América

La Habana

Ma ri con són

La Razón
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Recuerden la broma que le gastaron unos mendas de Miami (léase Mayami) a Fidel Castro, llamando por teléfono al compañero del chándal desde Radio Lobo, «El vacilón de la mañana», y haciéndole creer que era Hugo Chávez quien estaba al otro lado de la línea. Al desvelarle la tomadura de pelo, los guasones anticastristas espetaron al Coma Andante: «Has caído, Fidel», y el del atuendo deportivo respondió al borde de la embolia: «¿En qué caí, come mierda?, ¿En qué caí, ma-ri-con-són…?». Disculpen el lenguaje revolucionario, pero es lo que hay. Sí, ahí lo tienen: Ma-ri-con-són. Toda una declaración de intenciones de la política que sigue el régimen castrista con los homosexuales. Siempre me ha extrañado que haya personas que se preocupan –llegando hasta la histeria– de lo que los demás hacen con sus órganos sexuales, aún cuando ni molestan ni hostigan a terceros (sobre todo a menores de edad). Pero cuando los que se toman ese interés perturbado por el trasero de la gente son gobernantes… una se pone a temblar de purito miedo. Del «mariconsón» de Castro, expelido como un insulto envenenado que le salió directamente del gotero (o de la sonda, vaya usted a saber), pasamos a la repugnante represión que los homosexuales sufren en Cuba: más de 7.000 han sido detenidos en dos años, según denuncia COLEGAS, la asociación española de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales. Al parecer, la Policía Nacional Revolucionaria del régimen comunista hace batidas en La Habana buscando mariconsones a los que enchironar por «permanecer en lugares propensos a la delincuencia». Mientras, celebran hipócritamente el Día Internacional de Lucha contra la Homofobia y mantienen a Marielita Castro de directora del Centro Nacional de Educación Sexual (ay, mi amol). Los Castro quieren una Cuba Libre (de mariconsones, supongo), y se pasan el respeto a los derechos humanos de los homosexuales, como de tantas otras gentes, por las Antillas Mayores. Es lo que tiene el totalitarismo: que sólo puedes ofrecer sensualmente la retaguardia para que te la parta el Régimen, y nadie más. (Oigan: yo me voy rápidamente a votar…).