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Iberismo

Las cosas cambian, y muchos portugueses creen que es cierto aquello de que la unión hace la fuerza

Tiempo de lectura 4 min.

18 de abril de 2009. 00:57h

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18/4/2009

Leyendo el libro de Enric Juliana «La deriva de España» (RBA, temas de actualidad), me choco en sus últimas páginas con un tema apasionante: el iberismo. No deduzco que Juliana sea iberista, pero sí veo que el asunto le interesa. Es lógico, nos ocurre a muchos. El iberismo no es una ideología, pero sí un sentimiento. El hecho de que en el país vecino el 30 por ciento de la población no vea mal una hipotética unión no deja de ser sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta el recelo tradicional que desde Portugal se ha tenido hacia todo lo que sonara a español. Pero las cosas cambian, y muchos portugueses creen que es cierto aquello de que la unión hace la fuerza. Otros no.
El anti-españolismo ha sido una bandera muy popular para portugueses de todas las ideologías. Pero es una realidad que hoy el mundo está más próximo, incluso para dos países que se han dado la espalda. Ahora tenemos la misma moneda y no hay fronteras, seguimos las mismas directrices europeas en muchos ámbitos, y Lisboa y Madrid están cada vez más cerca.
Creo que una hipotética unión tendría numerosas ventajas, y escasos inconvenientes. En la UE, la Confederación Ibérica sería el Estado más extenso de la Unión y el cuarto más poblado, con 55 millones de habitantes, lo que nos situaría al mismo nivel que Francia, Gran Bretaña e Italia a efectos de decisiones y repartos. Ganaría mucho España, pero probablemente más Portugal, que pasaría de estar en el furgón de cola a ocupar el vagón delantero, con un PIB conjunto aproximado de un millón de euros.
Es evidente que una cuestión de este tipo no puede ser algo que se decida en varios días. Pero ahora no hay tantos recelos, y se podría empezar dando pasos pequeños. Ya se celebran las cumbres hispano-lusas y se acaba de crear un Consejo Ibérico de Defensa, para tomar decisiones conjuntas en el ámbito militar. ¿Por qué no hacerlo también en otros escenarios? El deportivo, por ejemplo, parece  fundamental. Una liga ibérica de fútbol sería  apoteósica, probablemente la más potente del mundo. O las comunicaciones. Si se puede ir y volver a Lisboa en tres horas de Ave, estaremos mucho más integrados en todos los aspectos. O en comunicación audiovisual. ¿Por qué no ver en España la TV portuguesa y en Portugal la española? Nos ayudaría mucho a familiarizarnos con el idioma, tan parecido en el léxico (tiene un 89 por ciento de similitud al español) y tan diferente en la fonética.
Sí, se puede hacer bastante, sobre todo en educación. Aprender portugués es fácil para un español, pero hay que estudiarlo. Con sólo una hora a la semana en primaria y secundaria todos acabaríamos comprendiendo el portugués en líneas generales, aunque no lo habláramos. Igual ocurriría en Portugal con el español. El «portuñol» sería cada vez más una realidad visible, como empieza a ocurrir en Brasil, una «lengua» en la que nos podríamos entender nada menos que 700 millones de personas.
El iberismo no es una ideología, pero debería fomentarse. Que se declaren abiertamente iberistas Saramago y Günter Grass es algo que está bien. Hay otra gente que piensa como ellos. En España ya hablaban de iberismo Joan Maragall, Cambó y Prat de la Riva. Hubo dos intentos históricos de unión en 1869 y 1873. Ambos fracasaron. ¿Por qué no una tercera vez?

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