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«La intrahistoria de UPyD» por Gerardo Hernández Les

Tiempo de lectura 8 min.

12 de mayo de 2010. 21:38h

Comentada
12/5/2010

Rosa Díez no para nunca de hablar, pero en los últimos días lo ha hecho de forma especialmente convulsa en un Chat del Diario "La Razón" el pasado 25 de abril. Acusar de batasunos (o sea, de filoterroristas) a quienes presentaron una candidatura crítica en el  pasado Congreso de noviembre es utilizar palabras mayores; pero tampoco se para en barras con los que le presentamos una demanda judicial, a los que nada menos nos pretende echar en cara la intención de un chantaje, que por delirante y falso se convierte en una calumnia de digestión intolerable. Esta provocación es propia de quien instalada en cierta esfera de poder piensa que le es permitido decir lo que le venga en gana y que da igual lo que digan sus destinatarios.

Creo que ya es el momento de preguntarse por qué un partido tan joven vive en tan poco tiempo (poco más de dos años de existencia) una historia tan desgarradora. Al margen de las víctimas directas, fruto de la voluntad represora, hay que sumar un número importante de afiliados que han ido abandonando silenciosamente el partido –probablemente más del 50%- sin que conozcamos exactamente su cifra, porque los datos reales sobre afiliación es un secreto nunca revelado. Lo que si podemos afirmar, con poco margen de error, es que de los primeros cien militantes que estuvieron presentes en la fundación del partido, y que iniciaron su andadura como miembros del Consejo Político, están fuera del partido más del 70%.

También es inevitable preguntarse cómo el núcleo dirigente del partido –siguiendo a su líder- se empeña en una orgía represiva desproporcionada contra unos discrepantes que en ningún momento discutieron su liderazgo, haciendo gala de una agresividad y unas malas artes que los descalifican para abanderar cualquier proyecto de una supuesta regeneración democrática en España.

Si la historia de UPyD tuviéramos que encajarla en algún género determinado, tendríamos varias opciones, pero seguramente ninguno sería más adecuado que el del absurdo. No se puede calificar de otra manera una situación que partía con unas condiciones inmejorables: una demanda social latente de exigencia de alternativas a la situación política que vive el país, unos militantes ilusionados y entregados a un proyecto de regeneración democrática plasmado en un Manifiesto Fundacional apoyado sin fisuras, y unos procesos electorales en los que los votantes no han dejado de avalar progresivamente la viabilidad del proyecto. Al final, una líder que aparentando reunir las condiciones imprescindibles para hacer triunfar el proyecto, lo ha hecho embarrancar  víctima de sus propios demonios personales.

Algunos de los que nos tocó estar desde el principio en los órganos de dirección del partido –fruto de la decisión personal de Rosa Díez, emanada del poder que le otorgó el pacto fundacional- empezamos a ver muy pronto la deriva que iba tomando nuestra formación. Explicar por qué ha pasado todo esto no es fácil de hacer.

Rosa Díez no le interesó ver que la mayoría de la gente que, en un principio, llegó al partido quería, realmente, un partido de nuevo tipo. Que no era sólo crear un instrumento que sirviera durante un tiempo para abanderar la reforma de la ley electoral, la independencia de la justicia, la recuperación de las competencias de educación por parte del gobierno central, o la racionalización del modelo territorial; sino que la consecución de esos fines era incompatible con el modelo de partido tradicional que había hecho posible convertir nuestro sistema democrático en una partitocracia que se ha ido haciendo irrespirable con el paso del tiempo. La Regeneración Democrática –verdadero mascarón de proa de la nueva formación- tendría que empezar por los propios partidos, y el nuestro reunía (o eso creíamos) todos los ingredientes para empezar a dar ejemplo.

Desde el primer momento el personalismo y la centralización de las decisiones se impusieron sin dejar lugar a dudas. Cuanto mayor era el encantamiento que producían las ideas y los discursos del nuevo partido más crecía la vocación aparatista de sus principales dirigentes. Los días de "vino y rosas" duraron seis meses, justamente hasta que se celebraron las elecciones generales de 2008. Esa fecha fue la constatación de que  el proyecto era viable.

Con el alborozo de las expectativas que se abrían ante nosotros empezaron los problemas. O para ser más exactos, el líder máximo –en este caso lideresa- víctima de una educación política autoritaria y burocrática en la que había formado su espíritu durante más de 30 años, decide crear un problema donde precisamente estaba la solución. No le bastaba estar rodeada de personas que le éramos absolutamente fieles –y que realmente lo éramos- sino que, además, pretendía que tuviéramos que estar siempre de acuerdo con ella, fueran sus propuestas las que fueran, lo mismo en el ámbito de la estrategia que en el de los nombramientos de cargos orgánicos.

Con este criterio, en vez de convocar un Congreso en los meses inmediatamente posteriores a las elecciones (y no esperar un interminable año y medio, como finalmente se hizo), aprovechando el entusiasmo post electoral, para democratizar cuanto antes las estructuras del partido, prefirió reforzar los aparatos de poder, para no dejar resquicio a la más mínima discrepancia, por la vía de su voluntad carismática. Y lo que consiguió fue dar paso al comienzo de una serie de luchas intestinas en la mayor parte de las estructuras territoriales, que desembocaron en el Congreso  en un partido desangrado y seriamente dividido.

Al negarse a democratizar el partido una vez transcurrido el período álgido de su fundación (coincidente con las elecciones generales de 2008) convirtió nuestra formación en una especie de patio de monipodio, que ha obligado a nuestros militantes a vivir en un clima de tensión a veces insoportable, que ha sido la causa del abandono  del partido de muchos de ellos. La inexistencia de estructuras democráticas crea un ambiente en donde la discusión y el trabajo por la consecución de objetivos políticos se sustituye por enfrentamientos interminables por cuestiones de poder; de un poder –en el caso de UPyD- materialmente inexistente, pero la ilusión de dar satisfacción a una ambición que se vislumbra en un futuro inmediato no necesita de más ingredientes.

Desde su fundación, UPyD se estaba rigiendo por una norma explícita –los Estatutos aprobados por el Consejo Político- que ha sido vulnerada cuantas veces le ha interesado a la Dirección del partido. Así fue posible incoar –de forma ignominiosa- los 14 expedientes contra militantes que ocupaban todos ellos cargos de responsabilidad en la estructura orgánica del partido, y todo ello por querer abrir en el partido el ineludible debate sobre las listas abiertas y querer proponer una candidatura alternativa. Y así también fue posible redactar y aprobar un Reglamento para el Congreso, que auguraba el desarrollo antidemocrático del mismo (fue la primera ocasión que Rosa Díez endosó a los críticos el adjetivo batasunos), por mucho que otorgara plebiscitariamente un apoyo mayoritario a la líder del partido, que le ha permitido alardear de su triunfo de puertas afuera, pero no le ha servido para ocultar que ha jugado con las cartas marcadas, y que el encantamiento del espíritu fundacional del partido lo ha roto para siempre.

En estas condiciones, la Dirección del partido ha creado el terreno abonado  para que quienes entran en el partido pensando en futuras operaciones de poder utilicen todos los medios para hacerlas realidad. Las legítimas aspiraciones de ocupación de cargos públicos dejan de serlo cuando los criterios básicos de capacidad y mérito son sustituidos por el compadreo, la conspiración permanente, la maledicencia gratuita y, sobre todo, el servilismo sin escrúpulos hacia los pocos  que de verdad ostentan poder en el partido. Esta –y la sumisión ciega y acrítica a lo que salga de la boca y del dedo de Rosa- es la verdad de UPyD.


Gerardo Hernández Les
Ex miembro del Consejo de Dirección y del Consejo Político de UPyD
Cabeza de lista al Congreso por Málaga en las elecciones generales de 2008

 
 

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