Los hijos de Medina Sidonia rechazan la prueba de ADN solicitada por su presunta hermana

La duquesa de Medina Sidonia, Luisa Isabel Álvarez de Toledo, y su primer marido,  Leoncio González de Gregorio y Martí
La duquesa de Medina Sidonia, Luisa Isabel Álvarez de Toledo, y su primer marido, Leoncio González de Gregorio y Martí

La memoria de Leoncio González de Gregorio y Martí, el que fuera marido de la duquesa de Medina Sidonia, vuelve a desenterrarse y, con ella, la polémica. Un nuevo frente judicial se abre para sus descendientes y esta vez amenaza con exhumarse algo más que el recuerdo. Después de que Rosario Bermudo presentase el pasado enero en el Juzgado de Primera Instancia de Madrid una demanda de filiación contra sus supuestos hermanos Leoncio, Pilar y Gabriel González de Gregorio y Álvarez de Toledo –con la que pretende demostrar que es también hija del hidalgo (vinculado al condado de la Puebla de Valverde) fallecido en 2008–, la negativa de éstos a realizar la prueba de ADN plantea un nuevo horizonte en el desarrollo del caso. Según el abogado de la demandante, Fernando Osuna, «cada uno de los hermanos ha contestado con distintos letrados pero todos se han opuesto a someterse a estos análisis. Si persisten en esta actitud se puede aplicar una presunción, al entender que están obstruyendo el proceso y que, por tanto, nosotros tenemos la razón y existe el parentesco que reclamamos, o bien puede proceder a la exhumación del cadáver de Leoncio González de Gregorio y Martí. Todo depende del criterio del juez», asegura. Un planteamiento que no parece amedrentar, al menos, a Gabriel, el menor de los hijos del aristocrático matrimonio: «Que desentierren a mi padre. Lo que está pasando lo ha buscado Rosario Bermudo al poner una demanda cuando él ya estaba muerto», explica a LA RAZÓN. Según el hijo de la apodada «duquesa roja» por su oposición al Franquismo: «Yo no soy el progenitor de esta señora y no hay nadie que pueda obligarme a pasar por esto. En todo caso, el problema es entre ella y su supuesto padre. No voy a ser cómplice de un abuso. No es que me haya negado a nada, me quieren hacer cumplir con algo que excede mi responsabilidad», afirma. Un argumento que la acusación juzga «endeble e inconsistente» ya que «la propia Ley de enjuiciamiento civil establece que para probar la filiación se tiene que demandar a los familiares vivos más próximos al fallecido», comenta Osuna. Asimismo, el abogado se ha mostrado convencido de que se puede aplicar la presunción si persiste la negativa de los descendientes ya que «se tiende a evitar situaciones extremas y la exhumación es muy dramática».

A pesar de todo, Gabriel denuncia que la notificación para personarse en la prueba genética de filiación le llegó «con un día de retraso» y que la «dureza y severidad» del escrito «es propia de un régimen dictatorial». «Por Rosario Bermudo están dispuestos a llevarnos a la cámara de gas para sacarnos el ADN», añade, molesto con el tratamiento que la Justicia ha tenido con los descendientes de la duquesa de Medina Sidonia. Sus otros hermanos, a través de sus representantes legales, han argumentado que someterse a la prueba iría contra su «integridad física» e, incluso, han llegado a afirmar que es una «temeridad» y una «osadía» haber aceptado a trámite esta demanda, según desvela el abogado Fernando Osuna. Para este último, el conjunto de pruebas presentados es «clave», ya que han aportado documentos gráficos, escritos y presunciones –consecuencias lógicas que se extraen de hechos acreditados, como podrían ser el parecido físico o los rasgos genéticos–, además de testigos indirectos –la mayoría de los que conocieron la relación en primera persona ya han fallecido o no se encuentran en plenas capacidades mentales– que podrían atestiguar la relación íntima que se produjo entre Leoncio González de Gregorio y Rosario Muñoz, cuando ésta formaba parte del personal de servicio de la finca que la familia del hidalgo poseía en Valencia de las Torres (Badajoz).

La demandante, nacida en febrero de 1951, que sería fruto de este «affaire», asegura que «desde que nací supe quién era mi padre. Él se casó cuando yo tenía 4 años y mi madre siempre me decía: ''No te preocupes hija, verás cómo algún día vuelve y nos ayuda para meterte en un buen colegio''. Pero nunca vino», lamenta Bermudo en declaraciones a este periódico. Si consigue demostrar que el que fuera marido de la «duquesa roja» es su padre biológico, se convertiría en la primogénita –ya que nació antes de que el noble contrajese matrimonio con Luisa Isabel Álvarez de Toledo– de los cinco hijos del finado, al que ya reconocieron otro vástago, Javier, fruto de una relación con otra mujer. El orden de nacimiento, en este caso, tampoco parece trascendente puesto que no hay ningún título nobiliario en juego –estas distinciones vienen por la rama de la duquesa de Medina Sidonia–, aunque sí la quinta parte que le corresponda de la herencia del hidalgo que, según el abogado Fernando Osuna, «no se podría estimar porque no sabemos en qué términos se produjo el matrimonio (si establecieron separación de bienes o estaban en régimen de gananciales) y si a mi representada le correspondería una parte de este legado», explica. Quizá, también, en un aspecto más sentimental pero no menos importante, se podría producir el reconocimiento que Bermudo lleva esperando décadas. «Me dolió mucho saber que todos se habían negado a hacerse las pruebas de ADN, yo los considero mis hermanos. Sé que mi padre es el que tendría que haberse hecho cargo de mí, pero él no quiso y me hubiese gustado que esto lo hubiésemos solucionado entre todos», comenta. Una afirmación que, desde la perspectiva de Gabriel González de Gregorio, acaba convirtiéndose en su argumento de defensa: «No somos responsables de que Rosario haya nacido. La Justicia nos ha ofendido. Se nos niega la legítima de nuestra madre y nos obligan a reconocer la de esta señora», explica el benjamín de la «duquesa roja».

A pesar de sus duras palabras, Gabriel fue el único de los hermanos que propició un acercamiento con ella. «Ni yo ni mis hermanos mantenemos ningún frente común. Tengo buena relación con Rosario, pero esto ha dejado de ser un problema mío cuando se rompió la negociación», explica, aunque es algo que Bermudo niega: «Hemos estado reunidos en un hotel de Madrid y en su casa y nos ha tratado muy bien. Supongo que luego habrá tenido problemas con los demás y comprendo que al final se haya puesto de su lado». El modo de proceder de la demandante es, precisamente, uno de los aspectos que más habría ofendido a sus supuestos hermanos, a quienes les hubiese gustado llegar a un acuerdo sin necesidad de pasar por los tribunales. «No quiero decir nada al respecto. A mi padre no le hubiese gustado hablar de estas cosas y eso es algo que hay que respetar», declara a este periódico Pilar González de Gregorio, segunda hija de Leoncio y la duquesa de Medina Sidonia, quien ostentó –hasta que fue revocado– el ducado de Fernandina. «Nosotros estamos desgraciadamente en el lado débil y en absoluto nos echamos atrás en ninguna negociación. Ellos son los que tienen el patrimonio y los que deben entregarle a Rosario los bienes que le correspondan. Nos hubiese gustado llegar a un acuerdo y evitar a toda costa años de litigio. Sin embargo, después de alguna reunión, nadie nos volvió a llamar y, viendo que no teníamos ya interlocutor por parte de la familia, decidimos demandar», explica Fernando Osuna.

Demora sospechosa

Otro de los argumentos que los hijos de la duquesa de Medina Sidonia esgrimen para cuestionar que su progenitor sea también el padre biológico de Rosario Bermudo es la demora que la denunciante ha mostrado para presentar la demanda de filiación. Pero el letrado de la demandante, experto en este tipo de juicios, asegura que «normalmente lo que hacen los hijos es esperar a que sus madres fallezcan para evitar hacerles revivir episodios desagradables, que han sido muy traumáticos en sus vidas», comenta. En este caso, la madre de la demandante sigue con vida, aunque padece alzheimer. «Cuando han tenido este tipo de relaciones se avergüenzan y tienen muchos prejuicios para denunciar y sentarse ante un tribunal», añade. «Lo hubiese hecho antes, pero yo entonces no tenía medios, aquella época no era como ésta. Ahora tengo la ayuda del abogado. Lo he hecho cuando he podido», se defiende Bermudo, quien confiesa tener cierto complejo hacia quienes reivindica como hermanos por la diferencia social y cultural que los separa. ¿Le gustaría ejercer algún día como la mayor del clan, que recurriesen a ella para pedirle consejo? «Me encantaría, pero no me siento capaz. No poseo la educación que ellos tienen y no me puedo poner en su lugar. Soy ama de casa y mis estudios son básicos. Fue mi padrastro el que me enseñó a leer, escribir, sumar y multiplicar...». Ahora, todas las esperanzas de Bermudo de resarcir su pasado pasan por lo que se dirima en los tribunales. «Espero que todo salga bien, porque voy con la verdad por delante», aclara. A la espera de que el juicio siga su desarrollo –podría celebrarse entre finales de este año y principios de 2015–, Gabriel González de Gregorio, proclive a los titulares, se aventura a decir incluso que «estoy pensando hasta en irme de España como hizo mi madre». Entonces ella decidió exiliarse por oposición a la dictadura. Ahora, él, por lo que considera un tratamiento desigual por parte de la justicia.