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Mogadiscio

Anomalía somalí

La Razón
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Es una pasada que un puñado de piratas somalíes mantengan en jaque a las naciones más poderosas del mundo. Que a estas alturas de la película los asaltos reiterados a pesqueros, petroleros y portacontenedores resulten impunes y que los rescates se cobren cómodamente en bancos occidentales a través de abogados bien trajeados. Un negocio de casi 100 millones de euros limpios en el 2008. Por eso los niños africanos quieren ser de mayores piratas en Mogadiscio. Como la cosa está empezando a pasar de castaño a oscuro los gobiernos han presionado a las autoridades somalíes para que colaboren con las respectivas marinas de guerra. El problema radica en que Somalia lleva nada menos que 17 años sin Estado. Concretamente desde que en 1991 fue derrocado el dictador socialista Siad Barre. Desde entonces el país está en manos de unos líderes tribales erigidos en señores de la guerra, enzarzados en una endémica guerra civil que ha dividido el país –o lo que queda de él– en una serie de territorios autónomos sin reconocimiento internacional. Es la ley del más fuerte erigida en principio constitucional. Sin que los Estados occidentales puedan hacer nada para evitarlo. Ni siquiera los norteamericanos, como demostró aquella expedición militar ordenada por Clinton en 1993, que retransmitió en directo la CNN. Un estrepitoso fracaso, crudamente recreado después por Ridley Scott en su película «Black Hawk derribado» (2001). Lo sorprendente es que esta Somalia desestatalizada funciona mejor que la de antes, pues gracias a la iniciativa privada los somalíes han alcanzado un nivel de desarrollo económico muy superior a la media del África subsahariana. Y todo sin pagar un céntimo de impuestos. Si se enteran los neocon, nos somalizan.