Trabajar con los «menas» de Casa de Campo: «Hay días que es un infierno»

Un ex empleado relata las peleas entre ellos por «controlar» el centro y la falta de sanciones

Restos de sangre tras una pelea en el antiguo albergue Richard SchirrmannLa Razón

Varios meses de trabajo en el antiguo albergue juvenil Richard Schirrmann, reconvertido desde hace dos años en centro para menores extranjeros no acompañados («menas») dan para mucho. Se viven de primera mano historias de jóvenes que buscan integrarse en una sociedad, la española, que les va a dotar de unas oportunidades que jamás podrían soñar en sus países de origen. Sin embargo, otros de sus compañeros no lo ponen fácil y acaban arrastrándoles en una espiral de violencia. Un ex trabajador del centro, que pide guardar su anonimato, relata a LA RAZÓN su experiencia.

Los incrementos de robos con violencia se han disparado durante los últimos meses en los alrededores de Casa de Campo y Batán. Muchos de ellos, según los atestados policiales a los que tuvo acceso este periódico, perpetrados por internos del centro. Para desgracia, miedo e indignación de los vecinos, que se movilizarán próximamente una vez más para exigir el regreso del antiguo albergue en sustitución del centro de «menas». Sin embargo, la violencia en esta institución es diaria. «Se han llegado a elevar alrededor de seis partes diarios. Por reventar cerraduras, romper ventanas, robar en las cocinas, amenazar con cuchillo... En una ocasión, uno sacó uno de grandes dimensiones, tipo machete. Cuando estaba rodeado, empezó él mismo a machacarse la cabeza con dos piedras... También han roto las ventanas de todos los pabellones, menos el suyo, donde duermen», asegura. Entre el caos existente en lo que respecta a la organización, señalan el hecho de que algunos menores, sin previo aviso, se instalan en la azotea del edificio, sacando unas sillas. Otros trabajadores no entienden algunas decisiones por parte de la dirección. Por ejemplo, el caso de un joven, ya mayor de edad, con demasiados avisos a sus espaldas y que finalmente ha obtenido un piso tutelado.

Sin embargo, añaden, estos partes por incidentes, que al cabo de un mes pueden alcanzar los cuarenta, en muchas ocasiones no tienen consecuencias. «No nos dan copia del parte y no nos consta que se lleve ningún tipo de registro. Y muchos se quedan sin castigo o sanción». El hecho de que los vigilantes de seguridad no puedan actuar, salvo situaciones muy extremas, no tranquiliza precisamente a los trabajadores.

Las peleas entre los internos también son habituales. «Es por cuestiones territoriales: ver quién manda en el centro, se roban entre ellos... y se les va la cabeza. Entre ellos mismos practican la técnica del mataleón». Esta maniobra está siendo uno de los modus operandi en los robos con violencia que han tenido lugar no solo en Casa de Campo y Batán; se ha extendido a zonas aledañas como Madrid Río. Se trata de sorprender a la víctima de espaldas y asfixiarla con el brazo, de forma que pierde el conocimiento. Una técnica perfecta para sus propósitos: el agredido apenas recordará nada de lo sucedido por el desvanecimiento y, además, no podrá oponer ningún tipo de oposición para ser desvalijado. Para salir puntualmente del centro, los menores tienen que pedir permiso que, en ocasiones, y a tenor de los antecedentes, no les es concedido. A veces lo aprovechan para «fugarse».

¿Cómo encaran los trabajadores su labor en un centro que lidia prácticamente a diario con situaciones así? «La sensación es contradictoria», afirma. «Hay días que lo afrontas con alegría. Hay chicos allí a los que merece la pena ayudar, haces por que se integren, quieren estudiar. Pero hay otros días que quieres salir de allí porque es un infierno. Peleas todos los días con ellos. No se dejan ayudar ni aconsejar. Si hay unos 70 chicos, un 60% se esfuerza por integrarse y tratan de aprovecharlo. Pero un 40% no. Si cuatro de diez la lían... es muy difícil».