Literatura

Un cómico de raza

Quien más, quien menos (los íntimos, sobre todo) llamaba a don Manuel Alexandre Manolito, un diminutivo cariñoso que no hacía sino engrandecer a uno de los cómicos más enormes que ha dado la pantalla. Su voz a medio gas, tan cascada, peculiarísima se apagó ayer a los 92 años (le faltaba nada para los 93), después de una peripecia vital plena, no nos equivocamos, don Manuel, que vivió hasta una guerra civil de por medio, y de una carrera salpicada por 312 títulos, que se dice pronto

Manuel Alexandre
Manuel Alexandre

La profesión, que ha cerrado filas alrededor de su figura menuda y le llora parapetada tras unas gafas hoy más negras, le rendirá homenaje hoy en el Teatro Español. Allí, cerca de esa casa teatral en la que siempre se sintió actor, porque a él lo que le gustaba de verdad era pisar las tablas, y el cine, aunque le haya dado tantas satisfacciones (entre otras, un Goya de Honor en 2003 y un buen puñado de premios más), no acababa de hacerle tilín. La capilla ardiente quedará instalada desde las 10:00 a las 17:00 horas para trasladar después el féretro al cementerio de La Almudena, donde será incinerado

Le gustaban en cambio, y mucho, las mujeres y los percebes y no le hacía ascos a una coca-cola fresquita, aunque eso de subir a un avión lo dejaba para los de otra generación. Nacido en Madrid el 11 de noviembre de 1917, la abogacía perdió quién sabe si un buen letrado (también dejó colgados los estudios de aparejador y de periodismo, al comenzar la contienda), pero el mundo de la interpretación ganó afortunadamente a uno de sus cómicos gigantes.

En la universidad compaginó su asistencia a las aulas con sus clases de declamación en el Real Conservatorio de Madrid, donde conoció a su hermano del alma, aunque no de sangre, Fernando Fernán-Gómez: «Soy actor por él. Lo decidí cuando vi a mi amigo recitar unos versos en la escuela de Carmen Seco. No había visto nunca a nadie antes leer así poesía. Desde entonces yo ya no recito», confesaba tiempo atrás lleno de orgullo. Con él compartió mañanas, tardes y noches llenas de vida, en la calle, en su casa, con Emma Cohen como testigo de esa fraternidad más allá de la muerte.

La cara de la comedia

Y Fernán-Gómez contó con él para títulos como «Pesadilla para un rico» o «Fuera de juego», y compartieron el éxito de la televisiva «Los ladrones van a la oficina». Su primer trabajo en la pantalla fue un papelito sin más en una cinta de Luis Lucia, «Dos cuentos para dos» (1947), aunque su graduación le llegó de la mano maestra de Luis García Berlanga en «Bienvenido Mister Marshal» (1950), a la que seguirían «Calabuch» (1956) y «Plácido» (1950). Otro grande, Juan Antonio Bardem, le dirigió en «Calle Mayor» (1956) y «Cómicos» (1954), aunque uno de los más recordados lo rodó a las órdenes de José María Forqué, «Atraco a las tres» (1962), con un plantel de actores que ya son leyenda del mejor cine español. Ese lleno de cómicos de una pieza, con una solidez que hoy más que nunca (hoy y siempre, me temo) nos deja con la respiración contenida y los ojos humedecidos, acuosos, como esa mirada pegada a su apellido (del que suavizó la «j» de Alejandre por una «x» con sonido más afrancesado), limpia.

Dicen que cuando echaba la vista atrás y recordaba los años adolescentes y sus visitas al cine Encomienda (donde leía los letreros del cine mudo a una viejecita) le brillaban los ojos más que nunca. «En España no se puede elegir papeles porque si no se pasaría mucha hambre», solía decir cuando se le preguntaba por la terquedad de los directores de convertirle en un secundario de excepción siempre. Cuando estudiaba, su profesora Carmen Seco ya le vaticinó que su aspecto le marcaría el camino hacia la comedia y le alejaría del drama. Y no se equivocó.

Deja Alexandre (cuántas veces le habremos colocado una «i» ocupa previa a la x como queriéndolo inconscientemente emparentar con el poeta grande de «Espadas como labios», Vicente Aleixandre) un vacío mayúsculo en el Café Gijón, a cuyas tertulias asistía cuando caía el sol desde tiempo inmemorial (desde principios de los años cuarenta del siglo pasado; allí atendían sus recados al teléfono, le tomaban nota de quién le llamaba): «Manuel Alexandre, razón aquí», podrían haber colgado en un cartel). Sus compañeros de mesa –actores, directores, escritores de verbo ágil–, los camareros, los clientes, todos y cada uno de los gijoneses sabrán disculpar su ausencia, puesto que hace tiempo que no los frecuentaba, alejado del bullicio por una enfermedad que le ha llevado a la tumba. Ayer, su mesa estaba libre a modo de homenaje silencioso a un actor a quien socialistas y populares ayer recordaron como un maestro de la escena de talento indiscutible.

Una lástima, don Manuel, que no haya podido cumplir su deseo de vivir hasta los 101 años, como su padre. Otra vez será.