Tierno «salao» grande

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No es verdad que se hayan ido todos. Queda Tony Leblanc, el astronauta de Minglanilla que luego fue padre de Torrente. Quedan Alfredo Landa y Pepe Sacristán, dos genios de la generación siguiente. No han desaparecido todos los grandes, ni siquiera todos los históricos. Pero es verdad que se han ido marchando los que eran jóvenes cuando nuestros abuelos lo eran, los que estrenaron la pantalla grande en las tardes de cine de nuestros padres, los que se nos hicieron familiares en la televisión de los setenta a los niños que merendábamos pan con chocolate. Quienes crecimos contando globos con María Luisa Seco y celebrando las gansadas del señor Chinarro en la aventura de los payasos nos sentábamos los sábados, después de los dibujos, a ver «Primera sesión» (el pase apto para todos los públicos cuando Martín Ferrand aún conducía «Sábado cine»). Nos alternaban los ciclos de Tarzán con los hermanos Marx, Danny Kaye y Mujercitas. Lo mismo «echaban» a Errol Flynn que «Los chicos con las chicas» o «Zampo y yo». Mi abuela decía «¡Fernando Rey!» pero yo sólo veía a un payaso triste que hacía llorar a una niña cantora. De cuando en cuando tocaba una peli en blanco y negro en la que salía mucha gente, siempre los mismos pero en peripecias diferentes. Fuimos aprendiendo sus nombres porque los repetían, en casa, nuestros mayores. Manolo Gómez Bur, Bódalo, Alfonso del Real. Y María Asquerino, y Laly Soldevila y María Luisa Merlo. Sábado a sábado fuimos capaces de reconocer a López Vázquez, a Fernán Gómez, a María Isbert, a Agustín González y... a Manolo Alexandre. Aquel señor con la voz de tembleque hablaba menos que los demás pero hacía reír más siempre nos pareció el más simpático. Luego los reencontramos a casi todos, avanzada ya la España que es hoy, en «Los ladrones van a la oficina», probablemente el mejor reparto que ha tenido nunca una teleserie. Ahí salía Alexandre, con su decir característico, presumiendo de ser «más rojo que un coche de bomberos». Lo último que vi de él fue la película del alzhéimer que hizo Mercero. Manuel Alexandre, el feo a quien le explicaron de joven que los graciosos no pueden ser guapos, construía un personaje enorme, arrollador en su desmemoria, luminoso en su ternura desinhibida. No hay otro actor español con más títulos que él en el Imdb (la enciclopedia del cine en internet), y aún se queda corto. No consta que jamás se lamentara ni de su vida ni de los papeles que le daban. Siempre pareció ser lo que era, un hombre a gusto con su historia y consigo mismo. Le escuché decir a Álex de la Iglesia, el día que murió López Vázquez, que no hay españoladas cutres, sino cine comercial de éxito en la España de entonces. Bendito sea el reconocimiento a los artistas honrados que viven de su trabajo y su talento. Gracias, Alexandre, por habernos acompañado todos estos años, distinguido entre aquéllos del fondo que nos hacéis pasar, sin aspavientos, tan buenos ratos.