Opinión

¿Por qué deben importarnos las elecciones en Alemania?
Los dos candidatos con más opciones son perfiles continuistas de la política europea, la diferencia la marcarán los socios de gobierno
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Sobre las elecciones norteamericanas suele decirse que deberíamos participar todos porque las políticas que adopte su presidente afectarán al resto del mundo. Pero si hay unas elecciones que marcan el devenir de los europeos y, a la postre de los españoles, son las alemanas. Este domingo 60 millones de ciudadanos alemanes van a elegir al sucesor de Angela Merkel tras dieciséis años al frente del país. Merkel ha reinado en Europa, con más luces que sombras, y ahora toca un relevo. El cambio da vértigo. Pero, a priori, los europeos deberíamos estar tranquilos. Los dos candidatos que cuentan con más opciones para ocupar la Cancillería son: Armin Laschet, de la CDU/CDS, y Olaf Scholz (SPD). Los dos son perfiles continuistas. La tercera en discordia, Annalena Baerbock (Los Verdes) tuvo su «momentum» (como dicen los norteamericanos) entre abril y mayo, pero se evaporó. El voto en Alemania se explica por varias variables. La situación económica es la principal. No obstante, también influye lo que los investigadores llaman «el canciller preferido». El grado de popularidad de los candidatos. El 47% de los alemanes prefiere a Scholz, actual ministro de Finanzas, frente al 20% que elige a Laschet, ministro principal del Land más poblado de Alemania, Renania Norte-Westfalia. El colmo de la paradoja es que un socialdemócrata se coloca como el mejor candidato para suceder a la líder democristiana. Desde el pasado 26 de agosto, Scholz es el favorito para convertirse en el nuevo canciller.

¿Cómo? Muy sencillo. El actual vicecanciller y ministro de Finanzas se ha presentado como un clon de «Frau Merkel» copiando incluso el gesto de sus manos. Scholz se ha beneficiado de la debilidad de sus competidores. No ha cometido ninguna pifia, ha sido lo suficientemente hábil para no caer en el fango de la campaña, no ha recurrido a la crítica de sus adversarios y ha sabido hacer brillar la imagen de un tecnócrata gris.

Laschet, por su parte, ha quedado lastrado por su traspiés en las graves inundaciones de julio. La carcajada del candidato captada por las cámaras mientras el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, pronunciaba un discurso emotivo por los centenares de víctimas de la tormenta, ha sido letal. Igual que el ex canciller Gerhard Schröder logró su victoria electoral de 2002 por las inundaciones, el candidato democristiano puede perderlas. Schröder, que iba por detrás en las encuestas (el conservador Edmun Stoiber mantenía una ventaja de seis puntos), supo actuar con decisión, se puso las botas de agua y visitó las zonas afectadas por el desbordamiento del río Elba en Sajonia. Esa imagen, que dio la vuelta al mundo, le valió la reelección. La risa inoportuna de Laschet puede haberle condenado. No obstante, no debería venderse la piel del oso antes de cazarlo. La CDU sigue siendo una marca muy potente en Alemania. El duelo entre el candidato socialdemócrata y el democristiano se mantendrá hasta las 18:00 horas de hoy en la que se conocerán los sondeos a pie de urna.

Más allá del candidato que gane las elecciones, van a ser determinantes los socios que elija. Alemania gobierna históricamente en coalición. En el caso de que Scholz se alce con la primera posición, será muy difícil que pueda gobernar solo con Los Verdes y parece más probable que trate de configurar una coalición alternativa con verdes y liberales. El partido FDP de Christian Lindner puede ser el árbitro. Probablemente, haya aprendido la lección de 2017 y se muestre más dispuesto a entrar en el Gobierno. En las pasadas elecciones, fue el principal escollo para la coalición Jamaica que trató de fraguar Merkel con verdes y liberales. La popularidad de Lindner cayó en picado. Los alemanes le culparon del bloqueo. No querrá pasar por lo mismo.

Otra vez «Gro-ko»...

Durante la campaña, Scholz se mostró dispuesto de crear un fondo europeo para el desempleo. Este escenario se aleja con Lindner como nuevo ministro de Finanzas. Los liberales, grandes defensores de la ortodoxia presupuestaria, presionarán para cerrar el grifo del gasto. La política cambiaría si finalmente se forma una coalición de izquierdas entre SPD, Los Verdes y La Izquierda (Die Linke, ex comunistas) de la que tanto han alertado los conservadores y que inquieta a parte de la opinión pública. Menos probable, pero no imposible puede ser otra Gran Coalición. Una «Gro-ko» a la inversa. No obstante, esta opción sería muy difícil de vender en la derecha. Para un sector no menor de la CDU, la política centrista de la canciller ha permitido que un socialdemócrata pueda recoger su legado y piden volver a las esencias. La pérdida de la hegemonía de los conservadores tendrá también consecuencias en Europa. Atentos.