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Por primera vez en 170 años la Filarmónica de Nueva York interrumpe una representación. No fue un ataque de tos, una carraspera o el papelito de un caramelo. Fue el tono de un móvil.

La maldición de la «Marimba»

No nació para ser escuchada, sino para interrumpir. «Marimba» es una de esas melodías configurados por defecto en los teléfonos iPhone de Apple, el primero de una lista de sonidos que se pueden asociar a llamadas entrantes o alarma despertador, todos de dudoso gusto, y cuya desvergüenza se manifiesta en todo su esplendor cuando suena a la vez que la «Novena Sinfonía» de Mahler.

  • La maldición de la «Marimba»

Tiempo de lectura 8 min.

14 de enero de 2012. 21:49h

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15/1/2012

«Marimba», que es también un instrumento parecido al xilófono, no tiene la culpa de nada porque fue creada para desbaratar sueños, cortar conversaciones y suspender nuestros pensamientos cuando caminamos por la calle, pero este fin de semana ha cometido un sacrilegio único en 170 años de historia: su insistente sonido hizo parar la interpretación de la Filarmónica de Nueva York, entregada al último movimiento de la sinfonía del compositor alemán. Por favor, no odien a la «Marimba».

En este siglo y medio, la Filarmónica de la Gran Manzana ha interpretado 14.000 noches todas las cumbres de la música clásica, piezas que transportan a otros lugares y tiempos, que hacen sentir hondas emociones, segundos que se estiran en las notas de los grandes compositores pero nunca unos instantes se volvieron una eternidad como el pasado sábado, tras la irrupción de «Marimba». Los rumores se extendían por el patio de butacas del Lincoln Center pero nadie hacía callar la melodía y los espectadores empezaban a enfurecerse. El tono seguía sonando y el director de la Filarmónica, Alan Gilbert, comienza a gesticular. El sonido viene de la primera fila y no cesa. Gilbert no puede más y ordena detener el concierto. Se gira irritado y pide al espectador que apague el aparato entre silbidos de los abonados y gritos que piden su expulsión. Gilbert incluso se baja del escenario y se encara con el dueño del aparato: "¿Está apagado? ¿Va a volver a sonar?", brama. El hombre niega con la cabeza y el concierto se reanuda.

El «cliente X»
El nombre del responsable, al contrario que el de la melodía, no se ha dado a conocer. Se ha identificado a «The New York Times» como «Cliente X». Es un empresario sexagenario que está abonado a la Filarmónica desde hace 20 años y que está desolado por lo ocurrido: «Se puede imaginar lo terrible que es tener esto en la conciencia. Es horrible, horrible», dijo el hombre al diario a condición de no ser identificado. «Espero que los presentes en el concierto y los miembros de la orquesta puedan perdonarme. Les pido disculpas a todos», dijo. El «Cliente X», que también se ha disculpado ante el director de orquesta por teléfono, explicó que su empresa le había dado el teléfono un día antes y él creyó haberlo apagado antes del concierto, pero la alarma despertador estaba activada y comenzó a sonar. Y sólo cuando el director de orquesta le miró, se dio cuenta de que era su propio teléfono el que sonaba.

El director Miguel Ángel Gómez Martínez vivió una experiencia similar a la de Gilbert en el Palau de la Música de Valencia. La orquesta interpretaba el «Concierto número 2 para piano y orquesta» de Rachmaninov, con Leonel Morales como solista y, durante un pianísimo (no podía ser en otro momento) se escuchó la música de un móvil: «Recuerdo que sonó nueve o diez veces y sentí una furia terrible por la falta de respeto, no sólo hacia nuestro trabajo, sino hacia el resto de los espectadores de la sala. Paré el concierto, me dirigí al individuo y le pregunté si no había escuchado el aviso de que se apagaran los móviles al entrar en la sala. El aplauso del público, que lo que ganó fue escuchar el movimiento dos veces porque lo repetimos desde el principio, fue enorme, aunque también me gané una crítica furibunda de un enemigo», relata. El batuta asegura que la desconcentración puede ser momentánea si se silencia el teléfono a tiempo, pero que si se prolonga resulta insoportable. «Aplaudo a Gilbert porque me parece que tomó la decisión correcta. A veces, la mirada de condena no basta porque el espectador no se da por aludido», explica.

Víctor Pablo Pérez considera que en ocasiones no hay que llegar a la mirada asesina, «basta con una potente para que la persona se dé por aludida», dice. Ha sufrido también en sus carnes las melodías desagradables, «algunas no tienen pase», pero en su caso no ha llegado la sangre al río. «Lo curioso, dice, es que alguna vez el responsable, como si estuviera en el colegio, mira para otro lado como dando a entender que el teléfono que suena no es el suyo». El que fuera titular de la Sinfónica de Galicia asegura que cada vez  son más frecuentes estos hechos, «aunque que el director pare y casi requise el aparato no es lo habitual. Sucede siempre en los momentos de mayor sutileza», comenta. Si llegara el caso él pararía la orquesta «porque el sonido que no cesa llega a hacerse insoportable y supone un mazazo brutal para la interpretación al romper de raíz el discurso. Piense que tres segundos de un móvil pueden ser tan eternos como tres minutos. Es terrible y es necsario llevarlo con cierta resignación», dice entre risas.

¿Inhibidores de frecuencia en las salas? «Se ha estudiado, pero sucede que una parte importante del público son profesionales de la medicina que han de estar localizados», responde. A la ópera no siempre van los mismos, sobre todo en los últimos tiempos. Así piensa Miguel Muñiz, director general del Teatro Real, quien confiesa que los responsables de los coliseos sienten una verdadera obsesión porque se desconceten los móviles. «Hay espectadores tan concienciados que incluso les quitan la batería al entrar en la sala para evitar sorpresas desagradables, otros tiene peor cabeza», comenta y achaca al olvido el sonido desagradable en mitad de una representación. «Entre 1.500 personas siempre puede haber algún despitado, aunque no es justificable en ningún caso. No creo que sea mala fe, sino falta de conciencia y, sobre todo, de respeto», y añade que en el coliseo que dirige la orquesta no se ha visto obligada a parar como en Nueva York.

En todo caso, después de tantos años de existencia, es curioso que no haya sido una epidemia de gripe o una pertinaz tos la que haya interrumpido un concierto en la Ópera de Nueva York, sino la alarma de un teléfono inteligente. Incluso ha habido quien especulaba en las redes sociales con la posibilidad de que este suceso hubiera sido una sutil y barata maniobra publicitaria de Apple, muy dados a estas tácticas de guerrilla. Como dice el tópico, el espectáculo debe continuar.

 

Tchaikovsky, el clásico más descargado
No siempre se escucha el último éxito de Lady Gaga como sintonía de móvil. La música clásica tiene aceptación y un público cada vez mayor. Estas son las diez melodías más descargadas para el móvil:
- «Cabalgata de Las Valkirias» (Wagner).
- «Concierto de Aranjuez» (Joaquín Rodrigo).
- «El aprendiz de brujo» (Tchaikovsky).
- «Marcha Radetzky» (Johann Strauss)
- «Adagio en sol menor» (T. Albinoni).
- «El lago de los cisnes» (Tchaikovsky)
- «Para Elisa» (Beethoven).
- «El cascanueces» (Tchaikovsky).
- «Marcha militar» (Schubert).
- «Bolero» (Ravel).

 

El enfado de Hugh Jackman
La ópera no es el único sitio donde los móviles causan bochorno. En los teatros no es infrecuente escuchar algún reconocible politono de vez en cuando. Que se lo pregunten a Hugh Jackman, que se encaró durante una representación con un espectador al que llamaron cuando estaba diciendo su texto en «A Steady Rain», una obra en la que compartía cartel con Daniel Craig y que se estrenó en Broadway . «¿Quieres responder?», gritó encolerizado Jackman al espectador, sentado en las primeras filas. El público enmudeció, pero después echó a reír. Jackman se quedó mirando al culpable, con los brazos en jarras (en la imagen), y paseó su indignación por la escena durante unos segundos en los que el hombre debió desear que le tragara la tierra. Y eso que no era más que una sesión preparatoria previa al estreno...

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