Tener o no tener... vergüenza

Tener humor es reconocer al otro como un igual en medio de una existencia esforzada, como la de cualquiera

Uno de los muchos horrores que ha traído el Covid, y cuyo alcance aún desconocemos, es la fractura social, la agresividad entre las gentes, el odio y la desconfianza entre vecinos, compañeros y entre personas de una misma familia.

¿Vieron la mega bronca de Belén Esteban y su amigo Jorge Javier (con gritos, sombrerazos y abandono de plató) el pasado Sábado?

Esta semana decimos adiós al Estado de alarma y salimos al parecer de la crisis sanitaria, con cautela y mascarilla. En las próximas semanas, no podremos acercarnos mucho a nuestros conciudadanos, al menos físicamente, sin embargo, es urgente acercar nuestras posiciones, aproximarnos espiritualmente.

No saben lo que disfruto, y lo que me emociono cuando descubro por ahí alguna persona, piense lo que piense, con humor y, cuando hablo de humor, no me refiero al don de hacer chistecitos con mayor o menor destreza y elocuencia. Los chistes los hace todo el mundo y todo el mundo encuentra su público. Pero no.

Por humor me refiero al que puede reírse de sí mismo y de sus propias convicciones, al que es capaz de encontrar las grietas en su propia ideología y en su actitud, no sólo en las del de enfrente.

Tener humor es reconocer al otro como un igual en medio de una existencia esforzada, como la de cualquiera. Y no olvidar nuestra condición de dolientes y endebles semejantes.

Tener humor es sentir vergüenza propia más que ajena y en medio de la ira, la rabia o la indignación recordar lo que nos une que es natural, necesario, infinito, incuestionable y no lo que nos separa, que es artificial, pasajero, ridículo...

Si yo supiese algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia, lo expulsaría de mi espíritu. Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial para Europa, o bien que fuese útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy necesariamente hombre mientras que no soy francés más que por casualidad”. - Montesquieu

Quien tiene humor puede relativizar y tolerar que otro piense distinto sin denigrarlo en su cabeza y en su cariño. ¿Conocen a muchas personas así?

Yo no. Por eso al igual que Allen pienso que la mayoría de los seres humanos basculamos entre lo horrible y lo miserable, en esas dos categorías, pero soy bastante tolerante con ambas y con casi todas las inconveniencias humanas, las propias y las ajenas.

“¿Será posible que un día dejemos de ser la policía moral de los demás para comenzar a serlo de nosotros mismos?”. - Joel Maceiras.

A unos les mueve la vanidad, a otros el miedo o simplemente la estupidez, somos débiles, adolecemos, pero entre todos los seres humanos destaca un grupo de rabiosa actualidad, aquellos a los que principalmente les mueve la indignación. La indignación, amigos, pasados los 9 años de edad es una posición muy comprometida entre personas inteligentes. La estupidez de un individuo es directamente proporcional a su indignación y movilización ante cualquier naturaleza de humor.

Y de ahí a la superioridad moral, el juicio, la irreflexión, la inmadurez y después insultar, menospreciar, denostar… Y el odio.

El odio es la peor de las bajas pasiones porque mana directamente de la ignorancia y pone de manifiesto dos características muy tristonas del sujeto.

La primera: que es majadero, pero no majadero por usar la palabra majadero_que me encanta: un majadero como el que monta un poyo en la cola del supermercado, como el que le pisa el fregao a la portera sin mirar atrás, como el que se pelea con el camarero que le sirve el desayuno a las 8 de la mañana, porque en realidad se pelea consigo mismo incluso mientras duerme.

Y la segunda: que es ingenuo, pero no con la hermosa ingenuidad de Julieta Capuleto, sino con la ingenuidad del inmaduro, del alma elemental que divide el mundo en dos grupos: uno, nosotros, poseedores de la verdad absoluta; y luego el otro, lleno de mentirosos, chupasangres e ímprobos vasallos de los poderes en la sombra...

El odio siempre es algo muy grotesco y su descontención, la rabia, tan sólo pone en evidencia nuestros problemas personales y nuestras frustraciones mal subsanadas. La cólera nos enfrenta al idiota que todos llevamos dentro y nos presenta ante nuestra capacidad destructiva.

Por suerte, a veces podemos echar mano de la memoria, para saber la clase de individuos que en realidad somos o en su defecto de la educación.

El protocolo y las buenas maneras se desarrollaron paulatinamente en las distintas culturas para evitarnos sufrir las miserias de nuestros congéneres y de paso permitirles a ellos esquivar las nuestras.

La delicadeza de una sociedad es un indicador de su evolución intelectual y moral donde una de las normas más elementales consiste en no manifestar enfado o ira.

Ahora más que nunca, si alguien les ha ofendido o creen haber sido ofendidos (no se crean todo lo que piensan) permanezcan tranquilos, dignos e incluso sonrían, diviértanse (como hago yo con mis haters), contemporicen, analicen con ternura, como el minerólogo que estudia las características de una gema desapasionadamente; por último perdonen.