“Mi padre Fulgencio Batista no fue el dictador inclemente que ha dibujado el castrismo”

El hijo del presidente cubano narra en un libro de memorias cómo era su padre en la intimidad y ofrece una visión muy distinta a la del “dictador inclemente que construyó la oposición castrista”

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Roberto Batista (Nueva York, 1947) ha reconstruido los recuerdos de su vida al lado de su padre, el presidente cubano Fulgencio Batista derrocado por Fidel Castro en 1959. En “Hijo de Batista” (editorial Verbum), construye una imagen de su padre muy diferente a la que a menudo dan los historiadores. No fue un dictador sin escrúpulos que convirtió La Habana en el burdel de Estados Unidos, dice en una entrevista con LA RAZÓN, sino un reformador “de tono socialista” que hizo de la isla un país próspero. Sus dos grandes errores, apunta, fueron el golpe de Estado en 1952 y dejar en libertad a Fidel Castro. “Mi padre fue un animal político y hubiese pasado a la historia de Cuba como estadista de no haber dado el golpe de estado del 52″.

El libro es también un conmovedor viaje por la historia de la familia y a la vez un desgarrador testimonio de las contradicciones que ha vivido Roberto a partir de los 11 años, cuando tuvo que irse al exilio después de una “infancia casi paradisíaca” en Cuba. Aquella noche del 30 de diciembre de 1958, sin comprender lo que estaba pasando, Bobby, como le llaman los amigos, fue recibido en el aeropuerto de Nueva York con insultos por la gente que le esperaba. Esta inesperada escena le traumatizó hasta el punto que Cuba se convirtió en un tabú para él durante varias décadas. “Desde los once años esta lacra me persigue como una pulla clavada en el corazón y desgarra mi yo más íntimo”, escribe el autor

¿Cómo era Fulgencio Batistas con sus hijos?

Nuestros padres eran muy cariñosos. Mi padre era un hombre muy culto, dulce, didáctico, era un padre tranquilo, que con la mirada te lo decía todo. Nunca levantaba la voz ni la mano. Yo tuve una infancia muy feliz, casi paradisíaca, en Cuba, pero esto cambió con la llegada del exilio el 30 de diciembre de 1958. Ese día por la noche mi hermano Carlos, que entonces tenía 9 años, y yo llegamos a Nueva York y ya en el aeropuerto nos recibió una turba que nos insultó, nos vejó y nos humilló. Ese día comenzó para mí la noche más larga, una noche que aún no ha terminado, porque hay preguntas para las que quizá no haya tenido respuesta.

¿Por qué ha escrito este libro?

Unos intelectuales cubanos amigos me animaron a escribirlo, así que me senté y salió del tirón. Espero que este libro quede como parte del legado histórico cubano, para que la gente sepa cómo era Fulgencio Batista en la intimidad. También está escrito para mis hijos y para mis nietos, para que sepan la verdad de los hechos.

Usted sostiene que sobre su padre pesa una leyenda negra que no es real.

En un 80% su figura se ha construido con la propaganda castrista capitaneada por el periodista Herbert Matthews del New York Times, que entrevistó a Fidel en 1957 en las montañas y creó una imagen muy falsa de lo que era mi padre. Mi padre en realidad era un hombre muy diferente a cómo se le quiso pintar por sus adversarios. Mi padre fue electo presidente constitucional en 1940. Al amparo constitucional desarrolló un programa de progreso a partir de una constitución modélica que favorecía los derechos humanos y las libertades públicas así como los derechos de las mujeres de los obreros y campesinos. Su labor era progresista, más bien de un tono socialista, y esto no lo sabe la gente pero así fue. Tenía una visión de prosperidad y de oportunidades para todos. Estaba muy pendiente del pueblo campesino porque él mismo tenía una origen campesino, salió de la nada. Mi padre hizo obras muy importantes para Cuba y dejó una prosperidad en 1958 no conocida hasta entonces en el país.

Roberto con su padre Fulgencio Batista en Cuba en 1958, antes de ir al exilio FOTO: Foto del autor Foto del autor

Fulgencio Batista dejó el poder en 1944. ¿Qué pasó entonces?

Vino el exilio, pero antes fue recibido por toda Latinoamérica como un gran líder. El propio Pablo Neruda lo saluda como una reserva de la democracia. Vive esos años en Daytona y en Nueva York hasta 1948, cuando sale elegido senador y regresa a Cuba en noviembre de ese mismo año. A partir de entonces prepara su partido político.

¿Qué piensa cuando a su padre lo llaman dictador?

No me agrada, pero yo tengo que vivir con una verdad y esa verdad es que el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 hizo que mi padre se convirtiera en dictador. Pero hay que matizar, él asumió el poder ejecutivo y el poder legislativo, pero el poder Judicial siguió siendo independiente, con lo cual era una dictadura moderada. Cuando accedió a la presidencia de nuevo en 1955 restauró la Constitución de 1940 con todas las libertades y principios que contenía. Por lo tanto desde 1955 hasta 1958 se puede decir que en Cuba había plenas libertades. Es verdad que de vez en cuando las garantías constitucionales se suspendían pero eso era porque la oposición se dedicaba a sembrar el desorden social por toda la nación con sabotajes y atentados El gobierno tenía que proteger a la sociedad y poner en orden a la República.

Cuenta en el libro que los sectores más adinerados de Cuba eran los que veían con más inquietud la figura de Batista.

Sí, yo creo que todo el mundo vio a Fidel Castro como la solución de un problema que se había convertido prácticamente en una guerra civil, y se equivocaron. Mi padre advirtió al mundo entero que se trataba de un movimiento comunista que iba a ser nefasto para la patria y que a Cuba le esperaba un futuro negro y derramamiento de sangre, como después sucedió.

¿Estados Unidos abandonó a Fulgencio Batista en favor de Fidel?

Mi padre estuvo muy bien visto en EEUU, era un gran amigo de ese país. Se puso al lado de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial y protegió la isla de la invasión de los submarinos alemanes, incluso se llegó a hundir uno, por eso Roosevelt le apreciaba tanto. Fue a raíz de la mala suerte del golpe de estado del 52 cuando en el Departamento de Estado de EEUU empezaron a ver a mi padre con mal ojo. La sección de asuntos latinoamericanos se decantó por una política favorable a Fidel Castro en Sierra Maestra, incluso le negaron a mi padre las armas que había comprado, el ejército se desmoronó y la sociedad civil ya pedía un cambio rápidamente, y por eso mi padre no pudo terminar su mandato. Esos señores del Departamento de Estado tenían una simpatía hacia Fidel Castro y comulgaban también con su ideología.

Fulgencio Batista con Roosevelt FOTO: Foto del autor Foto del autor

¿Cuál fue el principal error de su padre?

El golpe de Estado de 1952 y dejar en libertad a Fidel Castro cuando éste había sido condenado a 15 años de cárcel por el asalto al cuartel de Moncada. Mi padre fue un animal político y hubiese pasado a la historia de Cuba como estadista de no haber dado el golpe de estado del 52. Hasta entonces había respetado el orden constitucional que él contribuyó a crear con la Carta Magna del año 40 y al amparo de la cual fue presidente. Pero lo malogró con ese golpe de estado, su visión ahí no fue acertada, por desgracia.

¿Fue La Habana el centro de operaciones de la mafia de EEUU bajo el mandato de Batista como a menudo se dice?

Claro que no. Nadie ha aportado pruebas de eso porque no las hay. Es el ambiente hollywoodiense que se recrea en la película de El Padrino dando una imagen totalmente falsa. Esa salida de Cuba tuvo lugar en la ciudad militar, no había ningún banquete ni ninguna fiesta. Mi padre se reunió con militares y miembros del Gobierno en un ambiente triste y austero en el cual él presentó su dimisión. Hay un estudio muy importante de un profesor cubano americano, Frank Argote-Freyre, en el que prueba que la mafia era algo independiente de Batista.

¿Niega que La Habana se convirtiera en el prostíbulo de EEUU en esos años?

Todo el mundo sabe que aquella Habana gloriosa del glamour, de la riqueza y el progreso era La Habana de Batista. Mi padre se dedicó a hacer grandes obras y hospitales para favorecer a la cultura y al más necesitado. Todas esas cosas hicieron que La Habana fuera un lugar muy visitado. Era La Habana que reflejó Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres. Mi padre, además, tuvo una gran política turística, lo que llevó a la gente a ir a la capital de Cuba para divertirse y para gastarse el dinero. En realidad, Cuba se convirtió en el prostíbulo más grande del mundo bajo el castrismo, con todos esos vuelos sexuales que conocemos, por desgracia para el pueblo cubano.

¿Había mucha corrupción durante el gobierno de Batista?

Se ha dicho que había mucha corrupción durante el gobierno de Batista, pero es también una invención. Mi padre era un hombre emprendedor, un hombre de una gran fuerza vital y quizá eso le haya pasado factura. Lo de la corrupción es también parte de la propaganda que hace que mi padre aparezca como un dictador inclemente cuándo fue todo lo contrario.

¿El apellido Batista ha sido una carga para usted y su familia?

El apellido Batista ha sido un peso positivo y no negativo. Nos ha dado mucho. Lo hemos llevado con orgullo y con admiración hacia su persona. Esto no quiere decir que de vez en cuando el apellido me haya pasado mala factura, pero han sido pocas ocasiones, el resto del tiempo lo hemos llevado con dignidad y respeto hacia nuestro padre si bien es verdad que la propaganda nefasta de aquellos años 50 y 60 a mí me hicieron mucho daño como persona, pero nunca nunca me he avergonzado de llevar este apellido.

¿Cómo fueron los años del exilio tras la traumática salida de Cuba?

La salida de Cuba fue muy problemática. Mis padres salieron con mi hermano Jorge hacia la República Dominicana; mis hermanos mayores viajaron hacia Nueva Orleans, mis hermanos más pequeños se fueron a Daytona y mi hermano Carlos y yo a Nueva York. La unidad familiar se rompió. Mi padre permaneció ocho meses en República Dominicana hasta que finalmente salió con mi madre rumbo a Portugal, donde empezó su exilio más tranquilo y donde la familia comenzó a reunirse de nuevo hasta recuperar el hogar familiar.

De izquierda a derecha, los hermanos de Roberto, Jorge y Elisa; su padre Fulgencio Batista, su madre Martha Fernández y el propio Roberto FOTO: Foto del autor Foto del autor

¿Visitaba con frecuencia España?

Él no vivía en España, pero sí alquiló un piso en Madrid para que nosotros pudiésemos estudiar. Visitaba muy a menudo Madrid porque le gustaba mucho el teatro y las obras de arte. Le gustaba también recorrer el Rastro. Después veníamos todos los veranos al sur, a San Pedro de Alcántara, al Hotel Guadalmina. Ahí pasamos los veranos más felices de nuestra vida, siempre unidos al lado de nuestro padre.

¿Qué relación tuvo su padre con Salazar en Portugal y con Franco en España?

Con Salazar tuvo una relación epistolar. Con Franco tuvo una relación muy cordial, pero nunca fue epistolar ni presencial. Era únicamente una relación de agradecimiento hacia el generalísimo porque a mi padre le brindó protección cuando venía a España.

¿De qué vivieron durante los años del exilio?

Mi padre desde muy joven fue un emprendedor. Quería prosperidad para él y para todo el país, y lo logró. Tenía una gran capacidad de trabajo. Como ciudadano privado tenía negocios muy lícitos y de eso hemos vivido, eran propiedades inmobiliarias en Cuba, donde tenía también una participación en un ingenio de azúcar y otras participaciones que desconozco. Así que en el exilio se dedicó a administrar sus activos.

¿Es optimista ante el futuro de Cuba?

En Cuba hay nuevas generaciones que están dando el do de pecho y que se enfrentan al gobierno. Ya empieza a abrirse una brecha en el buen sentido hacia una Cuba más abierta a las libertades. Y creo entender que tanto los disidentes como los que hacen huelga de hambre, como Luis Manuel Otero, y organizaciones políticas como la UNPACU, la Unión Patriótica Cubana, están haciendo una labor que va a redundar en beneficio de la democracia cubana. Confío que poco a poco vaya desapareciendo todo esto, porque es una lacra. Cuba está viviendo un drama, una tragedia con una pobreza absoluta y donde se niegan las libertades y los derechos humanos.