La crisis de Casillas y Sara Carbonero, signo del final de los tiempos, por Amilibia

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Fernando Simón pide responsabilidad a los jóvenes con la delicadeza de una teresiana recitando los misterios dolorosos del rosario, y al final, temeroso y exquisito, va y les dice: «Perdonad que os dé la brasa». Y pese a la chupa de cuero y la Harley, a la rebeldía Peter Pan del que no se peina desde los 15 años y jamás se planchó una camisa, la chavalería se descojona, claro. Así estamos. Perdonad, niños, que os digamos cuatro cositas durante el recreo: si no sois buenos, esto va ir a peor, respetad las normas, porfa. La única norma que funcionó aquí durante un tiempo fue la Norma Duval. Y en medio del caos y los rebrotes, en la agonía del verano sólo parecen sobrevivir Jorge Javier Vázquez, Kiko Matamoros, las Campos y la crisis matrimonial de Casillas y Sara Carbonero como signo bíblico del final de los tiempos.

Corinna canta en la BBC y aquí le hacen coro los mariachis de Podemos con el estribillo imperecedero: «Borbones a los tiburones y república por bemoles». En un país en el que abuchean a Sánchez y que, de paso, tendría que abuchearse a sí mismo, el sociólogo Lorente Ferrer se queja de que el Estado no persiga la «indisciplina social». Quizá Sánchez desee apretar un poquito más, pero imagino que Iván Redondo le susurra: «No, Pedro: la disciplina quita votos; continuemos con el Plan Mimosín, hasta que aparezca la vacuna». Y así, la gente no sabe si quiere un Gobierno en modo Fernando Simón, el doctor sacarina que lo edulcora todo, o uno visible que no esté, como hasta ahora, sólo de cuerpo presente. Pere Aragonès, que con ese apellido yo le hacía bailando jotas, sí sabe lo que quiere. Pide dos repúblicas, la catalana y la española. Debería apuntar más alto y pedir cinco o seis, porque ya se sabe que, una vez lavadas, las peticiones encogen. Dice el vice de la Generalitat: «Si hay republicanos en el Gobierno se tiene que notar». En la Moncloa están haciendo recuento y les salen cuatro más el gato, pero Iglesias, el eterno acosado a punto de convertirse en la Gran Víctima de España, podría decir: «Para conservar la coalición y lo mío, nos declaramos monárquicos provisionales por imperativo legal». Mejor eso que el banquillo.