Viena

España llega a las puertas del cielo

El "Puyolazo", un espléndido gol de cabeza, abre el camino de nuestra selección, que el domingo jugará contra Holanda su primera final de un Mundial. Alemania cayó como en la Eurocopa

La Razón
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En San Fermín, a los alemanes les cogió el toro. Recibieron una cornada con una sola trayectoria, pero mortal. Un "Puyolazo"-remate de cabeza, por encima de la muralla, que se propina con el alma de un paìs entero- la dejó para el tercer o cuarto puesto. España volvió a ser mejor, en Durban como en Viena, hace dos años. No especuló, fue a por el partido y lo ganó. Pero no es sólo la victoria en un encuentro, es el triunfo de la calidad, de un estilo, de una generación dorada con mucho recorrido que el domingo va a disputar la final del Mundial, el olimpo donde nunca entró España. Ha llamado a la puerta y está abierta; sólo tiene que entrar, si Holanda se lo permite. Antes del comienzo, un ruego, que Viktor Kassai, el árbitro húngaro, no sea indigno sucesor de su compatriota Sandor Puhl, aquél que en 1994 pensó que Luis Enrique, dentro del área italiana, atacó con la nariz el codo de Tassotti. No inclinó la balanza, gracias. Y antes del pitido inicial, una reflexión: Pedro por Torres, el cambio. Ni Cesc ni Silva ni Llorente, los previsibles. La entrada del mediapunta canario por el delantero centro no implica renuncia ni jugar en función del rival, sino tapar una de las autopistas de entrada de Alemania, donde Boateng y, sobre todo, Podolski han causado sensación y pavor en el torneo. Y el partido era el umbral del cielo, la semifinal. Vicente del Bosque jugó esa baza y sorprendió, sin perder el estilo, el primer toque, e intacto el núcleo creativo de la selección. Con la inclusión del talismán del Barcelona conseguía, además de cegar la banda más incisiva de Joachim Löw, o la de Lahm y Ozil, porque Iniesta intercambiaba la posición, aumentar el número de efectivos en el centro del campo. Se notó en los primeros compases, cuando España se apoderó del balón y Alemania observaba desde la "cueva", agazapada, cómo lo hacía. En este encuentro era importante marcar el primer gol; cualquiera de los dos equipos se desenvuelve mejor con el simultáneo favorable. España quiso hacerlo al principio, cuando se vio que todos sus jugadores, excepto Casillas, invadían el medio campo rival. A los 7 minutos Villa dispuso de la primera oportunidad; despejó Neuer a sus pies; en esos instantes a la selección teutona le costaba sacar el balón de su defensa porque los españoles presionaban su salida y mordían. Pedro, la sorpresa de Del Bosque, era el jugador hiperactivo con el que los cuadriculados rivales no contaban. Su efecto duró lo que tardaron los otros en adelantar líneas. El primer saque de esquina lo lanzó España, en corto, raso, buscando sorprender desde fuera del área porque con Friedrich y Mertesacker buscar el remate por alto es como intentar romper un muro de hormigón con un martillo. Y éstos, más Boateng y Lahm, por arriba son inaccesibles. Había que combinar, apropiarse del balón, jugarlo rápido y multiplicar los desmarques. Cuando eso ocurría fallaba lo principal, el último pase. La zaga alemana no daba opciones y las constantes subidas de Sergio Ramos por la derecha desembocaban indefectiblemente en el toque atrás. Alemania se desperezó porque España, dominadora sin la precisión ni la verticalidad necesarias, deceleró. Al bajar la intensidad del juego empezaron a aparecer Özil y Schwesteiger, y se atrevió a subir Lahm por vez primera al filo de la media hora. Casillas pasó el control de calidad al imponer sus puños en los saques de esquina y al despejar pegado al palo el tiro envenenado de Tronchowski, que no es Müller. El partido se había equilibrado y la mayor posesión de la selección resultaba estéril. Iniesta y Xavi hicieron una jugada lustrosa en todo el primer tiempo; si ellos no filtran, si no descubren el juego vertical, España se duerme y ni las arrancadas espléndidas de Piqué son capaces de espabilarla. Para ganar a los alemanes, cohibidos a veces, perplejos otras por la rapidez de algunas combinaciones, había que estar más más listos. Y tan solidarios como Busquets, el remedio para todos los huecos. En el segundo tiempo entró Pedro a reventarse, como si supiera que tenía minuto de caducidad. Corrió a por todos los balones, buscó a Xavi e Iniesta, a Villa, a Xabi Alonso, disparos lejanos, chutó, se los puso de corbata a Neuer y en un minuto, el 58, cuando Casillas batió el récord de imbatibilidad de Ramallets y de Eizaguirre, él, dos veces, y Villa acariciaron el gol. Proponía más fútbol Del Bosque y Löw introducía dos cambios que no alteraban el estado del encuentro, de neto color español. Pero el alemán es un pueblo laborioso, capaz de levantarse de cualquier caída, por dramática y sangrienta que sea, y con esa fe trabaja. Kroos, escudado en la moral inquebrantable, intentó sorprender a Casillas, fue inútil, y sintió que el mundo se hundía bajo sus pies cuando sucedió el "Puyolazo". Sacó Xavi de esquina, esta vez alto, hacia el punto de penalti, donde apareció el central español, raza, furia, un pare de pelotas, se elevó y conectó un cabezazo soberbio que Neuer, doblado, apenas vio. El golazo de Puyol despertó a la fiera, ahora volcada al ataque, sin remilgos. Löw hizo el tercer cambio, Gómez por Khedira, un delantero por un centrocampista, y Torres suplió a Villa. Quedaban 9 minutos, que no hubieran sido eternos si Pedro, en lugar de regatearse a sí mismo, hubiese centrado al "Niño", solo, la bastaba empujarla. Tocaba sufrir y Silva entró por su paisano canario para refrescar el equipo y mantener la pelota.

Los corazones, al borde del infarto y Torres, ronda que te ronda la portería contraria. Qué minutos más largos, qué desesperación cuando Friederich se anticipó a Silva, era el segundo, ¡mecagüen! y fue córner... Y se acabó. Entonces, el alborozo, la alegría indescriptible, porque yo estaba allí y usted, ahí, en la semifinal de Durban; y todos estaremos el domingo en Johannesburgo, en la final donde ningún español estuvo antes, la de la Copa del Mundo.