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Natalia Millán: «El público es un león»

De gira con una obra sobre la infidelidad, la intérprete reflexiona acerca de la actualidad de las artes escénicas en España

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    / Manuel Olmedo
Pepe Lugo.  Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

04 de junio de 2017. 21:27h

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Pepe Lugo.  Sevilla. 5/6/2017

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Una temporada de éxito por los teatros de España representando «La mentira», con el patio de butacas lleno la deja satisfecha y plena. Natalia Millán (Madrid, 1969) saltó a la fama trabajando en televisión pero confiesa que lo que más le ilusiona es saber que el público espera ansioso detrás del telón. La magia de una función, el aplauso en directo, la gasolina necesaria para no perder la sonrisa y pensar que el ser humano se mueve hoy por las mismas pasiones que cuando vivía en las cavernas.

–Así que somos los mismos que en la Edad de Piedra.

–(Risas) Es que creo que es así y además no es que lo diga yo, sino que hay estudios. Emocionalmente hemos cambiado muy poco, tenemos los mismos miedos y sentimientos muy parecidos, aunque el envoltorio si es lo que ha cambiado, mucho, demasiado pienso yo. De hecho, cuántas veces nos mueven mecanismos de miedos atávicos, como el estrés que padecemos todos, esa sensación de emergencia en la que todo el cuerpo está activo porque el león te va a comer, pero ahora no hay leones que te pongan en peligro y el mecanismo es el mismo.

–Pero al final nos comen de otra manera.

–Y no es tan fácil verles abrir la boca.

–Se ha pasado toda la temporada con los teatros llenos, lo que indica que la gente no sólo mira con obsesión la pantalla del móvil sino que hace otras cosas.

–Sí, no nos podemos quejar, ha sido una experiencia maravillosa que no siempre se consigue pero con esta función hemos tenido la suerte de llenar desde el principio. Efectivamente, el público me inspira mucho respeto no sólo porque me da de comer, sino porque no es fácil que la gente vaya a verte a un teatro cuando tenemos muchos estímulos de tan fácil alcance. Es un ejercicio de concentración diferente, que tiene unos códigos que permiten aceptar esa realidad impostada y ese juego con la imaginación que yo valoro tanto.

–Llorar o reír con 500 personas un ratito es pura magia, casi un rito.

–Desde luego, sentir eso es fascinante también para nosotros. Me impresiona mucho el silencio del público, cuando hay una especial atención ese silencio suena más. No sabes cómo suena, esas emociones se huelen y te ayudan a interpretar de una forma. Es un camino de ida y vuelta, no sólo es el actor el que da emociones, tu también recibes mucho. Es imposible mecanizar en el teatro, porque nunca es lo mismo y en cada sitio al que vas es diferente.

–Keith Richards siempre dice que cuando deje de divertirse dejará el rock. Supongo que le pasa lo mismo.

–También sufro muchísimo, sobre todo en los estrenos, porque el público es un león, el que hablábamos antes. Ahora puede que me haya calmado un poquito, pero durante mucho tiempo pensaba que moriría de un infarto en un estreno. Mi objetivo en un estreno no es hacerlo bien, es no morirme de la taquicardia que me entra. Emocionalmente es muy potente, no es como una cámara, que también impone mucho, pero sólo tiene un ojo, no muchos.

–En la televisión se lo pasó bien.

–Sí, empecé en ella cuando ya llevaba bastantes años haciendo teatro aunque no era conocida y la verdad es que no me interesaba demasiado la cámara, que me gusta así como regulín, pero tenía una niña y al formar una familia estaba claro que no se podía vivir sólo con la bohemia. Había que ampliar el espectro y es cierto que muy pronto se me abrió la puerta para ser la protagonista de «El super» y a partir de ahí he tenido muy buenas oportunidades que han tenido gran aceptación. Luego me dieron los papeles protagonistas que no me habían dado en el teatro. He aprendido mucho, porque son códigos distintos, el gesto cobra otro valor, también he aprendido a llevarme bien con la cámara y me ha dado una estabilidad muy necesaria, pero si me dan a escoger no hay duda de que me quedo con el escenario.

–En la serie «Un paso adelante» la descubrieron coma bailarina, algo que llevaba mucho tiempo haciendo ya. ¿Por qué es tan fascinante la danza?

–Pues supongo que porque el instrumento eres tú, cuando uno baila es el alma lo que pone sobre la mesa. Es un arte completamente maldito en nuestro país, con los grandes bailarines que damos. Existe algo en nuestro carácter, en nuestro físico, en nuestro temperamento, pero la danza es muy maltratada. Necesita de una gran disciplina, como decía mi maestro Goyo Montero: «A la danza hay que darle todo y a lo mejor ella te da algo. De hecho, en las artes escénicas son siempre los más disciplinados, son los que llegan los primeros, los que ya están calentando, estudian y luego son los peor considerados, los peor pagados y a los que antes se les acaba la profesión.

–La estoy viendo como se mueve mientras habla y creo que se va a poner a bailar de un momento a otro.

–Es que es una de mis pasiones, fíjate que yo empecé a bailar muy pronto. Vi aquella película «All that jazz» de Bob Fosse, en la que se contaba desde dentro cómo era el mundo del espectáculo, y a mí aquello me hizo querer dedicarme al espectáculo. Empecé a estudiar interpretación, teatro, jazz y la danza era como algo complementario, pero me enganchó durante muchos años. Estuve en alguna compañía y me encantó porque uno expresa lo que es, ahí no te puedes esconder porque no hay máscaras.

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