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Astarté, una paloma blanca

Tiempo de lectura 2 min.

16 de mayo de 2018. 18:50h

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Lucas Haurie.  17/5/2018

La baja Andalucía toda se moviliza esta semana camino de Almonte igual que hace muy poquito, siempre el último domingo de abril, los paisanos orientales peregrinaron hasta el santuario de la Virgen de la Cabeza. Estas dos procesiones marianas culminan un calendario de romerías non stop, en el que se junta el principio del calendario con el final. La capital de la autonomía, en fin, se titula a sí misma Tierra de María Santísima pero conviene no circunscribir a la corriente tridentina, ese catolicismo militante surgido como reacción al cisma luterano y que se dio en llamar Contrarreforma, el carácter místico de muchos lugares, que fue mágico mucho antes que religioso. En la aldea del Rocío, incluso cuando la visita un profano una mañana de invierno cualquiera, brota desde el suelo una energía descomunal que quizás en estos días de fiesta, sobrado el lugar de gente y la gente sobrada de vino, se perciba menos que en cualquier otro momento. Lo poco que sabemos de la civilización tartésica, o que no sabemos, es debido a Adolf Schulten, un ensoñador más que un científico que imaginó al Lago Ligustino en esa marisma, justo al lado de aquellas dunas donde el Guadalquivir se derrama. Sí están documentados los asentamientos en la comarca de los fenicios u otros pueblos mesopotámicos, quienes veneraban a una diosa de la fertilidad, Astarté, representada por una paloma blanca y justo a ella, a la Blanca Paloma, darán vivas los devotos de aquí a la mañana del lunes. Luego, porque el desplazamiento de humanos y bestias es masivo, resulta pertinente recordar la enseñanza de Napoleón, para quien era «la logística el arma más decisiva en una guerra». El Plan Romero supone cada año una pequeña gesta organizativa decisiva para que la fiesta transcurra en paz y sin estragos para el paisaje.

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