Cristina Ortiz, “La Veneno”: Así se descubrió a la artista

Fue un animal glamuroso, eléctrico, energético, sensual, bellísimo... y herido. Sobre todo, lesionado. Una superviviente. Una “bestia” magnética que traspasaba la pantalla

'La Veneno' con Faela Saiz, la periodista que la descubrió.
'La Veneno' con Faela Saiz, la periodista que la descubrió.La Razón

Ni santa ni puta ni icono. Tampoco víctima ni juguete roto, pero, quizá, todo a la vez y por su orden. Cristina Ortiz, quien un día fuera Joselito de Adra (Almería), La Veneno, fue un animal glamuroso, eléctrico, energético, sensual, bellísimo... y herido. Sobre todo, lesionado. Una superviviente. Una bestia magnética que traspasaba la pantalla. Un niño que abominaba de su cuerpo de hombre y que se convirtió en una mujeraza de belleza rutilante, tanto analógica como catódica y que sin saberlo hacía buena la máxima de Wilde: Señor, líbrame del dolor físico, que del moral ya me encargaré yo. Pero no fue así. Por eso los Javis, en su serie de Atresplayer Premium, se han adentrado en su vida. Porque jamás supo qué hacer con su alma y se machó cuando le quedaban demasiadas aristas para comprenderla. Lo que se cuenta en la ficción es absolutamente real... aunque la verdad fue otra. La que vivimos quienes tuvimos la inmensa suerte de trabajar en Esta noche cruzamos el Mississippi, y hoy es motivo de estudio de diversas facultades de periodismo en España, Europa y EE.UU.- y por el que desfilaron sociólogos, filósofos, escritores, cantantes, y logró picos de audiencia hoy impensables, de hasta el 72 por ciento de share. ¿Lo llaman telebasura? Bendita sea la televisión que informa, forma y entretiene. No ha vuelto a existir un formato parecido, porque Pepe Navarro y su equipo, modificaron el late night al más puro estilo Jay Leno. “Bueno, yo adapté el formato a las necesidades del país. Lo demás, lo hizo la audiencia respaldándonos”;, repite el periodista. Pero hablábamos del mito y de aquello que destruyó a la leyenda...

Todo arrancó una noche de abril de 1996. Faela Saiz -reportera a la que Lola Dueñas da vida magníficamente, pero, con todos mis respetos, no se parece nada a aquella joven elegante vallisoletana, que no salía de casa sin maquillar, que se alzaba sobre unos taconazos de escándalo y embutía sus escasos 50 kilos en pantalones de cuero tan ajustados como una segunda piel-, iba acompañada de Fede (Castilla), cámara, y Miguelón (González) de producción. Después de un intento fallido de reportaje en Chueca, la periodista no quiso volver al programa con la cinta vacía. La promesa de que su esfuerzo le reportaría algo distinto le hizo pensar que un nuevo intento merecería la pena. La terna se encaminó hacia el madrileño Parque el Oeste “donde en una orilla estaban las prostitutas y en la otra, las mujeres tran” recuerda Faela. “Conocíamos el parque -prosigue- porque habíamos acompañado a la furgoneta que llevaba toda clase de avituallamiento a las trabajadoras del sexo: tabaco, café caliente, whisky, bocatas y lo que fuera... Y porque la flor que tenía en el culo no me podía fallar. Nada más enfilar la cuesta desde Rosales, vimos, en la fuente, a una diosa vestida de rojo que iluminaba la noche”. Iba vestida con un diseño suyo, todos lo eran, y fue directa hacia el micrófono. Directa. Se masticaba la posteridad. Allí desplegó todo su repertorio, relata la periodista, “los famosos que habían pasado por su cama -restemos un 90 por cierto a su verdad;-, su famoso”¡Digo!";“el tiburón”, o el no menos triunfal: “¡Me quedo muerta en la bañera!”. Mientras los compañeros se metieron en el coche para tomar colas de recurso empezaron a acosar a Faela, todas las mujeres de la noche que la envidiaban. Se abalanzaron contra ella y “me vi dibujada en tiza -recuerda la reportera”. Una vez controlada la situación, llegó el coche con los compañeros, y los apedrearon. Cuando por fin volvieron a rescatar a la reportera, y una vez cambiada la cinta de la cámara, todas las trans se echaron encima y “nos quitaron la supuesta cinta con las imágenes grabadas. Cuando por fin, parecía que podíamos salir de allí, el chulo de una prostituta, de la acera de enfrente, se metió en el coche con ellos y, a golpe de pistola y cadenas, nos dio vueltas por Madrid, amenazándonos. Hasta que yo le dije que estaba atacada, y nos devolvió al parque”, concluye Faela. Cuando llegó a la redacción, se obró el milagro. Pepe Navarro -quien ha cedido todo el archivo de su productora a los Javis, y cuyo alter ego cinematográfico no le hace justicia ni en lo físico ni en lo personal pues "nunca fue un tirano ni un cabrón con el equipo", como recuerda Ángel García, subdirector- la vio en su despacho acristalado desde el que podíamos verle todos. Y se obró la magia. "Una mezcla de ternura, verborragia y campechanía fuera de lo normal. Alguien tierno y brusco; feliz e inmensamente triste. Y la busqué;, relata Navarro. “Estuvimos dando alertas desde el programa -recuerda- porque no había teléfonos móviles ni modo de contactarla”. Así hasta que Faela -con un bebé de 7 meses, que conciliaba la maternidad trabajando las semanas alternas-, volvió a la redacción. “¡A por ella! -recuerda Pepe que le dijo”. Nuestra compañera se montó en el taxi con su amiga Cusa -no con nuestra compañera Machús Osinaga como reza en la teleserie, estupenda amiga que hoy trabaja en RTVE y que guarda de Cristina un maravilloso recuerdo- y la encontró.

Cristina trinaba. Y cuando ella lo hacía estábamos en un universo distinto: “me habéis jodido el negocio, ya no puedo trabajar, sólo quieren hacerme fotos”. No obstante, entró en el coche... y comenzó la leyenda. De la calle al estrellato. De “montárselo” en los coches a ganar un pastón en pesetas -sí, era el siglo pasado-. Televisión, bolos, incluso la grabación de un disco. Sol González -hoy grandísima reportera de investigación de La Sexta- la acompañó a hacer el making of en el estudio:"no había forma de que se aprendiera la letra de Veneno pa tu piel, por lo que se repitió decenas de veces -recuerda-. Se presentó como si fuera a la entrega de los Oscar llena de lentejuelas, y con una capacidad de ilusión tremenda: le hacía gracia el micro, el sonido, los coros... La compañera también era encargada de montar los vídeos -junto con Nino Fontán- que se emitían en el programa y rememora que “se montaban solos. Tenía un repertorio marcado y, en un minuto, soltaba sus cuatro chuscas y se iba configurando un universo verbal que se repetía en los bares, las tiendas, los taxis...”. Tanto Faela como Sol, cuentan lo que yo misma viví en las interminables guardias nocturnas rotatorias en las que estábamos con los invitados: cómo guardaba su preciado “tiburón”, para parecer una mujer completa: “Lo aprendió -repiten ambas- de una trans sudamericana: se ponía un coulotte y dos pantys, apretándose su pequeño miembro viril hacia atrás”. Un dolor, suponíamos todos. Pepe Navarro -a quien nunca paró de tirarle los tejos, “y eso que yo tenía un mínimo contacto con ella, salvo en los directos”, explica el periodista- no duda en recordar que “la tomé cariño, y jamás cobré ningún derecho de nada ni la representó mi productora”;. Su dinero se lo llevaron otros, en especial su novio Andrean-"el de Torino", como ella le llamaba- y los “chulazos” que revoloteaban en torno a ella. Ese fue el verdadero veneno de la Veneno. Que llegó a manejar mucho dinero en poco tiempo pero no supo administrarlo y tenía dos agujeros en las manos. Su perdición “eran los hombres chungos”, como repite Faela evocando sus palabras, pero “jamás bebía ni fumaba ni se drogaba. Su única adicción -aclara la reportera- eran las hormonas del mercado negro que se inyectaba sola, orque quería ser bella, bellísima. Y su necesidad compulsiva de operarse. La única parte de su cuerpo que no quería tocar era su preciado”tiburón". No deseaba dejar de tener orgasmos, pues hubiera sido su perdición. Aunque pasó del Parte del Oeste a la discoteca Joy Eslava, nunca dejó de ejercer el oficio más viejo del mundo. Siempre con Andrea contando su dinero, representándola en sus actuaciones fuera del programa, obligándola a irse con unos y otros por fuertes sumas de dinero. “Nos hablamos alguna vez, después del cese de El Pelílano, pero no sé qué hizo con su vida”, repite Faela. Yo sí. La veía con alguna asiduidad por el madrileño barrio de Tetuán que compartimos. Le tocaba el culo a mi marido porque siempre estaba en pie de guerra, pero más entrada en carnes, años... y con menos inocencia. El tiempo y la vida le habían pasado una triple - o cuádruple- factura. Los chicos peligrosos la colocaron al borde del abismo al que terminó cayendo. También su mala cabeza. O su hipersensibilidad... O porque no hay bondad de los buenos ni maldad de los malos... Ni todo lo contrario. Hoy comprendo que no sólo quería tener la razón, sino que quería que se la diésemos. Si viera el icono en el que se ha convertido diría: “Me quedo muerta en la bañera”. Va por ti, Cristina. Ahora fascinarás a una nueva generación que no te conoció, pero para todos los que te tratamos fuiste algo parecido a una amiga porque tu éxito consistió en ir de fracaso en fracaso sin perder un ápice de entusiasmo. Ojalá estés en la paz que tanto buscabas... y que la manta del Mississippi te arrope para siempre.

La Veneno
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