Aritmética básica

El objetivo, pues, es aprobar el decreto sin mover una coma

Rebeca Argudo

Como usurero contando moneditas, anda Sánchez contando con los dedos a ver si le dan los números. Saca la lengua, aprieta los morretes, se rasca la coronilla, cuenta ocho y se lleva dos. Pese a su chulería de mayoría absoluta, la realidad se impone, insidiosa, y con sus 155 escaños, Unidas Podemos mediante, apenas daría, de ser otro o tener algo de vergüenza torera, para sonrisilla nerviosa. Y así anda, meditando cómo rapiñar apoyos para sacar adelante una reforma laboral que ya vendió como primera medida del que sería su futuro gobierno (y no), primero, y como logro desbloqueado (y tampoco), después. Y aquí estamos, a las puertas de la votación y la casa por barrer. Sánchez y su eterno «dónde está la bolita». Qué cruz, señora.

Por supuesto, desde la conciliación y el buen rollito, desde la ternura que diría aquella, apelan al sentido común y a la comunicación. Pero una muy a la Sánchez, muy ad hoc. Dice Félix Bolaños –habla el ministro pero en realidad uno escucha al Presidente, como en esos documentales doblados en los que se oye por debajo, apenas audible, la voz auténtica– que el gobierno hará uso «de nuevo» de la «cultura del diálogo».

Puntualiza a continuación, sin solución de continuidad, que los apoyos que buscan son para ratificar el decreto de la Reforma Laboral tal y como está ahora mismo, conseguir que se pueda aprobar así, a cara perro, evitando su tramitación como proyecto de ley y evitando que puedan introducirse enmiendas. Ahora, tras leer esto, tras ese «sin condiciones», es cuando hay que volver arriba unas líneas y releer lo de «cultura del diálogo» procurando no reírse. Es que son de traca.

El caso es que los números, decía, de momento no dan y la reforma laboral depende de que se comprometan los apoyos y sean firmes, sí, pero también de las abstenciones. Y aunque confían, eso dicen, desde el Gobierno en que saldrá adelante y dan por hecho que cuentan con sus habituales apoyos externos, ERC, por poner un ejemplo, no lo tiene tan claro.

No ha dudado en manifestar que esta reforma se queda corta pero se muestra dispuesto a negociar. Lo que no está tan claro es que lo estén desde el gobierno, que ya han explicado, Bolaños mediante y al anterior párrafo me remito, lo que significa para ellos «cultura del diálogo»: en claudicar sin medio pero, tragar sin rechistar. El objetivo, pues, es aprobar el decreto sin mover una coma. Con un par y actitud de mayoría absoluta. Como le gusta a Sánchez.

Ciudadanos mientras tanto, con los socios de gobierno como aliados preferentes, da saltitos levantando el dedo, aunque nadie le mire ni le pregunte, ofreciendo sus votos. Que no dan para salvar nada, mal que les pese, pero sí para que Arrimadas se desmarque de la oposición (PP y VOX siguen instalados en el no, lo que supondría 141 votos en contra) y, al mismo tiempo, atice a los independentistas. Con el estribillo de Objetivo Birmania se haría lío y no sabría si los amigos de sus amigos son amigos o enemigos, si va o viene o se detiene. La aprobación de la reforma pasa pues por hacer encaje de bolillos con los síes, los noes y las abstenciones.

«Votar en contra de la reforma laboral» avisa a sus socios Bolaños «es votar a favor de la reforma laboral de 2012». Y votar a favor de la reforma laboral, ellos ya lo leen en el interlineado, es ser ultraderechista, claro.

Y mentar a la ultraderecha funciona, como los sustitos con las viejas, para no tener que decir «o estás conmigo o contra mí» cuando, entre uno y sus aliados, es uno el que más tiene que perder y no puede permitirse que la respuesta sea «contra ti».