Francisco Javier Herrero: «Pasé de creerme el rey del mundo a ser ignorado»

Francisco Javier Herrero. El rubio de Los Pecos

Para empezar, este señor de pelo ya más blanco que rubio, que en su tiempo fue el delirio de las nenas, el capricho en forma de canción de las quinceañeras, está vivo de milagro: nació con poco peso y una hernia, y, al operarla, todo se complicó con una bronquitis. El médico le dijo a su madre: «De cien niños, se salva uno, y en esta ocasión es el suyo. Enhorabuena». Su madre cosía para fuera, como se decía entonces, y su padre trabajaba en la construcción. Así que bien podemos afirmar que, milagros al margen, Francisco Javier Herrero nació en un hogar humilde.

–Digamos también que era un mal estudiante...

–Muy malo, no daba ni golpe con los libros. Le dije a mi madre que no quería estudiar, que prefería trabajar. Así que un primo mío me llevó a trabajar con él de barnizador. Hacía falta dinero en casa.

–Y Los Pecos nacen en el 77 orientados al mercado adolescente.

–Porque adolescentes éramos nosotros: cantábamos nuestros propios problemas y sentimientos, y eso caló.

–Tenía 17 años. Muy pocos para afrontar un éxito como el que tuvieron...

–Sí, éramos demasiado jóvenes para asimilar un gran éxito. Pasé de barnizar puertas a no poder andar por la calle, a la gran fama. Sufrí una paranoia: imaginaba que todo el mundo me perseguía.

Y la verdad es que le perseguían muchas. Las fans, ya saben. En el libro que acaba de publicar («El rubio de Los Pecos», Cúpula) cuenta cómo en la primera comida con su casa de discos él, Javi, se comió las gambas con cáscara; las encontró un poco duras, claro. Al percibir su error, lo único que se le ocurrió para paliar su vergüenza fue decir que lo que más le gustaba de aquellos bichos era la cáscara. Después de una década de grandes éxitos, de convertirse en un fenómeno social, en el 86 Los Pecos se separaron. Tuvieron que hacer el servicio militar, cambiaron al jefe de su casa de discos y éste se deshizo de mucha gente: no sólo de ellos, también de Miguel Bosé, Víctor Manuel y Ana Belén...

–Así que Pedro y yo nos fuimos cada uno por su lado a ver qué pasaba. No nos peleamos –cuenta Javier–, no nos llevábamos mal, aunque siempre había cosas. ¿En qué dúo, trío o familia no las hay?

–Sintió el vacío, entró en crisis, ya no se sentía artista...

–Sí, llegué a estar cansado de todo lo que rodeaba a la música, de las mentiras y farsas. Te adulan y te vuelves tonto. Te das cuenta de la realidad cuando llamas a los que te adulaban y siempre están reunidos, no se ponen. Las crisis sirven para despojarse de la tontería que hay en el mundo del espectáculo.

El teléfono no sonaba, no salía en la tele ni en las revistas. Javi vendió seguros y le nombraron agente del año. «Aprendí que hay vida fuera de la música, pero lo mío era el escenario; es donde me encuentro protegido, feliz», dice. Los Pecos volvieron en el 92, pero el nuevo disco no se vendió bien. «Los 40 Principales no nos programó porque decían que éramos mayores para estar ahí; creían que nuestro tiempo había pasado». Luego Javi apareció en «Tu cara me suena». Una leve resurrección.

–Ha escrito la historia de sus primeros 53 años de vida. ¿Quién es el malo de la película?

–A lo mejor soy yo mismo, aunque estoy contento de haberme conocido. Casi todo lo que nos pasa es siempre por culpa de uno.

No pasó agobios económicos. Del pasado le gustaría borrar aquella etapa mala «en la que pasé de creerme el rey del mundo a ser ignorado». Ahora ya conoce la verdad más cierta: «Tanto vendes, tanto vales».

–¿Y qué me dice del presente?

–Es cojonudo. Preparo mi próximo disco, «Capricho». Me voy a dar el gustazo de interpretar canciones mías y otras que siempre quise cantar. Cantar los boleros que más me gustan. «Te extraño», de Manzanero, es mi favorito.

–Dígame algo del futuro, de su futuro...

–Estoy aprendiendo a vivir el presente, el ahora. Dejamos los conciertos el pasado año. Paramos otra vez. Creo que volveremos a reunirnos... si sabemos evolucionar. Lo estamos intentando. Creo que Los Pecos volverán.

Crecieron y vieron el artificio, la tramoya, todos los trampantojos del invento. Javi cree que envejece muy bien: «Físicamente cada día me gusto más. Estoy sano, sólo tengo un poco alto el colesterol». Concluye su libro con una frase que no es suya, la ha elegido porque le parece que resume el espíritu de casi todo lo que ha escrito antes: «Quien sólo busca el aplauso de los demás pone su felicidad en manos ajenas». Confiesa que en algún momento de su vida cometió ese error. Ahora le importan más otras cosas, confiesa, aunque quizá aún no haya aprendido a vivir fuera del escenario.