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Cuba más de lo mismo

Tiempo de lectura 4 min.

03 de agosto de 2010. 00:22h

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3/8/2010

La sorpresa es que no hubo ninguna sorpresa. Sólo se puede calificar así el discurso de Raúl Castro en la clausura del Pleno de la Asamblea Nacional de Cuba, en el que no lanzó ningún mensaje que invite a pensar que se está poniendo en marcha cualquier tipo de reforma por tímida que ésta sea. Más bien sucedió todo lo contrario: la dictadura, fiel a su naturaleza, sigue instalada en el inmovilismo con un discurso añejo y desgraciadamente demasiado conocido, por cuanto le sirve de coartada para cercenar las libertades de los cubanos. «No habrá impunidad para los enemigos de la Patria», afirmó Castro como consigna que, lejos de ser del pasado, se proyecta peligrosamente al futuro. Pero hubo más mensajes para el desánimo. El dictador se refirió a los presos políticos excarcelados como «reclusos contrarrevolucionarios» y subrayó, en un alarde de hipocresía, que ninguno de ellos fue condenado por sus ideas, culpando de esa afirmación a  los que emprenden «brutales campañas de descrédito contra Cuba». No contento con eso, para demostrar una posición de fuerza que no es tal, en ningún momento mencionó a la Iglesia católica ni a España como mediadores en estas excarcelaciones, ya que las atribuyó a una «decisión soberana» de acuerdo con las leyes cubanas.

Éste es el contexto político en el que se encuentra el régimen cubano: el mismo que hace diez o veinte años. Basta con subrayar que persiste en utilizar el lenguaje propagandístico propio de las dictaduras de izquierdas. Por si no fuesen pocos estos argumentos, uno de los más contundentes lo expresó el domingo el ministro de Economía y Planificación, Marino Murillo, cuando afirmó que Cuba se propone actualizar el modelo socialista, pero en ningún caso reformarlo.

Ante este panorama desalentador, sólo cabe decir que el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, pecó de ingenuo, o quizá fue demasiado conciliador, cuando, tras la excarcelación de los presos, pronosticó que era un gesto en la buena dirección –que no es otra que el respeto de los derechos humanos en la isla– y que, por lo tanto, era el momento de que la UE abandonase la «Posición Común» con respecto a Cuba. Moratinos confundió los deseos con la realidad, porque una vez más la dictadura castrista ha dinamitado cualquier posibilidad de normalizar sus relaciones con el bloque europeo.

Según pudo saber ayer LA RAZÓN, aunque la Unión Europea observa con lupa la evolución de los acontecimientos en la isla, no quiere pronunciarse por el momento sobre el discurso de Castro, ya que prefiere esperar hasta septiembre para tomar una decisión sobre la isla consensuada entre los 27. El diálogo con Cuba que con tanto afán defiende Moratinos se revela como un monólogo de la dictadura, que se mantiene inamovible en sus posiciones. La UE cometería un grave error si abandonase la «Posición Común» porque lo cierto es que la dictadura cubana ha utilizado la excarcelación de los presos políticos para maquillar una realidad que sigue marcada por la represión a los disidentes y que, desde luego, no contempla una transición democrática, como sería deseable.

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