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Que pague el Aullador

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18 de julio de 2010. 01:24h

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18/7/2010


«Michel: Algún día Francia se arrepentirá de su indignante colaboración con la ETA.  También vosotros tenéis a los terroristas de Iparretarrak». «Con una diferencia, Señor. Francia no reconoce al pueblo vasco como tal. En Francia no hay un departamento vasco. Y los terroristas de Iparretarrak que sacan los pies del tiesto nadan muy mal, y acostumbran a ahogarse en las playas de Biarritz o de Arcangues». Este cambio de pareceres entre Don Juan De Borbón y el ex ministro del Interior francés Michel Poniatowsky tuvo lugar en Madrid.
España sufrió lo indecible con la hospitalidad que Giscard D'Estaign y posteriormente François Miterrand ofrecieron a los criminales de la ETA. Pero no se atrevieron a permitirles que levantaran un campamento con notables edificios de hormigón a pocos kilómetros de la frontera. Para los asesinos de ETA, Francia significaba el cobijo y la libertad, pero siempre que se movieran con discreción y medida. Colombia tiene la mala suerte de compartir muchos kilómetros de frontera con Venezuela. Y Chávez es menos cínico que Giscard. Allí, en territorio venezolano, los narcoterroristas estalinistas de las FARC tienen lo que ellos llaman su «Cuartel General». Asesinan, secuestran y hacen correr la sangre en Colombia, y se refugian en la vecina Venezuela, amparados por el tirano bolivariano. Ahí tienen establecido su seguro de vida Joaquín Gómez, Alfonso Cano, Jorge Briceño e Iván Márquez, cuatro homínidos homicidas entre otros muchos. Lo malo es que se descubre el pastel, y el que se enfada es Chávez.  El campamento de las FARC tiene un nombre muy original, «Bolívar», y está situado a veinticinco kilómetros de la frontera con Colombia. Las imágenes son incontestables, y no proceden de aviones espías americanos ni de comandos del Ejército de Colombia adentrados en Venezuela. Son vídeos entregados por terroristas desertores.
Ingrid Betancourt le exige al Gobierno de Colombia seis millones de euros de indemnización por su secuestro. Doña Ingrid fue repetidas veces advertida del riesgo que contraía  cuando quiso hacerse la tolerante y salvadora. Le costó la insensatez de seis años de secuestro brutal en las selvas colombiana, y quizá, venezolana.  Su liberación fue celebrada por todos, y especialmente por el Gobierno de Francia. Doña Ingrid se considera más francesa que colombiana y tiene todo el derecho a sentir lo que sea. Otros centenares de secuestrados, tan inocentes como doña Ingrid, no han pedido nada.  La libertad y la recuperación de sus vidas es suficiente. Doña Ingrid podría haberse ahorrado su tortura de haber hecho caso al Ejército y muchos de sus colaboradores. Ella consideró que era intocable, y la tocaron. Su imprudencia la pagó no sólo ella, sino su familia y el pueblo de Colombia. Tuvo suerte y fue liberada por el Ejército. Un éxito más del Presidente Uribe. Se recuperó con prontitud y recorrió el mundo de agasajo en agasajo.  En Francia se estableció durante un tiempo, para sosegar sus heridas anímicas y agradecer al Gobierno francés sus desvelos y gestiones. Con el Gobierno de Colombia y sus soldados no fue tan cariñosa. Y ahora le pide a los colombianos que aflojen hacia su bolsillo seis millones de euros en compensación a un secuestro que fue consecuencia de su osadía e imprudente empecinamiento.
Creo que se ha equivocado de destinatario la extraña y peculiar doña Ingrid. Si las FARC mantienen su fuerza se debe, en gran medida, al sostén económico, territorial y estratégico que les brinda el régimen de Hugo Chávez. Modifique pues, el objetivo de su indemnización. Colombia hizo lo que pudo para que no fuera secuestrada y ella lo que quiso para serlo. Colombia le rescató del horror.  Venezuela apoya a sus secuestradores. Que le pida dinero al Mono Aullador y deje a Colombia en paz.
 

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