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Lady Gaga reina del pop o diva circunstancial por Jesús Mariñas

  • Lady Gaga asistió a una clase de yoga antes de actuar
    Lady Gaga asistió a una clase de yoga antes de actuar

Tiempo de lectura 2 min.

13 de diciembre de 2010. 21:48h

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14/12/2010

Lo han definido como «el mejor show en vivo que se verá este año», aunque va arrastrándolo desde 2009. Lady Gaga habla más que canta, tiene que llenar la  hora y media de espectáculo que no podría definirse como concierto ni recital, aunque hace malabarismos al sentarse ante un piano y llegar a tocar con la aguja de su inverosímil «stiletto». La verdad es que su único álbum, «The fame», no da para mucho, aunque es artista de recursos que volcó y explotó en el Palacio de Deportes.

Se formaron colas desde las cuatro de la tarde y hasta algunos plantaron tiendas de campaña. Consiguió entusiasmar en esta presentación madrileña para la que necesitó 28 camiones y una clase de bikram yoga, a la manera de Elena Salgado, en el famoso centro de las Salesas donde Keila, la profesora de cabecera, la preparó física y mentalmente. Estuvo alojada en el hotel Villa Magna, ya imprescindible para el famoseo que cae por Madrid como en Barcelona lo son el Hotel Mandarín o el Arts, a pie de la Barceloneta. Son superlujos de última que no han llegado a un Madrid anclado en el Ritz o el Palace, faltan promotores con agallas o arquitectos cual Bofill.

Lo que está claro es que Lady Gaga no es Madonna. Le falta un repertorio amplio. Aun así, el que tiene le permite hasta quince cambios de traje que encandilaron a entusiastas como Tamara Falcó, la eternamente rockera Arancha de Benito y Fonsi Nieto. Cabría preguntarse cuándo compite, siempre enredado en canchondeos. A este grupo se les conoce como «los imprescindibles» en un Madrid que llama las «¡Qué pereza!» a Paloma Cuevas, Carolina Adriana y Lidia Bosch mientras algunas más sofisticadas reciben lo del «Club Los Pamelones».

Más que reina del pop, dejémoslo en princesa.  Todo llegará. Baila con una agilidad increíble doblándose como una contorsionista  y desplegó un enorme biombo redondo que baja del techo, un recurso archisabido. Más huella dejó su tanda de  espirituales con auténtica profundidad más allá de la pirueta visual. Muchos párrafos rellenadores, mucho «¡Madrid te quiero!» congraciador, un maravilloso grupo de nueve bailarines y 5.000 fans defraudados porque compraron a cien euros entradas falsificadas. En el fraude hay implicadas grandes firmas que pudieron facilitar el trapicheo. Los afectados lloraban en la puerta. Y nadie dejaba de preguntarse: ¿es un invento, una diva circunstancial o nueva reina del pop? Tardaremos en saberlo. Aunque a provocadora no la gana nadie.
 

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