Todo está cambiando. De manera rápida, nada sutil. Arriesgada para la democracia. Cuando las instituciones  del Estado (Poder Judicial, Fuerzas de Seguridad, Poder Legislativo, Ejecutivo, Administración Pública, Altos Tribunales, Corona…) se maltratan y dañan, o se rebajan y perjudican debido al mal uso de ellas, o porque las ocupan personas cuyo objetivo es destruirlas desde dentro…, la democracia pierde y resulta lastimada, pudiendo ser derrocada finalmente. Las Leyes, el Poder Judicial, son cruciales para la democracia. Hoy, mientras mutilar un cadáver es una ganga penalmente hablando, las sanciones fiscales pueden convertir a un ciudadano decente en delincuente internacional. Eso menoscaba a la Justicia, tanto como la injerencia del Poder Ejecutivo en el Judicial. Los ciudadanos piensan: ¿será la justicia un cachondeo?, ¿se eliminarán un día todos los crímenes del Código Penal y quedarán solo los delitos económicos? No los que protegen (tibiamente) la propiedad privada, sino solo los fiscales, o multas por infracciones aleatorias según la autoridad política del momento… Etc. Dejar sin castigo crímenes horrendos y ajusticiar de manera descabellada delitos incomprensibles, pequeños y casi siempre económicos, consigue que la Justicia no sea respetada por la sociedad. Con leyes injustas, desproporcionadas, incomprensibles y enrevesadas, se siembra entre los ciudadanos el miedo a una justicia desacreditada por irracional. Esas prioridades de la Ley transmiten la idea de que la educación, los valores o procurar que las gentes vivan con dignidad, no interesan. Que el objetivo solo fuese engordar las cuentas que luego disipan las altas esferas ejecutivas. El deterioro que, por todo esto, sufre la Ley ante los ojos ciudadanos, daña a una institución clave para la democracia. Otro ejemplo: la Corona. Incluso para los no monárquicos, es parte importante del sistema democrático español. “¿Dónde está el rey en estos tiempos durísimos?”, se preguntan algunos. Quizás olvidan que un rey constitucional se debe al gobierno de turno, de modo que el rey estará donde lo haya puesto el gobierno. Si el Ejecutivo le ha ordenado que se quede en su palacio, allí andará… Un desgaste institucional generalizado siempre obedece a un proceso de subversión de la moral: todo el daño que se haga a las instituciones, —de las Cortes a la Abogacía del Estado—, corromperá la libertad, devastará a la democracia. Que era lo único que nos quedaba para protegernos.