Cargando...

Escritores

Típica cena navideña

La Razón La Razón

La cena arranca bien. Pero es que esta Navidad también se ha unido la familia política. (La propia acepción «familia política» ya mosquea bastante). Entre todos hemos logrado los suficientes cupones de descuento para que la mesa esté rebosante de hidratos de carbono y conservantes E227, E270 y E282. Al principio, los villancicos, las zambombas, los polvorones y la sidra logran cierto ambientillo fraternal y hogareño. Pero enseguida irrumpe en las amables conversaciones esa palabra insolentemente capitalista: «dinero». En «estepaís» la gente no suele hablar de dinero de la misma manera, y por los mismos motivos, que no se hablaba de dinero en la Unión Soviética, porque el dinero marca diferencias y eso no gusta en una sociedad que se pretende igualitaria pero que nunca lo ha sido ni lo será. De modo que el que tiene dinero lo esconde, miente y se queja de que le falta para que no lo odien por tenerlo; y el que carece de él culpa a los demás de sus estrecheces. «Mardito parné». Como empiezo a olerme la tostada, decido seguir la recomendación del antiguo burócrata soviético: «Es más seguro prohibir que autorizar», así que, cuando el cuñado de no sé quién acusa al marido de no sé cuál de ser un fanfarrón que se ha comprado un coche «propio de un ministro de la gobernación» me levanto y ordeno: «No hablemos de dinero, que menudo año llevamos…». Demasiado tarde. El otro le replica al primero: «¡Anda ya, gasterópodo!».

Mi prima Estela, que es un caso evidente de desarrollo interrumpido y que tuvo una «joint venture» con el del cochazo antes de que éste se casara con su hermana, empieza a chillar que somos todos unos fascistas y se atraganta con un mantecado. «¿Pero quién se ha creído éste que es…?», grita el de antes remangándose y atizándole al del cochazo. «¿Qué hago?», le pregunto al venerable padre del agresor, pero este señor pertenece a esa parte de la población que no vota ni responde a las encuestas, ¡me va a contestar a mí…! Comienzan a volar mamporros y dientes por todos lados. Las madres de ambos contrincantes tienen los ojos craquelados por el cava, como los dibujos animados, y discuten entre ellas. Hay un chico que no sé quién es pero que parece de la familia, tiene el cutis como de gotelé y mastica tranquilo mientras la pelea empieza a extenderse entre los reunidos hasta alcanzar categoría de algarada. Mi hermana dice que prefiere dejar a sus hijos en la Protectora de Animales antes que volver a pasar otra Navidad con nosotros y se larga con las criaturas, que aúllan de entusiasmo y no quieren irse. «Hija, menos mal que hemos bajado al bar a celebrar la Navidad», suspira mi progenitora esquivando una botella que planea peligrosamente hacia su cabeza, «imagínate cómo nos habrían dejado la casa». O sea, la típica cena familiar. O sea, que eso de «Noche de Paz» vamos a dejarlo. Y no lo digo yo, lo dicen nueve de cada diez dentistas consultados.