Jaque a Sánchez y Aragonès

El Gobierno y el Govern de la Generalitat penden ahora de un hilo y pueden romperse

El president de la Generalitat, Pere Aragonès (i) y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d)
El president de la Generalitat, Pere Aragonès (i) y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d)Kike Rincón Europa Press

Carles Puigdemont estaba noqueado. Su papel en la política catalana se iba reduciendo porque Pere Aragonés estaba decidido a no perder la iniciativa. Intentó desestabilizar al ejecutivo catalán hace una semana con la elección de los miembros de la Mesa de Diálogo y fracasó. También hizo un movimiento avezado pactando la prolongación del aeropuerto con el Gobierno de España, que ha quedado en agua de borrajas porque ERC no ha cedido y Pedro Sánchez se ha hartado de la falta de seriedad.

En España, ni JxCat quería quedarse fuera de la negociación presupuestaria, para no seguir empequeñeciendo su espacio y el de su líder Puigdemont. Y en Europa, las carantoñas con el régimen de Putin le habían hecho perder apoyos incluso entre el independentismo europeo. Un ejemplo: el partido separatista de Flandes.

El panorama era más bien sombrío para Puigdemont, mientras que Sánchez y Aragonés avanzaban por el camino de la concordia, ganando tiempo, y fortaleciendo sus gobiernos. Mesa de Diálogo, Presupuestos y Ley Audiovisual eran los elementos de la ensalada política de estos días. Los de Puigdemont, y Puigdemont, estaban en fuera de juego. Y en esto llegó su detención en Italia que ha provocado un terremoto de alta definición en Catalunya y en España. Tanto que Sánchez y Aragonés tienen sus gobiernos pendientes de un hilo, y pueden romperse. Puigdemont, de nuevo, el la piedra filosofal que lo convierte todo en caos, incluso puede hacer caer gobiernos.

Al margen de las teorías conspirativas -si Puigdemont se ha dejado detener, por un lado, o que Llarena, ayudado por Alfonso Dastis, hoy embajador español en Roma, ha regateado y dejado con el paso cambiado a la defensa de Puigdemont- lo cierto es que la estabilidad de Sánchez y Aragonés se resiente. No en vano, tanto el presidente Sánchez ha salido en defensa de la Mesa de Diálogo como el líder de ERC, Oriol Junqueras, que lo ha respaldado, se han apresurado en mantener su línea de acción política. Aragonés también se ha sumado, pero primero ha tenido que lidiar con los consejeros de Junts que estaban ya preparando la guadaña.

¿Porqué han salido tan pronto los líderes del PSOE y de ERC? Porque al margen de la decisión del tribunal italiano, sus socios de gobierno han puesto patas arriba la estabilidad. Junts abogaba desde primera hora con romper la Mesa de Diálogo e incendiar la calle, algo posible a escasos días del cuarto aniversario del primero de octubre. Podemos calificó, en boca de su portavoz parlamentario, Jaume Asens, de detención ilegal. De paso, Junts lanzaba la idea de que España -sin distinguir entre poder judicial y ejecutivo- había actuado en venganza contra Puigdemont, cuando la realidad es que la actuación de Llarena dispara un tiro de gran calibre en el pie del presidente Sánchez.

A la crisis interna de ambos ejecutivos, hay que sumar la externa. La derecha encabezada por PP, VOX y Ciudadanos va a arreciar sus ataques al ejecutivo para deteriorarlo al máximo y a ser posible fracturarlo para lograr un avance electoral. Algo que no verían mal ni Junts ni la CUP que podrían hacer lo mismo con Aragonés, aunque el president siempre podría tirar del comodín del público formado por PSC y Comunes.

Otro frente: si el tribunal italiano no da la razón a Llarena y la justicia española vuelve a hacer el ridículo. Otro error más de un poder judicial con mandato caducado, que aumentaría la presión para pedir su cese en bloque. Nadie confía en una dimisión a «motu proprio» a pesar de este descalabra. O, por el contrario, que el tribunal dé la razón a Llarena con lo que el independentismo sacará su mejor victimismo y tratará de incendiar las calles. Joaquim Torra dijo ayer que había que cerrar la Mesa de Diálogo y aumentar la presión, aunque aquí paró. Ni una palabra de desobediencia.

Por si fuera poco, Aragonés y Sánchez tendrán que cerrar posiciones en los presupuestos que tras el «puigdemontazo» han quedado un poco al pairo. No parece que el Gobierno pueda presentarlos la próxima semana como tenía previsto por lo que se trastocan los planes en España, y en Catalunya. Porqué Aragonés mal podrá dotar de fondos a su intención de revertir los recortes en sanidad -5000 millones- si no se registran transferencias de España, y no existirán sin presupuestos.

Tanto el gobierno de España, como el de Catalunya, e incluso en la oposición española el icono Puigdemont se sabía fundamental. Para el PP para utilizarlo de ariete contra Sánchez, y para Junts para usarlo contra Aragonés. Para ERC y PSOE, porque eran conscientes de que para reencauzar la situación una solución para el fugado era necesaria. La solución venía de la mano de la Reforma del Código Penal, la reforma del delito de sedición. Sánchez hace apenas unas semanas la guardó en un cajón, y ahora se demuestra necesaria. Una reforma hubiera permitido detener a Puigdemont, a extraditarlo y a condenarlo, y al tiempo aplicar la nueva legislación con lo que su puesta en libertad hubiera sido una cuestión de pocos meses. Ahora, este tiempo se amplía de forma exponencial si el tribunal italiano decide extraditarlo.

Puigdemont, además, ha conseguido un efecto más que deseado por sus abogados, poner en contradicción a los tribunales europeos a cuenta de la condición de eurodiputado de Puigdemont, su inmunidad y la vigencia de la euroorden. El galimatías ha dejado tocados a los gobiernos y la tensión subirá en los próximos días -el aniversario del 1-0 es el próximo fin de semana- y se mantendrá hasta que el tribunal sardo no emita su veredicto, y tiene 60 días para hacerlo.

Los partidos, todos, deben medir sus movimientos más allá de las declaraciones de estas horas que no han deparado ninguna sorpresa. Todos están en su posición, pero tener poca cintura o pasarse de frenada puede ser letal. Sánchez y Aragonés deben afanarse en mantener sus gobiernos unidos, porque ha llegado Puigdemont y ambos gobiernos pueden caer, en función del papel de los socios de PSOE y ERC. JxCat y Podemos van a tener un protagonismo en las próximas horas que habían perdido en las próximas semanas, y Casado se asirá a Puigdemont como tabla de salvación para sortear al tornado Ayuso.