El secreto de Jesulín de Ubrique: Una portada para vender Ambiciones

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Durante años, Ambiciones fue el lugar de referencia de la Prensa taurina y social. Jesulín de Ubrique recibía a todos en Prado del Rey (Cádiz): organizaba tentaderos y realizaba entrevistas y reportajes con él como protagonista único. No existían ni Esteban ni Campanario y los amores de un día se gestionaban en otros lugares. Una de las chicas, apodada «La Lechuga» por haber tenido relaciones vestida con un traje de flamenca, confirmó esto hace años. A la casa no entraba nadie. Con él vivía parte de la saga: Carmen Bazán como ama de llaves y Humberto como administrador. Su hermano mayor fue el primero que buscó independencia y se ha mantenido siempre al margen de la popularidad de Jesulín. Tiene su trabajo como piloto de avión y una familia alejada de los medios. La mala gestión de Humberto provocó que parte de la finca fuera embargada y esas deudas también sirvieron para que Jesús tomara las riendas del apartado económico y creara un cordón sanitario para su progenitor. Fueron malos tiempos para el torero, que se dio cuenta del «Falcon Crest» en que se había convertido Ambiciones: filtraciones a la Prensa que daban de él una imagen de hombre débil, manipulable y fiestero. Y todo esto repercutía en las críticas taurinas.

Un pasado fructífero

Después de unos años de silencio, Ambiciones ha vuelto a salir a la palestra esta semana con una exclusiva que Jesulín y su mujer, María José Campanario, concedieron a «¡Hola!». Hay varias versiones para justificar este hecho. Una tendría que ver con el silencio impuesto por los abogados del matrimonio hasta que las demandas que interpusieron contra varios colaboradores de «Sálvame» se resolvieran. La otra explicación tiene una vertiente económica, una manera de rentabilizar Ambiciones de cara a posibles compradores, más del mercado de Latinoamérica que del nacional. Algo parecido a lo que sucedió con Yerbabuena, el campo de Ortega Cano y Rocío Jurado. La situación monetaria no parece buena. El panorama actual es muy diferente de los primeros años de bonanza afectiva que vivió Jesulín en su campo de la provincia de Cádiz que con tanta ilusión adquirió cuando ya era una figura emergente. Enseñaba su vestuario, su ganado y su tigre Currupipi. Los animales exóticos han estado siempre en la vida de la finca y han creado más de un problema. La finca fue el lugar al que llegó Belén Esteban y donde nunca se sintió cómoda. No por ella, sino por el entorno familiar, que no le hizo la vida agradable. Nunca pudo ejercer de ama de casa porque Carmen Bazán no se lo permitió. «Siempre me sentí una intrusa», dijo tiempo después. De aquella época eran las visitas nocturnas de la madre a la habitación de la pareja con un vaso de cacao para Jesulín, «y a mí nada, y ni tan siquiera pedía disculpas por entrar», recuerda Esteban. Cuando ya no pudo más, Belén se marchó y no se llevó nada que no fuera suyo. Salió con Andrea, su maleta y la bañera de plástico de la niña. Lo peor llegó cuando el personal de Ambiciones dejó varias bolsas de plástico en el portal de la casa de los padres de Belén, en Madrid. A partir de ese momento, la televisiva le declaró la guerra y Jesulín dejó de ejercer de padre responsable.

El tiempo le dio la razón a Belén Esteban, que acuñó la frase ya convertida en icónica: «Por mi hija mato». La más lista fue María José Campanario, que desde el principio se dio cuenta de que si quería que su relación con el torero funcionara tenía que salir rápidamente de Ambiciones. La casa dejó de ser el lugar de encuentro del clan Janeiro, que ya no es una unidad familiar. En los últimos tiempos solo ha sido noticia Carmen Janeiro por su relación con Luis Massaveu. El resto ha elegido el camino de la discreción. Ambiciones ya no es el lugar donde los autobuses de turistas paraban para hacerse fotos ante la verja. Llegó a ponerse a la venta y se dieron nombres de posible compradores, desde fortunas venezolanas y colombianas hasta Fernando Esteso. El humorista lo desmintió. Ahora, Jesulín y Campanario han vuelto a dar visibilidad al campo que fue «Falcon Crest». Su posado después de muchos años en un más que discreto segundo plano ha reconvertido la finca en un recordatorio vivo de todo lo que sucedió en tiempos que, aunque a primera vista lo parezca, no son tan lejanos.