Estreno

El Cyrano que fui por Manuel Galiana

La Razón
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Trabajar con él se resumía en un adjetivo: estupendo. La historia de la televisión le debe bastante. Ahí quedan montajes inolvidables como «Nuestra ciudad» y «Los amantes de Teruel», y eso sin contar su producción para el teatro. Dos de mis grandes éxitos se los debo a Gustavo: «El caballero de las espuelas de oro», de Casona, y un memorable «Cyrano de Bergerac», junto con «Tres sombreros de copa», de Mihura, y «Misión al pueblo desierto», de Buero Vallejo. Ha sido y es un amigo que ha hecho mucho por mí. Como director era bárbaro, siempre sabía lo que quería y, lo mejor de todo, es que tenía el don de hacer que disfrutaras con tu trabajo. Era un maestro a lo hora de crear repartos. Ahí queda el histórico que formó para «Doce hombres sin piedad», con un grupo compacto, fuerte, homogéneo y sin fisuras. Soberbio, en definitiva. Lo triste es que cuando echamos la vista atrás son ya muchos los que se nos han ido y pocos los que que damos.Vamos perdiendo amigos y eso nos deja un tanto tristes.

Gustavo era también el teatro del humor, un género que hacía de maravilla. Y fue, no lo olvidemos, el rescatador de tantos autores que estaban olvidados, que dormían un sueño profundo e injusto guardados en un cajón. Con él se nos va una estrella del escenario y una manera única de hacer teatro porque él era una pieza única, como son los grandes artistas, irreemplazable. Y profundamente generoso.