Asia

Jaque interno a la China de Xi

Aunque el gobierno de Xi Jinping parezca todopoderoso, las fisuras sociales se están expandiendo y cada vez son más los focos de malestar

Un manifestante es reducido por un policía en Shanghái
Un manifestante es reducido por un policía en Shanghái AP

Ningún país cuenta con una historia más longeva y colorida de rebelión y revolución que China. A pesar de un aparato de vigilancia en constante expansión y de un prometedor sistema de crédito social, los valores políticos y el espíritu de acción colectiva encarnados en el movimiento democrático de 1989 han perdurado e incluso han prosperado hasta hoy. De hecho, aunque el gobierno de Xi parezca todopoderoso, las fisuras sociales se están expandiendo y estas semanas son muchos los focos de malestar. La semilla de la discordia actual: la política Cero Covid.

Las olas de rebeldía se están extendiendo como un reguero de pólvora desde el 13 de octubre, cuando, días antes de celebrarse el Congreso del Partido en el que el Príncipe rojo se preparaba para un tercer mandato como Secretario General, un manifestante protagonizó un insólito acto de desafío público en Pekín. El osado, al que los partidarios identificaron como un activista llamado Peng Lifa, colgó pancartas en el puente de una autopista en las que condenaba abiertamente los efectos agotadores de la estrategia insignia instaurada para proteger al país del coronavirus, con un sistema implacable de cierres, cuarentenas y pruebas constantes.

Esta estrategia antivirus ha evitado muertes, pero a su vez ha convulsionado la vida cotidiana de millones de personas, paralizando sectores de algunas ciudades, bloqueando las conexiones con el exterior y hundiendo la economía. El Estado chino se encuentra ahora en el clásico dilema de un régimen autoritario. Si cede y suaviza las medidas, que lo está haciendo, corre el riesgo de confirmar que la protesta funciona y animar a otros a organizarse y luchar por sus reivindicaciones. Pero no ceder, puede llevar a los manifestantes a intensificar su lucha.

El incidente del hombre del puente fue el preludio de una serie de demostraciones de mayor envergadura en distintos rincones. A mediados de noviembre, en la ciudad de Guangzhou, cientos de trabajadores temporales huyeron de un cierre forzoso a la velocidad de Usain Bolt. Se quejaban de la escasez de alimentos y de la pérdida de puestos de trabajo y por ello se enfrentaron a la policía antidisturbios. La semana pasada, en la ciudad de Zhengzhou, los trabajadores de la mayor fábrica de iPhone desafiaron a la policía por las miserables medidas de cierre y el retraso en el pago de unas primas prometidas, que más tarde fueron saldadas.

“En Guanzhou, el 29 de noviembre nos acostamos con la información de que nos confinaban a todos. Por la noche la desesperación llevó a mis vecinos a salir y enfrentarse con uñas y dientes a la policía, por defender su libertad y mostrar la desesperación de vivir bajo un control insoportable. Hasta ese día, solo podíamos ir a trabajar y al supermercado, además de hacernos pruebas PCR cada 48 horas. Llevamos mucho tiempo encerrados. Milagrosamente, al amanecer las restricciones desaparecieron en su totalidad. La razón apunta a un laboratorio corrupto que estaba emitiendo falsos positivos y que el gobierno central se ha apresurado a eliminar. Muerto el perro, se acabó la rabia.”, lamenta a La Razón un empresario europeo que prefiere no ser identificado.

El Gobierno central elimina a funcionarios locales por su mala gestión en la imposición de normas y los castiga incluso con penas de cárcel. De hecho, recientemente ha culpado a estos de la dramática situación actual.

La furia pública ha sido impulsada tanto por la decepción como por la desesperación: la gente esperaba que las restricciones pudieran aliviarse tras la última coronación política de Xi. De hecho, las autoridades anunciaron cambios para frenar los cierres arbitrarios y reducir la cuarentena de los contactos secundarios. Pero, a medida que los nuevos brotes se afianzaban, los cambios reales tardaron en materializarse.

Protestas en China
Protestas en China FOTO: Antonio Cruz

“Ha habido vigilias en memoria de una serie de trágicos incidentes que socavaron la fe en el sistema. Un autobús que llevaba a pacientes infectados a un centro de cuarentena se estrelló, matando a 27 pasajeros. Un repunte de suicidios cometidos por quienes están bajo cuarentena prolongada. Incluso por aquellos miles de residentes que, bajo aislamiento, se les privó de un acceso adecuado a alimentos o atención primaria para los enfermos en Shanghai” explicó destrozado a LA RAZÓN el dueño de un anticuario en Pekín, que ha perdido su negocio familiar de más de 60 años de tradición.

La desesperación ha entrado en un nuevo estadio, al estallar revueltas en más de una docena de ciudades, tras el incendio del 24 de noviembre de un edificio de apartamentos en la ciudad de Ürümqi, que mató a al menos a diez personas. El gobierno local ha impuesto duras y peligrosas medidas sellando no sólo de los complejos de apartamentos, sino de domicilios individuales, con barras de hierro y cerraduras que impedían a la gente salir. Muchos sospechan que estas restricciones impidieron a los condenados escapar de sus casas, aunque el gobierno lo niega.

Siguieron las protestas en todo el país, en las calles de Shanghai, Pekín, Guangzhou, Chengdu o Wuhan, en una poderosa muestra de furia por la evitable pérdida de vidas y por sus propias frustraciones con los cierres. Hasta el momento, se han producido acciones en más de 50 universidades e institutos del país.

A su vez, cientos de estudiantes reclamaron libertad, democracia, libertad de expresión y estado de derecho, algunos contra el régimen autoritario del Partido Comunista Chino. Alumnos de la prestigiosa Universidad de Pekín cantaron la “Internacional”, impartida en la escuela y que representa el espíritu de la revuelta desde abajo, mientras que los estudiantes de la Universidad de Tsinghua levantaron papeles en blanco para simbolizar su luto por las víctimas y en un desafío y burla a la censura política. Antes de males mayores, el gobierno ha adelantado dos semanas las vacaciones navideñas, devolviendo a sus casas a miles de alumnos y cerrando de forma preventiva los campus.

La policía china ha desplegado sofisticadas herramientas de vigilancia utilizando software de reconocimiento facial y datos de localización para rastrear y detener a los manifestantes. Fuertes dispositivos de seguridad acordonan los centros de las principales ciudades para chequear terminales móviles en busca de pistas. Se desconoce el número de disidentes detenidos hasta la fecha. Esta resistencia ha roto una barrera político-psicológica inducida entre un gran número de personas, que los ha llevado a perder el miedo a la detención en un Estado altamente vigilado y a unirse a concentraciones multitudinarias para defender su libertad.