La tortura

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No son llamados torturadores, ni asesinos, ni terroristas, ni narcotraficantes, ni canallas, ni miserables porque, según los cínicos de siempre, son guerrilleros de la Izquierda, revolucionarios. Qué fácil resulta mentir con el empleo perverso de las palabras. La fotografía de Ingrid Betancourt, candidata a la presidencia de Colombia, después de seis años de secuestro en la selva a manos de los narcoterroristas de las FARC, es desoladora. Con ella y como ella, unos cuantos miles de personas padecen el horror impuesto por la millonaria banda criminal más cruel y devastadora del mundo libre. Ingrid Betancourt mira al suelo. No le quedan ánimos para alzar la cabeza y mirar al canalla que le hace la fotografía. Aparece demacrada, pálida, sin vida. En la muñeca de su mano derecha, un ingenio para encadenarla. Han sido varias las ocasiones que ha intentado la huida y duerme atada en la inmensa soledad de la selva colombiana. Le acompañan otros torturados, pero la soledad la lleva cada uno encima, como la última riqueza personal que les queda. Sus secuestradores y torturadores son amigos y confidentes de Hugo Chávez, qué casualidad.

Las manos entrelazadas, rezadoras. La melena negra y grasienta, crecida hasta más abajo de la cintura. Unos brazos largos y esqueléticos caen paralelos a su tronco. Se sienta en un banco enmohecido por la humedad de la selva, y su horizonte se corta a los dos metros por árboles y arbustos. Y hay miles como ella, miles de personas de bien torturadas y encadenadas y maltratadas y asesinadas en vida por los criminales de las FARC, muchos de cuyos miembros, obligados a formar parte de sus fuerzas siniestras, viven también aterrorizados y sumidos en las desesperanza.

Colombia, un Estado de Derecho ejemplar y libre, demanda el apoyo y la colaboración de Occidente para terminar con el narcoterrorismo de los llamados por los imbéciles de la Izquierda de oro «guerrilleros» y «revolucionarios». Bajo la selva esmeralda y carcelera de Colombia no hay yacimientos de petróleo. De haberlos, no quedaría ni un solo criminal de las FARC en libertad. De haberlos, sólo la contemplación de la fotografía de Ingrid Betancourt habría sacudido la hipócrita conciencia occidental y todos los países libres tendrían en Colombia destacamentos militares para liberar a una nación ejemplar de un ejército de asesinos. De tener petróleo Colombia, ya estarían los «marines» americanos, y los ingleses, y los franceses, y los canadienses registrando palmo a palmo la selva cerrada. Los españoles –en mi caso iría de voluntario pero estoy viejo para esos menesteres–, nos mantendríamos en situación de espera, porque las buenas relaciones con el gorila bolivariano que enmudeció ante el Rey son quizá prioritarias a la ayuda que precisa una sociedad admirable que combate en soledad contra la banda asesina más poderosa de la tierra. Esta fotografía de una mujer torturada por el estalinismo americano –el nuevo socialismo del siglo XXI está con sus «guerrilleros»– bastaría y sobraría para llevar hasta Colombia un contingente internacional de tropas dispuesto a terminar con los exterminadores. Pero no hay petróleo, y es un problema secundario. La libertad de un pueblo no es suficiente para que Occidente se arriesgue. El impacto emocional de la foto, pasará. No lo duden.