Los disturbios de Portland desbordan a Trump

El envío de agentes federales a esta próspera ciudad de Oregón no sofoca las protestas desatadas tras la muerte de George Floyd a manos de la Policía

Un agente federal trata de aplacar las protestas violentas en Portland en la madrugada del jueves
Un agente federal trata de aplacar las protestas violentas en Portland en la madrugada del juevesNoah BergerAP

No hay paz para los habitantes de Portland. Ni siquiera para su alcalde, que fue literalmente gaseado durante la mañana del jueves, después de otra noche de disturbios. Ted Wheeler, objeto de furibundas críticas tanto por parte de los sindicados de policía como de los más intransigentes guerreros sociales, unos y otros lo ven demasiado blando, fue rociado con gases lacrimógenos en Portland.

La noticia, adelantada por el New York Times, exhibe a un Wheeler protegido con una máscara y gafas. Justo en ese momento el reportero del NYTimes Mike Beker. «Pica», dijo ahogándose, «Es difícil respirar. Puedo decirle con 100% de honestidad que no vi nada que haya podido provocar esta respuesta. No tengo miedo pero estoy enfadado».

Acaso lo más surreal del incidente es que la policía local niega cualquier participación que todas las sospechas de haber arrojado los gases recaen en los agentes federales enviados por Donald Trump. Sin olvidar que algunos de los manifestantes, ante los que Wheeler mostró en todo momento una empatía y unas ganas de conversar realmente conmovedoras, hicieron bromas a costa de los gases: a fin de cuentas si los antidisturbios también los han gaseado en otros momentos de estos dos meses, ¿por qué la máxima autoridad municipal va a librarse de lo que en otros países y por otros populistas similares fue bautizado como «jarabe democrático»?

El incidente, que tuvo lugar a las puertas de los juzgados, refleja bien el clima enloquecido, de mascarada violenta, que acompaña los peores momentos de las protestas, así como el inevitable conflicto de intereses que surge cuando el gobierno federal desoye las peticiones de los alcaldes y gobernadores y, emulando a Kennedy a principios de los sesenta, resuelve enviar agentes federales. Con el argumento de que la policía local no es capaz de contener los altercados, de que la propiedad federal se encuentra en peligro y de que los políticos, generalmente demócratas, que la Casa Blanca pone bastante cuidado de no antagonizar a un correligionario, no saben o no quieren decirles las bárbaras verdades a los vándalos.

Desde luego en Portland los enfrentamientos son continuos. Y no parecen haber serenado los ánimos las manifestaciones de las llamadas «madres», mujeres vestidas de amarillo que teóricamente protegen a sus retoños de los porrazos de los agentes. Trump, por su lado, tuitea los mensajes de quienes, como el activista y periodista Andy Cuong Ngô, de Portland, que ha explicado que reconoce «a muchas de las llamadas “mamás” y son las mismas mujeres antifa que se vistieron de negro hace tan solo un par de días. Acaban de ponerse una camisa amarilla ahora. La mayoría de estas personas no son madres y muchas ni siquiera se identifican como mujeres. #PortlandRiots».

Tampoco parece ayudar la actitud de los agentes federales, que según la gobernadora de Oregón, Kate Brown, habrían cometido «flagrantes abusos de poder». Entre los momentos más tensos vividos figuran aquellos en los que los miembros del Servicio de Aduanas y Protección de Fronteras de los Estados Unidos (CBP por sus siglas en inglés), arrestaron a varios manifestantes y los subieron a vehículos sin identificar.

En otras ocasiones los federales habrían actuado con los ropajes y el armamento militar que tantas críticas ha despertado en los últimos años. Aunque el alcalde les ha exigido en repetidas ocasiones que abandonen su ciudad, la intención de Trump es mantenerlos y, por supuesto, desplegarlos en otras ciudades.

Y el fuego o corriente de fondo, relacionado con la indignación por la muerte de George Floyd y otros ciudadanos de color, que tiene que ver con las reclamaciones contra el supuesto racismo sistémico, no escapa a la discusión de los académicos. Uno de los más destacados, el científico cognitivo y lingüista Steven Pinker, profesor en Harvard y autor de libros como “El instinto del lenguaje”, “La tabla rasa”, “Los ángeles que llevamos dentro” y “En defensa de la Ilustración”, y feroz adversario político de Trump avisaba ayer mismo, entrevistado por la revista Newstatesmant, comentaba, preguntado entre otros asuntos, por Black Lives Matter, que le parece «absolutamente saludable que se ponga el foco en la injusticia y el desequilibrio racial. También es un hecho positivo que se cuestionen las prácticas policiales estadounidenses, demasiado brutales». Pero, añadía, «Si paralizamos la policía de forma indiscriminada, ya sea por quitarle los fondos, o simplemente haciéndola más reacia a intervenir, aumentarán las tasas de delitos violentos. Lo han hecho en los últimos meses. Y [mejor no olvidar que] muchas más personas son asesinadas a manos de civiles que por la policía».

De hecho «incluso el concepto de abolir la Policía» sería «completamente enloquecido», pues implica dejar en manos de “los civiles su autodefensa, mediante ejércitos privados y mafias y vigilantes y bandas de matones. Y además, es una de las pocas formas en que uno podría imaginar un camino hacia la victoria para Donald Trump; a saber, si la gente piensa que los demócratas quieren abolir la policía, votará por los republicanos...».

Desde su cuenta con millones de seguidores el presidente responde a los más exaltados del movimiento woke retuiteando a quienes, como el periodista Buxt Sexton, alertan de que lo sucedido con la pareja de St. Louis que recibió con armas a los manifestantes que atravesaban su propiedad, y que ya ha sido acusados por la Fiscalía, es un «claro mensaje de los demócratas a los fiscales de toda América».