La camiseta que llevas puesta gasta 2.700 litros de agua

Es la misma cantidad que bebe una persona durante dos años y medio

Sara Carbonero en su Instagram
Sara Carbonero en su Instagram FOTO: @saracarbonero

Avanza la democratización de la moda, pero con sobreproducción. Presentación de tendencias, pero rápidas, sin calidad. Estilo, pero sin ser individual. La moda, en general, y el fast fashion en particular, representan las dos caras de la misma moneda. El más es más no solo fue una tendencia, se implantó, también, en la realidad económica del sector. Las condiciones eran las idóneas. Un mercado aspiracional, de coste productivo bajo que, además, contaba con una gran ventaja: no tenía regulación. Y de repente, el mundo se llenó de cadenas de ropa baratas que instaban a crear el conocido sueño americano de los años 60, ahora, en nuestro armario.

Como en todo gran sueño, nos hemos acabado despertando. La tensa relación que la industria de la moda mantiene con la ética y la sostenibilidad ha cambiado el paradigma (y futuro) del fast fashion. Los datos no engañan. Se usan 2700 litros de agua para fabricar una camiseta, el equivalente a lo que una persona bebe durante dos años y medio. Se emiten 2,1 millones de toneladas de CO2 por año, la misma emisión que emiten Francia, Alemania y Reino Unido juntos.

“La pandemia y la gran visibilidad del cambio climático, con datos verificados, ha hecho resaltar las pocas legislaciones a las que el sector de la moda está expuesto. Otras industrias como el gran consumo, la construcción o el automóvil están muy reguladas por el simple hecho de que sus productos pueden arriesgar la vida y el bienestar del consumidor directamente. La moda estaba fuera de esta realidad”, explica Neliana Fuenmayor, CEO de A Transparent Company y experta en sostenibilidad y trazabilidad en la industria de la moda. Parece que la falta de este sentido de urgencia haya hecho que, hasta ahora, la moda fuera un sector sin ley.

Aunque los mensajes apocalípticos tengan más gancho (sí, en el fondo nos encanta el drama), esta vez es interesante poner el prisma en cómo el 2022 abre una puerta a la esperanza.

LEY Y ORDEN EN LA MODA

El cerco de la moda rápida se estrecha. Lo que hasta ahora formaba parte de las memorias de sostenibilidad de las marcas, ahora será una obligación legislada con el fin de alcanzar los pactos sostenibles de la moda. Ya está pasando: 2022 va a estar marcado por la presión de la administración pública a nivel global, impulsando la panacea de la industria de la moda.

Nueva York ya ha presentado una regulación específica para este sector liderada por The News Standard Institute. Con esta nueva normativa, los poderes legislativos pretenden controlar y mejorar la cadena de suministros de la moda, obligando a las marcas a cumplir todos los estándares. Sí, una de las capitales de la moda se posiciona como actor del cambio.

Cambiando de continente, el debate continúa en Europa con países como Alemania, Francia e Inglaterra planteando una legislación pertinente para el sector a nivel nacional. Por su parte, la Unión Europea trabaja en un borrador enfocado en controlar legalmente el proceso de producción, fomentar el diseño circular y aumentar la transparencia con información obligatoria en las etiquetas de las prendas. Emily Macintoch, responsable de políticas de la Comisión Europea del Textil, declaró que la única manera que tiene la industria de cambiar es implementando tarifas por contaminación a las empresas textiles. A finales de este mes, se tratará este nuevo paquete de medidas que pretende llegar para cambiar las cosas.

Y no podemos olvidarnos de un tercer actor, China. El país donde más prendas se fabrican y se consumen, también ha dado un paso al frente haciendo público un plan a cinco años para desarrollar la circularidad en el negocio de la moda.