El Papa Francisco llama a remar juntos contra el coronavirus

El Pontífice bendice al mundo desde una Plaza de San Pedro vacía

Ante una insólita Plaza de San Pedro vacía, el Papa Francisco comenzó su histórica homilía a las 6 de la tarde/EFE
Ante una insólita Plaza de San Pedro vacía, el Papa Francisco comenzó su histórica homilía a las 6 de la tarde/EFEYARA NARDI / POOLEFE

La escena contenía toda la fuerza que se habían propuesto. Un Papa solo, ante la Plaza de San Pedro absolutamente vacía. Llovía además copiosamente en Roma. El Vaticano sabe jugar con las imágenes y además tiene al cielo siempre de su parte. Cuando Francisco salió a celebrar un rito excepcional ya había logrado el efecto esperado: que un mundo afligido clavara sus ojos en el gesto serio de un líder espiritual. “Señor, no nos abandones a merced de la tormenta”, dijo. Y así ofreció el Urbi et Orbi, la bendición dirigida a la ciudad y al mundo, desde la más impactante soledad.

El rito se imparte solo en Navidad, Pascua o cuando se elige a un nuevo Pontífice. Pero este año la Semana Santa se celebrará sin la participación de los fieles y la ocasión lo merecía. Ante la emergencia global por el coronavirus, Francisco quiso realizar un gesto único, algo que los Papas solo celebran de modo excepcional en contadísimos momentos. La bendición contenía la indulgencia plenaria para todos los católicos, un instrumento con el que los pecados quedan expiados.

“Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades. Se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”, comenzó el Papa su homilía. Las palabras proceden del Evangelio, pero parecen haber resistido bien el paso del tiempo. “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”, continuó.

La metáfora sirvió para traernos a la realidad. Bergoglio añadió que “la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. “Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos, esa pertenencia de hermanos”, prosiguió.

La homilía llevó siempre el sello de Francisco, intentando aprovechar una crisis como la que vivimos para reflexionar sobre los hábitos de vida, el consumismo o el sentido de la comunidad. Su respuesta, claro, estaba en la fe: “El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar”. Pidió agarrarnos al “ancla” de la religión y “abrazar la cruz”, lo que supone “abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia”.

Homenaje a los héroes anónimos

Las palabras más calurosas fueron para quienes están en primera línea de esta crisis. Esas vidas “que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último ‘show’ pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”. A todos ellos el Papa les agradeció su labor. Pero también a “padres, madres, abuelos y abuelas, docentes que muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración”.

Francsico, en realidad, no estuvo solo, sino que lo acompañó el icono de la Virgen de la Salud y el Cristo de la Iglesia de San Marcelo, que se aloja en una iglesia del centro de Roma. A ella acudió hace unos días el Pontífice, caminando también a solas por las calles desiertas de la capital italiana. La imagen del Cristo está también cargada de significado, porque a ella recurrieron romanos en el siglo XVI para pedir que pasara la peste. Terminada la epidemia, la sacaron en procesión en 1522 y desde entonces a sido llevada a San Pedro cada año santo.

Los ritos comenzaron a las seis de la tarde, con el cielo casi en penumbra, y terminaron con la noche ya cerrada. Francisco, que ha trasladado los actos de las últimas semanas al mundo virtual, quiso tener así un gesto de cercanía con el mundo y con los italianos en particular, el país más golpeado por esta crisis. A Italia y a España irán a parar 30 respiradores donados por el Papa a los hospitales.