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De angosto a preveyéndola

Tiempo de lectura 2 min.

14 de agosto de 2018. 20:26h

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Lucas Haurie 15/8/2018

Alejandro Magno lo anunció dos milenios antes de que el general Eisenhower fijara en el lapidario aquello de que las guerras se ganan o se pierden, principalmente, a causa de la logística: «Mis intendentes son gente grave porque saben que, si una campaña falla, ellos serán los primeros a los que mandaré matar». El veraneo familiar, que no deja de tener asombrosas concomitancias con la movilización general que precede todo esfuerzo bélico, también basa gran parte de su éxito, o de su fracaso, en la eficacia del transporte de tropas. Uno de los mariscales de Napoleón, Antoine Henri Jomini, advirtió que «la suerte de la estrategia y de las tácticas depende de la capacidad para llevar a los soldados hasta un punto concreto». Por esta razón coincidí en el exiguo espacio de un automóvil con dos ciudadanas peruanas, la niña X y su madre, S. «Lo que no me gusta de las calles del centro es que son pequeñas», comentó la pequeña alarmada ante las tórpidas maniobras del conductor (yo). «Habla bien –la corrigió la madre–. Se dice que las calles son estrechas o angostas». Podría percibirse, con razón, cierta condescendencia colonialista, mero clasismo quizás, en el pasmo que me produjo semejante mimo de la lengua española por parte de una inmigrante con un empleo no cualificado. Pero no. Debería contemplarse la anécdota como un reto para el sistema educativo español, que escupe licenciados superiores con léxico inferior a quinientas palabras y ha parido a un presidente del Gobierno cuya receta para combatir la corrupción debería sonrojar a sus profesores de EGB: «Preveyéndola», soltó el tío con todo el engolamiento de que es capaz, y sabe Dios que es muchísimo. Qué diferencia, ¿no?

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