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El armario masculino estival, ¡a examen!

La columna de Carla de la Lá

  • Marlon Brandon en la película Un tranvía llamado deseo
    Marlon Brandon en la película Un tranvía llamado deseo

Tiempo de lectura 4 min.

23 de junio de 2018. 11:16h

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Carla de La Lá Madrid. 23/6/2018

Soy devota de la familia y las frescas regiones del norte de España y no es verano hasta que llego a casa de los abuelos para que mis hijos se suban a todos los pinos mojados y mis padres les bajen.


Allí, mi pasatiempo favorito es coger de la mano a papá hasta que me la pide para hacer otras cosas y reírme hasta las 3 de la mañana con mi madre _tercera peli que echan en nova, de fondo_, tomar el aperitivo con atractivas nonagenarias, nadar y montar en bici con los niños, adentrarme sola en bosques donde si gritara, nadie me escucharía, y vestirme, si acaso, para mi mejor amiga María_que es la persona más educada y sofisticada que conozco ¡se lo merece! Siempre me dice: “Buscar la comodidad, querida, es empezar a morir.

Mi felicidad en verano está en Vitoria y no hay avenida en Nueva York, ni ayahuasca, ni refrigerado spritz, ni Isla Fiji, ni ciudad palaciega comunista europea, ni piscina turquesa de cisnes hinchables, ni casino monegasco, ni playa Estrella Damm, ni lambada, ni sensualidad, ni templo en Indonesia, ni pecado estival alguno, más tentador ni atractivo para mí. No obstante, hagamos lo que hagamos hay que hacerlo con estilo, hasta el más abominable crimen o incluso “ser linchado”, hagámoslo con distinción, con clase y una sonrisa sexy. Cuidemos, amigos, lo estético porque es el reflejo inequívoco de todo lo demás. El continente es inevitablemente paralelo al contenido.

Y no es comprar, por favor, no se trata de consumismo, muy al contrario, es actitud: el estilo no se compra, pero puede aprenderse. La elegancia ni se compra ni se aprende, por cierto. Y ¡Cómo visten los hombres del norte! Mi padre, siempre hecho un pincel, al igual que mi marido que dice ser de Santander, aunque es madrileño. ¡Qué dos! ¡Cuánta finura y dignidad dentro y fuera de casa, qué sobriedad tan exquisita, llueva o luzca el sol!

Miren, un hombre sólo puede permanecer apropiado y conveniente en camisa_de manga larga_en verano, a poder ser con pantalones_aunque valen algunos (pocos) tipos de bermudas de caballero que son lo menos abyecto en su especie_y zapatos_aunque valen algunos tipos de alpargatas, sandalias y sneakers (poquísimos) elegantes y urbanas.

Comprendo que con estas temperaturas uno se siente tentado a prescindir de la estética, como también de la ética, pero jamás, queridos, se pongan una camiseta si son varones mayores de 25 años, Marlon Brandon podía, Picasso también, Larry David también puede, pero usted, usted no. Ni yo, ¿eh? Asúmalo. En esta vida, es encomiable tener la grandeza de conocer y aceptar nuestras debilidades y algo mejor, nos protege del patetismo.

Veamos, mientras leen esta humilde columna, por las calles uno puede contar por millares a los hombres de pantalones pirata-cargo (esa mezcla mefistofélica), con camiseta con sentencia o motivo jocosos, tipo el logo de superman (prefiero las de propaganda de la gasolinera), aderezado el conjunto con sandalias de tiras en materiales plásticos y velcros. Si jugáramos a tomarnos un chupito cada vez que pasa un hombre de esa guisa acabaríamos borrachos en 3 minutos, ¡Hagan la prueba esta noche!

¿Camisa de manga corta? ¡Tampoco! Aunque esté divinamente planchada y almidonada. La camisa de manga corta sólo la podrá llevar si es usted varón, y escritor latino tendente al realismo mágico el día que le entregan el premio Nobel y lo recoge (en guayabera) en plan cool.

Ustedes se dirán, con toda la razón del mundo ¿y por qué no puedo llevar camisa de manga corta, a ver?
Pues muy fácil, amigos, porque es como de monaguillo mayor, como de pelota que decidió ser muy cívico como podía haber sido perfectamente asesino en serie.


La camisa de manga corta es de hombre perturbado por una madre excesivamente protectora que lo peinaba con mucha colonia e impecable raya.


Esos hombres que acabaron coleccionando sellos y monedas pero que podrían tener una camioneta y atrapar mujeres. Todo muy en clave Norman Bates. Esos hombres, siempre van con camisa de manga corta. Y ¿en los pies?.

Pies ¿para qué os quiero? Si tengo elegantes zapatos de rejilla o mocasines náuticos de regatista sin barco, o mejor, chancletas. Estas últimas merecen un inciso por ser signo y símbolo de la falta de autoestima y respeto por los demás. Hombre con chancletas, corazón que no siente.

Prefiero escuchar disparos a escuchar chancletas. El sonido que producen las chancletas cuando las calza un vertebrado mayor de 20 kg es aun más vulgar que estas. Observo a la gente caminar e intento saber más de sus vidas, del génesis de esas chancletas, de sus motivaciones... Lo chocante de los que usan chancletas es lo felices que parecen. ¿Es la insensibilidad o son las chancletas lo que produce tanta dicha? Los médicos, por si no lo sabéis, desaconsejan su uso, ya que provocan caídas, cortes en la piel, problemas circulatorios y heridas entre el primer y segundo dedo, y yo, como su querida doctora del alma se las desaconsejo vivamente.

Una vez, un conocido sugirió que me pusiera unas chancletas. Me comí su hígado acompañado de habas y un buen Chianti.

Sobre la autora

Soy periodista, escritora, diseñadora, profesora y empresaria. Tengo 4 hijos, un marido, un exmarido, un perro y un gato y pienso que la vida es como un bizcocho que se te quemó. La receta nunca sale como uno espera, como la foto del libro ¡Se te ha quemado el bizcocho!_Oirás_Claro, ya lo sé, yo misma lo puse a la temperatura equivocada...¿pero sabéis qué? No hay que dejarse llevar por la cubierta requemada, coges un cuchillo, la quitas y por dentro está buenísimo, y ya si le pones una buena mermelada...mmmm ¡delicioso!

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