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La indefensión aprendida o cómo asumir que no seremos atendidos se puede aprender en la infancia

Los métodos conductistas como el Ferber o Estivill sientan las bases de una indefensión aprendida con consecuencias en la etapa adulta

  • Desatender el llanto de los niños es una de las bases de la indefensión aprendida
    Desatender el llanto de los niños es una de las bases de la indefensión aprendida / GTRES ONLINE
Madrid.

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17 de abril de 2018. 07:24h

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Ángel Fernández Sánchez.  Madrid. 17/4/2018

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El término “Indefensión Aprendida” (también llamado desamparo aprendido) tiene que ver con la sensación de que mis acciones no producirán un resultado distinto, no producirán ningún cambio presente o futuro, mi vida no cambiará. En este sentido, lo experimentado es una especie de prisión psicológica, un bloqueo que imposibilita cualquier liberación de la situación en la que me encuentro. Ángel Fernández Sánchez, psicólogo del Grupo Laberinto, nos lo explica.

La persona que está experimentando esto, se percibe a sí misma como una persona que no tiene poder o control para cambiar aquello que le disgusta, le molesta, le atormenta o le parece injusto. La sensación subjetiva es que haga lo haga estará mal, de que esto no tiene solución.

Imaginemos ahora estos escenarios: mujeres maltratadas, niños en contextos de acoso escolar, maltrato, desprotección, situaciones de injusticia laboral, social... El desamparo o la indefensión también forma parte de un aprendizaje biográfico: un sometimiento diario donde se aprende a resignarse, a no actuar. Por tanto hablamos de algo que afecta a la vida de muchas personas, es una conducta aprendida social y disfuncional.

Este término se lo debemos a Martin Seligman psicólogo y escritor estadounidense. En sus experimentos, pudo estudiar los efectos que producían en animales una serie de descargas eléctricas constantes de las que no podían escapar. Concluyó que estos animales desarrollaban pautas de conductas semejantes a los de la depresión.

Aplicado a contextos humanos podemos decir que estar sometido durante mucho tiempo a escenarios adversos (crisis vitales, situaciones sociales de injusticia, pérdidas, traumas...) genera un esquema de pensamiento gradual y continuo que termina corrompiendo las fortalezas psíquicas y corporales acabando con la voluntad de actuar y decidir.

¿Por qué entonces ante la misma situación adversa, las personas reaccionan de manera diferente? ¿Por qué hay personas que no experimentan esta indefensión y son capaces de tomar decisiones y cambiar?

La clave está en los estilos de apego en las edades tempranas. Si desde pequeños las personas se han visto acorraladas ante situaciones aversivas y no se han sentido vigilados, protegidos y seguros por los cuidadores principales (como es el caso de un patrón de apego disfuncional), aprendemos a ser indefensos.

Dicho de otra manera, en una relación de apego disfuncional/inseguro los cuidadores tienden a proyectar sus dificultades en la relación del cuidado de los hijos, por lo tanto, las necesidades del bebé no son cubiertas en un ambiente seguro y estable por lo que no se genera un espacio para desarrollar la exploración, la seguridad en sí mismo, la autoconfianza, habilidades de afrontamiento, capacidad de pedir ayuda... es muy posible que se genere una idea negativa de sí mismo y de los demás, por lo tanto crecerá en un contexto de desconfianza y le costará mantener relaciones de calidad y duraderas.

Los apegos inseguros se pueden generar básicamente desde dos procesos de relación disfuncional, la sobreprotección o la falta de vigilancia.

En la sobreprotección, existiría una conducta muy intrusiva de los cuidadores en el desarrollo del bebé. En este sentido, el bebé se desarrolla en un ambiente de hipervigilancia, no hay un espacio adecuado para el desarrollo, se le está minando la capacidad de exploración. En la vida adulta, ante situaciones vitales de vulnerabilidad, la persona desarrollada en este ambiente necesitará siempre de alguien que le resuelva la situación, no sabrá afrontar determinados retos vitales, se sentirá indefenso si no está su figura de protección.

Si por el contrario la persona se ha desarrollado en un contexto de falta de cuidados, de falta de vigilancia, genera una sensación continua de abandono, y desarrollará cierta desconfianza no sólo en las figuras de protección, sino también en el resto de las personas. Ante situaciones de vulnerabilidad (crisis vitales, accidentes, sucesos traumáticos...) no tendrá herramientas suficientes para afrontar con calma la situación, y tenderá a la evitación para no afrontar los problemas.

Por lo tanto los primeros años son vitales para generar una estructura mental de seguridad y confianza en uno mismo y en los demás. Las personas que se han desarrollado en contextos de apego seguro, tienen más recursos para poder afrontar las crisis vitales, pérdidas, rupturas, situaciones de injusticia social, laboral... ya que han crecido en contextos afectivos tranquilos donde los cuidadores se han mostrado consistentes, estables y seguros y han posibilitado el desarrollo, la exploración, la autonomía...

El contexto se hace determinante en los primeros años de vida, de ahí que sea necesaria una revisión de la sociedad actual, luchar por las desigualdades, la protección social, el cuidado de la infancia... Si queremos desarrollarnos como seres humanos más confiados en los otros, más seguros de nosotros mismos, debemos garantizar una sociedad que mire por una crianza responsable y justa.

La indefensión aprendida es un constructo psicológico que nos avisa de un síntoma muy alarmante. Una situación de bloqueo, de “no cambio”, de no saber qué hacer. La angustia sentida, la falta de recursos propios paraliza cualquier acción. Vivir mucho tiempo en este estado puede producir efectos psicológicos más profundos y peligrosos.

De ahí que sea importante que si alguien lleva mucho tiempo bajo esa “indefensión aprendida” se ponga en manos de especialistas. La terapia psicológica puede resolver y desbloquear este estado gracias a un contexto seguro y de confianza. Se trata por tanto de generar un espacio para pararse, pensar y volver a empezar, para poder generar a través de un vínculo sano, una relación de cuidado y auto-cuidado donde se potencien los recursos propios y se puedan tomar de decisiones vitales y necesarias para seguir adelante.



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