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Ayer en la Academia de Cine se presentaron los directores que van a estar a cargo de los contenidos del Pabellón de España en la Exposición Universal de Shanghai, dedicado a la evolución urbana. El trabajo de Bigas Luna tratará sobre la germinación de la ciudad desde el espacio de la Naturaleza, Basilio Martín Patino hará un recorrido desde la ciudad de nuestros padres a la actual, e Isabel Coixet, sobre el salto de la de hoy a la de nuestros hijos. Lo que cabe preguntarse es si en este muestrario entra el nexo común que las une en el tiempo, desde el atavismo de una sustancia que se transmite por generaciones, que no es otro que la pasión telúrica de la hinchada, que hace de un equipo de fútbol un signo de identidad civil. La razón forofa puede desbaratar el foro y producir curiosas paradojas urbanas. Yo por ejemplo me he encontrado estos días con taxistas madrileños convertidos en «hooligans» del Manchester. Incluso casi me tuve que bajar de un coche por alabar el talento de Iniesta. Hasta en los bares de desayuno de café con porras éstas se inclinaban por goleadas británicas. La rivalidad entre ciudades supera cualquier instinto de solidaridad patriótica. Los propios romanos han estado divididos entre los dos finalistas según fueran seguidores del Lazio o la Roma. Todo para que acabe el fútbol y siga la rutina de los taladros. Pero, frente al sanguíneo desbarajuste de emociones, hay que inclinarse ante la singularidad estética, que esta temporada ha correspondido al F.C Barcelona. A pesar de que sus estrellas sean feas y bajitas. Se me hace difícil glorificar a Cristiano Ronaldo, que ya anuncian como resplandeciente figura del Madrid de Florentino Pérez. Microcefálico, de estructura cónica, esa cresta de concursante de «Gran hermano» que no para de peinarse chirría. Dará mucho juego con sus romances en la Prensa del corazón y menos en el campo. Lo único claro es que va a desplazar a Guti como rey de la peluquería.