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Los héroes del pueblo

Navalacruz y Fuentealbilla, donde se criaron Casillas e Iniesta, esperan emocionados el partido de mañana. Ellos fueron los primeros en ver cómo jugaban con un balón.

  • Los abuelos maternos de Andrés Iniesta, Ascensión y Andrés, no presumen de nieto.
    Los abuelos maternos de Andrés Iniesta, Ascensión y Andrés, no presumen de nieto.

Tiempo de lectura 5 min.

09 de julio de 2010. 22:28h

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9/7/2010

A Brígida le gustaba más Eva González, la anterior pareja de Iker Casillas, que también estaba «a gusto en el pueblo». Recuerda cómo una vez, en Nochevieja, se los encontró en la cola de los churros y el chocolate, «como una pareja más», y entonces, al darle dos besos a la modelo, le dijo: «Pronto serás de la familia». No fue así y ahora Iker ha cambiado de «muchacha», a la cual también ha llevado al pueblo, a Navalacruz, a que conozca la nueva casa que se está construyendo «allí, al lado de su tío Adolfo», indica Rosa.  Adolfo es «primo de la abuela de Iker», apunta el hombre que, desde la terraza de su vivienda, contempla a escasos metros la evolución de las obras del nuevo inmueble que el guardián de «La Roja» tiene en su pueblo. Adolfo ratifica que Casillas acude unas «3 o 4 veces al año a ver su casa» y que cuando lo hace suele ser «rápido, no tiene mucho tiempo».

Pero vuelve, siempre vuelve. Casi todo el mundo tiene un pueblo al que volver. Donde crecieron, donde siempre los esperan. Los jugadores de la selección española, tan normales, acabarán el Mundial de Suráfrica y como héroes volverán al lugar en el que se sienten más seguros: Iker Casillas irá  a su pequeño núcleo de población con 262 habitantes censados en Ávila. Iniesta tendrá tiempo para pasar una temporada en Fuentealbilla, en Albacete, un pueblo vacío al mediodía en verano.  Nadie sabe por qué a un bar con un gran terraza en medio del pueblo lo llaman la verbena. Allí Ascensión va a buscar a Andrés, su marido. Camina despacio, preocupado porque ha dejado un  niño solo en casa y quiere volver. Por fin, le encuentra: Andrés estaba en casa, descansando.

¡Qué bueno es mi nieto!
Que lleva mucho trabajo ser el abuelo de Iniesta. «Aquí se ha criado, en este bar ha crecido. Yo le llevaba a Albacete para que entrenase con el equipo. Todos los mediodías, mientras sus padres se encargaban del bar. ¡Qué bueno es!, nunca hizo nada malo y en el colegio todos decían que era el más inteligente». Andrés Luján pasa de los 75 años y como buen abuelo sólo puede hablar bien del nieto que vio crecer y después marchar a Barcelona mientras se le «rompía el alma». Sólo por su nieto ve el fútbol, ese deporte del que lo que más sabe es que «la pelota es redonda». 

No hay secretos que Iniesta pueda esconder a los de su pueblo. Le han visto crecer, cómo vecinos de otra localidad iban a ver a ese niño de cinco años que era más pequeño que el balón y al que todos sacaban una cabeza y que estaba empezando a convertirse en leyenda.
Iniesta se crió en el bar de sus abuelos, mientras ellos y sus padres servían comidas sin parar.  Aprendió que la vida es esfuerzo, que sólo con trabajo se podía conseguir el éxito. También aprendió a jugar al fútbol con su padre y a sentir la pasión con su tío, también Andrés: le contagió su sufrimiento, su amor, por un equipo: el Real Madrid. Cuando perdía el conjunto blanco, Iniesta, el sobrino, el pequeño nieto, no quería ni comer.

Tampoco hay secretos para Casillas en Navalacruz. Por el pueblo pasea María que será la vecina de enfrente de Iker. Cuenta que el hijo del alcalde «se ha ido a ver el Mundial» a Suráfrica. Este joven es uno de los quintos del portero, quienes le apodan el «melón» por el «perímetro de su cabeza», confiesa «el fore».

A su lado, en la plaza principal del pueblo, está Adrián, primo hermano de Iker. Vive en Ávila pero, como «todos», viene los «fines de semana y en verano». Asegura que ve a su primo «lo justo», tras contar que cuando era pequeño, «su padre no le dejaba coger la bici en el pueblo por si se caía», ya que podía perderse la temporada en el Madrid. Al preguntarle por el primer coche que tuvo Iker, el joven comenta que «empezó con el 19 de su padre».

En los pueblos todos son familia. Ello hace que, preguntando entre los jóvenes, éstos afirmen ser primos del portero de la selección española, aunque sea de tercer o cuarto grado. No obstante, los padres de Iker son de «toda la vida de aquí», aclara María. En su caso, como en el de tantos otros, viene sólo en verano y fines de semana, ya que Navalacruz es ideal para «puentes y fiestas». Allí la tranquilidad reina en cada rincón de la urbe, que cuenta con una pequeña farmacia que da servicio a todo el pueblo, cuatro bares y un consultorio de salud, que se complementa con el servicio de una ATS dos días a la semana. Los cuatro niños que aguantan estoicamente el invierno van al colegio a Burgohondo (a 18 kilómetros), ya que en su localidad no hay centro educativo. Casillas aprovecha los días en su pueblo para escapar de la constante exposición mediática en la que vive.

En busca de la tranquilidad
Iniesta aprovecha los viajes a su Fuentealbilla pare reencontrarse con su peña y con su familia. Allí se olvida de la tensión. Cruza la carretera nacional y come con su abuela. Baja al centro del pueblo, a la verbena y cena con sus abuelos maternos. Entre medias, se cruza con los miembros de la peña, donde ya no se admiten más socios porque ya no caben. Se han unido vecinos de otros pueblos y mañana se van a juntar en el bar del abuelo Andrés para vivir el partido. El partido de sus vidas: «¡Ojalá marque!, dice el abuelo. «¡A ver si es verdad!», dice su tío Andrés. Él no va a bajar al bar, demasiada gente extraña, muchas cámaras, que te siguen hasta los lugares más íntimos.

Con el éxito de la selección se ha perdido la tranquilidad, pero «eso es bueno –dice Ángel Salmerón, alcalde de Fuentealbilla–. Gracias a Iniesta el pueblo tiene repercusión internacional». Navalacruz  vive igual de expectante su momento de gloria. Los pequeños que, con la camiseta de España puesta prácticamente todo el verano, cuentan con emoción cómo juegan al fútbol con Iker. Juan Miguel, Iván y Marta lo han hecho alguna vez, y ven al portero como un chico «muy majo». Un chico, como Iniesta, que salió del pueblo con timidez y mañana está listo para comerse el mundo.

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