De cómo un poderoso submarino nazi se hundió porque su capitán fue al baño

El capitán del U-1206, Karl-Adolf Schlitt, se convirtió en uno de los protagonistas del conflicto internacional, pero no precisamente por sus fortalezas

El U-1206 partía del puerto noruego Kristiansand hacia el Mar del Norte, con el objetivo de generar tantas bajas aliadas como fuera posible. IMAGEN DE ARCHIVO
El U-1206 partía del puerto noruego Kristiansand hacia el Mar del Norte, con el objetivo de generar tantas bajas aliadas como fuera posible. IMAGEN DE ARCHIVOLa Razón (Custom Credit)

Entre 1939 y 1945, el mundo vivió una de sus peores etapas: la Segunda Guerra Mundial. Los estudios estiman que este episodio negro dejó alrededor de 50 millones de muertos, tratándose del conflicto bélico más sangriento del mundo contemporáneo. Las consecuencias hundieron a muchos países en una profunda crisis socioeconómica, que ya venía siendo devastadora por la Gran Depresión que afectó a los años 30. Pero en la otra cara de la moneda, quedaron algunas anécdotas que a día de hoy se pueden recordar sin temor.

Una de estas curiosidades puede tratarse de la más rocambolesca de toda la guerra. Era el 6 de abril de 1945, la guerra estaba finalizando y Alemania se lanzaba a la desesperada, intentando revertir una situación que ya era insalvable para el bloque del Eje. La tecnología alemana había avanzada con el trascurso de la pugna y los submarinos nazis contaban con un nuevo sistema de inodoros de alta presión, el cual irrumpía –aunque tarde- para hacer más sencilla la necesidad al baño, que hasta entonces resultaba ser una molestia.

El U-1206 partía del puerto noruego Kristiansand hacia el Mar del Norte, con el objetivo de generar tantas bajas aliadas como fuera posible. El capitán Karl-Adolf Schlitt era quien estaba al mando de este navío, un nombre que quizás no suela aparecer en los libros de Historia y que probablemente no resulte conocido, pero fue el protagonista de esta anécdota. Mientras el submarino alemán se encontraba a unos 100 metros de profundidad, cerca de las costas de Escocia, a una semana de su patrullaje, hubo un imprevisto en la zona de baterías del sumergible que echó todo a perder.

Al parecer, Schlitt tuvo la necesidad de ir al baño, pero no lo hizo como debía. El nuevo método contaba con un sistema de conductos y cámaras que expulsaban los desechos al exterior, evitando que entrara agua. Había una gran cantidad de palancas y válvulas que debían abrirse y cerrarse en un orden específico, y si no se hacía en esas posiciones específicas, el riesgo no era otro sino que entrara agua dentro del submarino, que los residuos no se expulsaran y, por supuesto, que se estropeara todo el sistema y se pierda el control del sumergible. Y así fue.

El capitán abría y cerraba palancas siguiendo el manual de instrucciones, pero erró en los determinados movimientos. Llamó al especialista, pero fue peor el remedio que la enfermedad, puesto que tuvo que abrir la válvula exterior y provocó que el agua salada del mar entrara. Las baterías se estropearon, se liberaron gases tóxicos por toda la nave y la única opción que tenían era salir a la superficie.

Sin embargo, esta solución hizo que fueran vistos por sus enemigos, la aviación británica, que no dudó en atacar al buque nazi y le disparó inmediatamente. De toda la tripulación, un navegante falleció por los impactos y otros tres se ahogaron. Treinta y seis fueron salvados –entre ellos, el capitán Schlitt- y otros diez llegaron a la orilla y fueron capturados. El submarino, por supuesto, acabó en el fondo del mar. Ocho días de patrullaje en el que no tuvieron bajas, pero solo un instante fue suficiente para que el navío terminara hundido y tuvieran que lamentar pérdidas.