Hay políticos que mantienen siempre revueltas las tripas de sus votantes, en tensión, porque si aflojaran las bridas ideológicas con que los sujetan, perderían votos a raudales. Sus votantes se quedarían en casa, sin razones para caminar hasta el colegio electoral; solo votan estando motivados, porque es la víscera quien los domina, ejerce en ellos el poder pasional ideológico suficiente para sacarles un sufragio. Ese voto sufraga (ayuda) de verdad; es militancia, reanima, y además es barato. Esto lo saben los poderosos que cabalgan supermoquetas –acrobacia más difícil que cabalgar contradicciones…–, y que son el vivo ejemplo de que, en el Congreso, la ciudadanía está perfectamente representada. Es un desvarío asegurar que los problemas de España son debidos a que «su clase política no está a la altura». No. La clase política es un calco de los ciudadanos que la votan, de gentes que quizás no saben que eligen a élites que controlarán sus vidas en todos los aspectos. Verbigracia, la cantina de las Cortes ofrece precios increíbles, pero no podrían colarse dentro albañiles que trabajen enfrente solo porque han votado a uno de los partidos que ocupan sus gradas. Porque, aunque la muchedumbre no tenga freno y, si la dejaran, se subiría a los escaños, y aunque los políticos encarnen fielmente a los ciudadanos, estos últimos no pueden jamás ocupar el lugar del poder ni disfrutar de sus privilegios. Aunque les vendan la estafadora idea del «poder popular». Las instituciones pueden estar dominadas por individuos que reparten pasta como si el erario fuese la Hora Feliz de una Pizzería Pública, gentes sin mérito para gobernar países o comunidades vecinales, pero los asientos del poder son suyos, y están contados. Unos pocos ocupan la poltrona. El resto vive de migajas, nunca pertenecerá a la nueva aristocracia extractiva. Si controlan el poder sujetos que consideran opresor al Estado español cuya fuerza, presupuestos y leyes ellos mismos administran, será porque son exactamente el reflejo de quienes los votan. Ni mejores ni peores: idénticos a sus votantes. Así hemos pasado de la antigua Intelligentsia a los Stultorum contemporáneos, y ya nadie distingue verdad de mentira. Y el poder jamás será popular, como nos venden, sino exclusivo, altanero y particular, como siempre. Propiedad distintiva de esa casta prepotente que es también dueña de nuestras tripas.