Historia
Alfonso XIII: un rey infiel a Ena con Celia Gámez
Los tangos y canciones argentinas de esta artista sublimaron al monarca en el palco con la reina Victoria Eugenia
El padre de Andrés Gutiérrez (q. e. p. d.), a quien tuve el privilegio de entrevistar en 2011 mientras componía mi libro "Bastardos y Borbones" publicado por Plaza y Janés, estuvo en el teatro Pavón la primera vez que Celia Gámez pisó un escenario en España.
Poco antes, ella había llegado con su padre a Barcelona para solucionar un problema de herencia, como en las mejores familias. En el tren hacia Madrid, la joven de veinte años empezó a entonar canciones de su Buenos Aires natal. A su lado, en el mismo compartimento, viajaba una mujer que resultó ser la marquesa de la Corona. Curiosamente, ésta organizaba todos los años un festival benéfico que por primera vez iba a celebrarse en el recién inaugurado teatro Pavón, en la calle de Embajadores. La marquesa quedó encantada con la voz de Celia Gámez y le propuso actuar en aquella gala. Fue así como Celia debutó luego ante el público español, presentada por el conocido tenor Miguel Fleta.
Hipnótica
En el palco presidencial estaban Alfonso XIII y Victoria Eugenia, Ena en familia, junto a la reina madre María Cristina y el general Miguel Primo de Rivera. Los tangos y canciones argentinas de Celia sublimaron al monarca, como sucedería luego con sus inolvidables chotis madrileños "Las taquimecas", "Tabaco y Cerillas" o "El Pichi".
Más tarde, Pepe Campúa, amigo del padre de Andrés Gutiérrez, la contrató para actuar en el teatro Romea que él regentaba. Allí empezó a brillar de verdad "La perla del Plata", como era ya conocida Celia Gámez. Al Romea, situado en la calle de Carretas, iba precisamente Alfonso XIII a verla cada vez que podía, que fueron muchas, la verdad. "Siento renacer en mí tu amor, al saber que volverás, na, na, na…", cantaba Celia, melosa. Y el rey, claro que volvió. Regresó para escuchar, anonadado, el célebre tango "A media luz" que le hizo repetir a la Gámez una y otra vez, en público y en privado.
"A media luz" fue la primera grabación discográfica de Celia Gámez, que había empezado ya a hacer su tabla de gimnasia sueca todas las mañanas para mantenerse en forma. Media hora antes de la función, se empolvaba la cara en el teatro, tras retocarse el maquillaje. Esta operación llegaba a repetirla once veces por la tarde y otras tantas por la noche, cada vez que se cambiaba de vestido. Era así de coqueta.
Pero fue muy desdichada. Alfonso XIII la utilizó en su provecho personal, como a todas sus amantes. El rey siguió viéndola mientras actuaba en el teatro Eslava, en la calle del Arenal, como cabecera de cartel con Victoria Argota y Loló Trillo. Celia debió de pedirle entonces que la ayudara a conseguir la nacionalidad española, pues ella había nacido en Buenos Aires en 1905, e incluso algún año antes. Ella fue siempre muy presumida. Incluso cuando, siendo ya una setentona de buen ver, cantaba tangos y canciones bonaerenses para unos cuantos amigos suyos en casa de Luis Escobar, marqués de las Marismas del Guadalquivir, en la urbanización del Conde de Orgaz, mientras el genial Fernando Moraleda la acompañaba al piano en el salón en penumbra.
Sufrió muchos desamores. Su primer novio, Vicente Rey, se pegó un tiro siendo veinteañero. Celia se quedó trastornada. Habían hecho planes para estar juntos el resto de sus vidas. Tampoco tuvo suerte con Darío López, veinte años mayor que ella. Darío permaneció más de quince años junto a Celia, e incluso le compró el teatro Eslava. Pero el pobre era impotente. La propia Celia aseguró que jamás había podido cohabitar con él, pese a lo cual nunca dejó de quererle. Enamorada luego de Fernando de Amboage, marqués de Amboage, tuvo que resignarse al recibir la noticia de su trágica muerte en el frente, durante la Guerra Civil española. Gracias precisamente a su querido marqués, Celia fue acogida por Franco en el cuartel general de Salamanca. Se enamoró también del torero Juanito Belmonte, bastardo del Pasmo de Triana, pero como éste era aún demasiado joven tuvo que desistir de llevarle a los altares hacia donde sí fue en cambio, años después, del brazo de José Manuel Goenaga, un conocido dentista de San Sebastián, ciudad a la que Celia quería también mucho.
La pena de no ser madre
Finalmente, Celia se casó por lo civil, en París, con el periodista Francisco Lucientes, director de Informaciones, por el que renunció a su carrera de actriz. Pero tampoco éste logró darle hijos. La pobre Celia se quejaba siempre de que nunca había podido traer hijos al mundo. Ella, que adoraba tanto a los niños… Poco después de su comienzo en el teatro Pavón, Celia recibió la visita del marqués de Viana, a quien el rey había enviado para invitarla de su parte a tomar el té a solas con él. Celia debió quedarse de una pieza. El caso es que, desde entonces, los dos se vieron muchas veces. Alfonso XIII le regaló unos preciosos pendientes de perlas con brillantes. Luego, Celia perdió todas sus joyas durante la Guerra Civil. Se las llevaron a México en el yate Vita, junto con otras muchas alhajas procedentes de las cajas particulares de los bancos.
En cierta ocasión le regalaron un bolso de piel de cocodrilo repleto de libras esterlinas. Pero ella creyó, al principio, que eran chocolatinas. De modo que las repartió alegremente entre las chicas de la compañía, hasta que fue una y le dijo que aquellas monedas estaban demasiado duras; tanto, que aseguró que eran de oro. Y no se equivocó. Pero Celia, que era muy generosa, no consintió que se las devolvieran.
Entre tanto, la reina Victoria Eugenia era ajena a la nueva aventura de su marido con Celia Gámez, hasta el extremo de que visitó a la "supervedette" acompañada de sus dos hijos mayores, el príncipe de Asturias y don Jaime, el infante sordomudo. El encuentro fue muy cordial y comentado en todo Madrid. Celia fue, hasta su muerte, muy monárquica. En la revista Meridiano, de julio de 1965, la propia Celia Gámez escribió un extenso artículo titulado 40 años de vida española, donde, entre otras cosas, afirmaba sobre su probado monarquismo: "Mi madre, siendo yo muy niña, me había hablado mucho de los reyes… Hoy puedo decir que la Monarquía, los reyes, son como me los imaginé de pequeña, como luego los encontré en palcos y salones y del mismo modo a como Madrid les juzgaba y consideraba: seres para querer con desinterés y sin celos, así como parientes lejanos, pero que no dejan de ser parientes, amigos de toda la vida a los que se ve con frecuencia y cuya relación se hace un día imprescindible. Yo soy monárquica, y lo he dicho siempre sin ningún recato. Pienso que en España hay dos maneras de ser: o "porque sí" o "porque se sienta". Yo soy de las que sienten".
Emocionó a Don Juan de Borbón
Celia Gámez, monárquica hasta la sepultura. En los años ochenta, a punto de despedirse de los escenarios, hizo saltar las lágrimas a Don Juan de Borbón cantando el pasodoble "El perdón de las flores" que ella misma y el maestro Moraleda habían dedicado a la memoria de su padre Alfonso XIII. Aquella noche, en el palco del teatro La Latina, el conde de Barcelona y su esposa doña María de las Mercedes agradecieron personalmente a Celia su cálido homenaje.
Los condes de Barcelona, que no pudieron asistir al entierro de la artista celebrado en Buenos Aires a finales de 1992, sintieron su muerte en lo más hondo del alma. Celia llevaba ya casi un mes ingresada en el hospital geriátrico de San Jorge, a causa de una neumonía. Decidió pasar los últimos años de vida en su ciudad natal, junto a su familia. Pero sufrió una tremenda depresión a raíz de su afición al juego en los casinos de Estoril y de Biarritz. Igualita que la Bella Otero, que llegó a perder incluso lo que no tenía en la maldita "ruleta del infortunio". Su muerte heló la sangre a quienes más la querían. Un puñado de españoles fueron a despedirla en el cementerio de La Chacarita, donde también reposan los restos mortales del inefable Carlos Gardel.
Celia Gámez, monárquica hasta la sepultura...