraba a medio camino entre la apatía y la desilusión, no parece haberlo conseguido del todo. Es cierto que los sondeos coinciden en que superará (por poco) el fatídico cinco por ciento y logrará representación, pero los resultados que anuncian las encuestas no responden a las expectativas de un exvicepresidente que creyó arrastrar multitudes hace ahora casi una década en el 15-M. El deseado «efecto Iglesias», por el momento, no existe y deja a su formación como un partido muy minoritario, aunque alcance los escaños en Vallecas.

Ciudadanos parece, en cambio, el partido que más se juega en las urnas. Casi todos los estudios demoscópicos coinciden en que se encuentran rondando el temido porcentaje, aunque sus últimas encuestas internas les marcan mejores resultados y apuntan a la deseada remontada: un crecimiento de la candidatura de Edmundo Bal en campaña apelando a su papel de moderación y centro que tiene como objetivo mantener a los naranjas en la Asamblea madrileña.

Si no lo lograra, y el 4-M no consiguieran fidelizar al menos a un cinco por ciento de los votantes madrileños, la desaparición de Ciudadanos no solo representaría un giro radical de guion respecto al partido que hace pocos años contaba con un enorme arraigo en Madrid (una formación de carácter eminentemente urbano que arrasaba en barrios enteros de la capital), sino que además tendría unas repercusiones nacionales claras. Implicaría un rediseño del panorama político (o, al menos, el comienzo del mismo): el calado y las consecuencias de no lograr diputados en Madrid sería mayor que si sucediera en el caso de Podemos. El espacio político en la izquierda quedaría cubierto a nivel autonómico con Más Madrid, una formación que comparte ideología, origen y hasta representantes que han pasado de uno a otro, o, a nivel nacional, con Izquierda Unida, un partido suma de otros que siempre ha estado a la izquierda del PSOE.

El impulso del 4-M

En el caso del partido de Inés Arrimadas las circunstancias son muy distintas: representa una corriente liberal más centrista que en España parece condenada a sufrir las presiones (por ambos lados) del bipartidismo. Si llegara a desaparecer de la Comunidad de Madrid marcaría un punto de inflexión para el partido acelerando el proceso de desmantelamiento que, según las semanas, parece atravesar o esquivar. Durante algún tiempo, cuando las encuestas, las urnas y los votantes sonreían a Ciudadanos, sus líderes, tanto Arrimadas como Albert Rivera, apelaban al elevado número de países europeos que contaban con representantes liberales, como ellos, en el gobierno. Y aunque los números permitieron un ejecutivo de coalición con el PSOE, nunca llegó a materializarse y no se reeditó la llegada de un partido de centro a La Moncloa: solo lo consiguió la UCD de Adolfo Suárez en las elecciones de 1977 y 1979.

Los siguientes intentos de formaciones centristas, agrupadas bajo las siglas de CDS o UPyD, oscilaron por años de muy diversas representaciones: de picos con un elevado apoyo en las urnas hasta acabar volatilizándose, sin alcanzar nunca el poder. Estos partidos, que han ocupado un lugar parecido del espectro ideológico, se han visto afectados por un freno (invisible pero real) al que se han enfrentado hasta ahora todos los grupos liberales en España: su existencia se reduce a unos cinco años. Arrimadas se encuentra ante al reto de impulsar el proyecto que heredó maltrecho para no dejar huérfano el espacio de moderación inherente al centro político. El 4-M es la fecha marcada para evitar su particular tragedia griega.