El PP y la batalla de Madrid

Y el éxito electoral ha permitido a Isabel Díaz Ayuso escenificar una alternativa al gobierno social comunista de Sánchez

DAVID MUDARRA / PP / HANDOUTEFE

Entre los efectos de la actual batalla por el control del Partido Popular madrileño está uno de carácter ideológico o, como se dice ahora, cultural, que afecta a la percepción que del partido tiene la opinión pública. Isabel Díaz Ayuso llegó al liderazgo en la Comunidad de Madrid con el apoyo de la actual dirección nacional, en particular gracias a su presidente, con el que le unía una amistad y afinidades tempranas que permitían suponer que lo que se haría en la Comunidad de Madrid vendría a ser un ensayo de lo que se podría luego poner en práctica desde el gobierno, cuando, si la fortuna le sonreía, al entonces buen amigo de la presidenta madrileña le llegara la oportunidad de alcanzar La Moncloa.

Es lo que Díaz Ayuso y su equipo han hecho, con tres líneas fundamentales de actuación. Una de ellas ha sido consagrar un modelo –vital, podríamos decir, además de político– en el que la palabra libertad sirve de alternativa a las propuestas intervencionistas, o más bien chequistas, del progresismo. Libertad y respeto a los derechos individuales sería su resumen, frente a las obsesiones de una oposición que ha hecho suyo el wokismo elitista de la ultraizquierda global. En el terreno económico, la misma idea se plasma en la bajada de impuestos, que sirve de lema para un gobierno que quiere impulsar, y lo está consiguiendo, el crecimiento económico en Madrid. Los adversarios nacionalistas y socialistas hablan de dumping fiscal. En la cabeza del ciudadano y del empresario, la expresión se traduce automáticamente como una menor asfixia fiscal y un margen algo mayor de maniobra. Nada de esto lleva a olvidar la política social, que ha tenido en el hospital Zendal su figura de proa. De ahí la virulencia bestial de los ataques.

Esta política ha encontrado un respaldo amplio de la ciudadanía madrileña, raro en tiempos de voto disperso y desconcertado. Y el éxito electoral ha permitido a Isabel Díaz Ayuso escenificar una alternativa al gobierno social comunista de Sánchez. También ha consolidado una marca –Madrid, ciudad que carecía de una imagen definida–. Ha cuajado ahora, por fin, y ha aunado los dos elementos que habían estado, latentes y muchas veces sin definir ni utilizar, en la base del ideario de la derecha española: la reivindicación de la libertad, con toda su carga de modernidad y de autonomía, y la identidad nacional española, de la que Madrid se adelanta como síntesis y escaparate.

Se entiende, claro está, que este éxito suscite recelos, sobre todo en las filas de su propio partido. Sabemos lo que son los partidos políticos. Se entiende menos que en la dirección nacional se haya decidido plantear una batalla con derrota garantizada: o bien porque se consigue neutralizar a Díaz Ayuso, lo que nadie en Madrid entendería y pondría en serios apuros al PP, o bien porque Díaz Ayuso le gane el pulso a su amigo y promotor, algo que tendría un gigantesco coste político y personal para los dos.

Si, después de todo, Díaz Ayuso no representa la renovación del Partido Popular, la dirección central del PP debe a sus votantes, y en general a la opinión pública, una aclaración acerca de los objetivos y contenidos de su propuesta.