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La voz de esos hermanos lejanos

Tiempo de lectura 4 min.

22 de noviembre de 2010. 00:42h

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22/11/2010

Relata el libro que los judíos denominan «Bereshit» y los cristianos «Génesis» que cuando Caín dio muerte a su hermano Abel, Dios le salió al encuentro y le preguntó por el lugar en que se encontraba el asesinado. Caín, plenamente consciente de su culpabilidad, se limitó a formular una pregunta retórica: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?».  De esa manera, intentaba no sólo ocultar la responsabilidad de su crimen sino además negar cualquier tipo de lazo que vinculara a un ser humano con la vida o el bienestar de otro. Sin embargo, Dios no permitió que Caín creyera que lo había engañado y le dijo: «Las sangres (ha-damim, en hebreo) de tu hermano claman desde la tierra contra ti».  Dios se refirió a las sangres y no a la sangre –como erróneamente suele traducirse– porque deseaba subrayar el hecho de que cada vez que se siega una vida humana no sólo se pierde ésta sino también las que de ésta podían haber surgido.  La Historia se trunca así con una muerte mucho más de lo que podríamos pensar. Desde entonces a acá han pasado milenios y, una y otra vez, ha quedado de manifiesto que el que vuelve la mirada hacia otro lado cuando asesinan a su prójimo o guarda silencio ante su tragedia lleva en lo más profundo de su alma el estigma del asesino Caín. Traigo todo esto a colación por la frialdad con que se acogen en Occidente las noticias sobre la persecución que sufren los cristianos a manos del islam. El último caso conocido es el de una campesina pakistaní, Asia Bibi, que, a la espera de ser ahorcada, ha dicho que prefiere morir como cristiana a salir libre de la cárcel como musulmana.  No es, por desgracia, una excepción. Persecución y desprecio, insultos y golpes, presiones para abrazar el islam y ejecuciones padecen los coptos de Egipto discriminados desde hace siglos; los católicos de Irak, de los que murieron cincuenta y ocho el pasado 31 de octubre en el curso de un ataque terrorista; los millares de evangélicos de la Kabylia o de Indonesia;  los ortodoxos que han ido abandonando los territorios palestinos presa del pánico; los cristianos sudaneses de cualquier confesión a los que se caza como bestias para ser vendidos como esclavos. Los ejemplos citados constituyen tan sólo unos botones de muestra de un traje tejido de lágrimas, dolor y sangre, ante el que no dicen una sola palabra los gobiernos que defienden la Alianza de civilizaciones o que estrechan con gusto la mano de los ayatollahs del régimen islámico de Irán. Quizá esa conducta sea, desgraciadamente, coherente, pero no es de recibo en nadie que pertenezca a cualquier confesión cristiana, que crea en Dios o que simplemente ame la libertad. Frente a la situación de persecución sufrida por los cristianos en los países islámicos, no cabe el apaciguamiento, ni el silencio, ni el mirar para otro lado ni tampoco –como pretenden algunos– el convertir a Israel en moneda de cambio para conseguir una discutible impunidad.  Si se actúa así, la sangre derramada de nuestros hermanos que padecen bajo el islam clamará desde la tierra indicando que en nuestro silencio se escucha más alta que nunca la voz de Caín, que dice desdeñosa y criminal: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?».
 

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